Escuchando a Svetlana

Ambos mundos 
La escritora Svetlana Alexiévich.
La escritora Svetlana Alexiévich. (Especial)

Uno de los mejores y más concurridos eventos de la Feria del Libro de Bogotá fue la presentación de la Premio Nobel Svetlana Alexiévich, en conversación con la escritora y periodista Laura Restrepo. La primera impresión de la Alexiévich es que se trata de una mujer buena, una honesta trabajadora que habla con entusiasmo y expone sus ideas y experiencias con gran precisión, pues se ve que ha llegado a ellas a través de profundas reflexiones, largos debates consigo misma y, sobre todo, con la historia de su país, que a raíz de lo que dijo es al mismo tiempo su gran dolor y su gran amor. Esto me impresionó. Poder comprender a través de sus palabras lo que significó y significa aún hoy haber nacido en ese enorme conglomerado de naciones que fue la Unión Soviética, sobre la cual Rusia, el país central, proyectó su enorme influencia política y cultural. Esa región que en su literatura es llamada “la Madre Rusia”, escenario de los libros de sus amados Dostoievski y Chéjov (a los cuales Alexiévich cita constantemente), y por la cual sus habitantes sienten un amor que va más allá de sí mismos, que sobrepasa los sentimientos patrióticos de cualquier otro lugar del mundo.

La idolatría por la patria es fundamental para entender la Unión Soviética y sus guerras. Está en los libros de Svetlana. En La guerra no tiene nombre de mujer uno lee cómo jovencitas frágiles que eran rechazadas en los batallones de reclutamiento se las ingeniaban para sobornar a los mandos y que las dejaran ir a pelear al frente. ¡Cuánto nacionalismo! No en vano el nombre que Stalin le puso a la campaña militar para expulsar a los nazis del territorio fue la “Gran Guerra Patriótica”.

Es también el gran dolor de los personajes de su último libro traducido, Los muchachos de zinc, que llegan a Afganistán y se dan cuenta de que la población los odia, y se preguntan: ¿no vinimos aquí para ayudar a los afganos a construir una patria feliz?, ¿qué necesidad teníamos de combatirlos en su propio territorio, como hicieron los alemanes con nosotros? Cuando Svetlana Alexiévich hablaba de estos temas, respondiendo a las oportunas preguntas de Laura Restrepo, uno comprendía la dificultad que le supuso escribir cada uno de estos libros, pues significó dejar de lado el amor desmedido y ese orgullo patrio. Lo que le costó, por lo demás, sufrir formas indirectas de censura en su país, Bielorrusia (o Belarús), donde hoy vive.  

Pero después de tanto dolor, la Alexiévich confesó que ahora está escribiendo sobre la vejez y el amor, pues ya no podía seguir respirando el aire lúgubre de las guerras y la inhumanidad de su vieja Unión Soviética. Ahora quiere ver sonreír a la gente con la que habla, según dijo, y, como buena cronista que siempre lleva un cuaderno de notas a todos sus viajes, contó que ya había entrevistado a algunos ancianos en Colombia, y que tenía anotadas varias frases muy buenas. Una de ellas era: “Con el amor todo nos resbala”.