Cuatro razones para amar a King

Hombre de celuloide
Conexión mortal tiene todo aquello que hace a King un gran escritor y, al mismo tiempo, un hombre cuyos valores están lejos del crítico que cree imposible encontrar una buena novela en el estante del aeropuerto.
Conexión mortal tiene todo aquello que hace a King un gran escritor y, al mismo tiempo, un hombre cuyos valores están lejos del crítico que cree imposible encontrar una buena novela en el estante del aeropuerto.

Ningún amante de la literatura debería perderse los cuentos cortos de Stephen King. Con la tensión que consigue crear en cinco o seis cuartillas basta para darse cuenta de que sabe escribir. También es cierto que sería necio defenderlo como se defiende, digamos, a Joyce. Son búsquedas distintas, pero las de King me parecen respetables con todo y que, basadas en sus textos, se han producido películas infumables.

Sinceramente no creo que Stephen King escriba tanto y en forma tan dispareja por amor al dinero. Creo que es un escritor que no puede dejar de narrar. Lo que sea. Además parece empeñado en demostrar que con cualquier idea extraña puede escribir al menos una línea sorprendente.

Conexión mortal tiene todo aquello que hace a King un gran escritor y, al mismo tiempo, un hombre cuyos valores están lejos del crítico que cree imposible encontrar una buena novela en el estante del aeropuerto. Hay en Conexión mortal un problema y tres virtudes o, si se quiere, cuatro virtudes porque el problema de esta película es, al mismo tiempo, lo que hace a King un autor de culto. La historia es muy jalada de los pelos. ¿Es eso un problema? Solo de haber sido escrita por cualquier otra persona. King consigue que la trama idiota de unos zombis contagiados por su teléfono celular se vuelva interesante. Lo consigue porque va más allá de la anécdota para hablar de lo que realmente le interesa y, ¿quién lo dijera?, lo que le interesa está en la línea de la literatura más exquisita. Flannery O’Connor, por ejemplo. No se trata solo de lo voluminoso de la obra de ambos autores, no se trata solo de que ambos estén obsesionados con Dios y con el diablo. Tanto King como O’Connor retratan la dulzura y el horror de un Estados Unidos que huele a panqué y a sangre seca. Lo hacen de muy distinto modo, por supuesto. En Conexión mortal un hombre se encuentra de pronto rodeado de zombis que de día son antropófagos y de noche cantan a la luna.

La segunda cualidad de Stephen King son sus diálogos. Perseguidos por un muñeco de trapo, por un asesino vestido de payaso o por una parvada de zombis, los protagonistas siempre tienen tiempo para decir algo poético o al menos interesante. Aquí, en una secuencia, Samuel L. Jackson, con ese vozarrón que tiene, habla de aquel salmo en que David camina por el valle de la muerte y pide a Dios que tenga clemencia.

La tercera cualidad de King es que lo suyo no es el horror, es la comedia. Solo algunos adolescentes parecen haberlo entendido desde aquí. Los malos mueren de forma ridícula, los seres más despreciables en nuestra sociedad sucumben con la peluca mal puesta.

Por último: Stephen King ama tanto a su país que se da permiso de criticarlo con la agudeza enmascarada de quien hace horror con mucha pintura roja. El racismo, la frivolidad y hasta la irresponsabilidad de un país que pudiese llevar a Trump al poder están aquí. Y es posible verlo si está uno en el carácter de quien puede recordar cuando tenía trece años y leyó los inquietantes cuentos cortos de Stephen King.


 

Conexión mortal (Cell). Dirección: Tod Williams. Guión: Adam Alleca y Stephen King. Con John Cusack, Samuel L. Jackson, Isabelle Fuhrman, Stacy Keach. Estados Unidos, 2016.