Tennessee, oh, Williams

Merde!
Ingenuo pero ingenioso, Tenesse Williams escribió frases célebres en muchos de sus diálogos teatrales, cuentos y novelas.
Ingenuo pero ingenioso, Tenesse Williams escribió frases célebres en muchos de sus diálogos teatrales, cuentos y novelas. (Especial)

Era como sus obras de teatro: insinuante, agresivo, tenaz, abiertamente provocador, quizá como respuesta a su extrema timidez. Eso en la vida profesional, porque en lo personal era cauto en sus aventuras con hombres. Escribe en sus Memorias: “He conocido a muchos homosexuales que viven solo para la carne, ese ‘insumiso infierno’ que se prolonga hasta la edad madura y aun más allá y que les marca el rostro y se les refleja hasta en la mirada de sus ojos ávidos. Creo que me salvó de eso el hecho de que el trabajo fue siempre mi primera entrega. Incluso en aquellas ocasiones en que apareció el amor”.

Los movimientos gay de los años setenta y ochenta no toleraban a Tennessee Williams, decían, porque su obra no reflejaba el mundo de los hombres que aman a otros hombres. Hoy sabemos que leían muy mal sus obras. El dramaturgo hizo guiños de enorme estética en los personajes de su teatro, principalmente en La gata sobre el tejado caliente —ahora en cartelera, de la que hablé la pasada columna—. Ingenuo pero ingenioso, el autor escribió frases célebres en muchos de sus diálogos teatrales, cuentos y novelas.

¿Qué obra no es personal? La vida de su hermana Rose en un psiquiátrico y lo posesivo de la madre le sirvieron para escribir El zoológico de cristal. Él y nadie más puede ser el alter ego de Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo. No es gratuito que los gay adoren al personaje que dice “dependo de la generosidad de los extraños”. Él mismo confiesa en su libro biográfico: “de hecho, me atrevería a decir que los desconocidos, las amistades fortuitas, me han demostrado más generosidad que los amigos… lo que no dice mucho en mi favor”.

La clave con que debieran analizarse algunos parlamentos de Tennessee Williams es ese misterio que los hace bellos y desgarradores, que transforma a quien los escucha con atención y, obvio, sentido y sensibilidad. Las mentiras detrás de La gata sobre el tejado caliente revientan en el momento que el padre desnuda a su hijo Brick de su homosexualidad encubierta a través de un matrimonio: “soy un hombre mayor, ya nada me asusta; puedo entender”. La sutileza importa. La valentía de sobreponerse a los hechos terribles, también. Elia Kazan, el primero en dirigir la pieza, exigió a Tennessee Williams dejar las disquisiciones a gente incapaz de entender otras formas de amar. El dramaturgo lo aceptó como un reto y la obra no la cambió nunca más.

O aquel cuento de sus grandes cuentos en Trago amargo: un viejo que regalaba monedas y caramelos duros en el cine a jóvenes que se acercaban a él para hacer sexo en la oscuridad. Un día, le dio una trombosis en pleno acto amatorio, dicen. Un relato de aquellos años, los cincuenta, donde la vida gay era de otro modo (¿ya no?).

O en su novela La primavera romana de la señora Stone: una mujer madura adquiere los favores de una belleza prostituida, de los bajos fondos.

Tennessee, oh, Williams: la vida es como una piedra. Pero lo que se rompe es uno, no la vida.