Steiner pregunta

Concediendo que hasta ahora ninguna prueba de la existencia de Dios ha resultado satisfactoria —no digamos ya concluyente—, ¿qué prueba tenemos de su no existencia?
George Steiner.
George Steiner.

Concediendo que hasta ahora ninguna prueba de la existencia de Dios ha resultado satisfactoria —no digamos ya concluyente—, ¿qué prueba tenemos de su no existencia?

En un giro francamente moderno, este es uno de los desafíos intelectuales que plantea el pensador y humanista francés George Steiner en su más reciente libro Fragmentos (Siruela, Madrid, 2016), en el cual, transmutado en un escriba romano del siglo II a. C., Epicarno de Agra, uno de cuyos papiros moralistas y retóricos es ficticiamente hallado en las ruinas de la biblioteca privada de una villa de Herculano, Steiner “rescata” ocho aforismos en tono de disertación a partir de los cuales elabora una serie de “conjeturas” que se confunden con lo que podría ser una síntesis de sus intereses intelectuales y vitales.

Esos intereses del autor de Nostalgia del absoluto remiten a reflexiones sobre la elocuencia del silencio y lo no expresado que se manifiesta en el relámpago que “ilumina” la oscuridad volviendo visible la noche; las gratificaciones de la amistad; el potencial de la educación y la rareza del talento; la realidad ontológica del mal; la omnipotencia del dinero; los peligros de la religión; la trascendencia de la música, y la libertad de elegir la muerte.

Con hondura y erudición fascinantes, haciendo gala de un manejo sobrio de la complejidad del pensamiento filosófico a lo largo de la historia, Steiner (1929) elabora un sencillo y hermoso tratado del ser y algunas de sus materias más trascendentales, que introducen al lector en el nudo de su propia existencia, de donde sale vivificado y sobrecogido.

El libro de Steiner es, en su matriz, un compendio de preguntas, de grandes preguntas que el profesor, crítico y teórico de la cultura responde con honestidad y sabiduría: ¿qué cualidades existen en la mente de un genio y en la de un imbécil?; ¿la creatividad de primer orden escapa al entendimiento, no digamos ya a la predicción?: ¿cómo debemos hallar sentido a la abierta injusticia de la distribución de talento entre los seres humanos?; ¿qué torsión, qué injerto de lo perverso, habita, contamina las iniciativas inspiradas?; ¿qué apariencia ha tenido el mal, qué máscaras ha empleado?; ¿qué es nuestra historia —desde el asesinato de Caín hasta los hornos de gas y la incineración nuclear— sino la crónica de lo inhumano?; ¿la sola noción de riqueza nos obliga a condenarla?; ¿la propiedad no es sagrada?; ¿bailamos la canción del dinero en torno al becerro de oro?; ¿cómo puede la razón reconciliar el concepto de una deidad omnipotente, piadosa y justa, con las atrocidades, el sufrimiento gratuito y la desesperanzadora miseria de la situación humana?; ¿qué le ocurre a la razón, a nuestra voluntad, a nuestra templanza psicológica y moral cuando escuchamos música?; ¿podría ser la experiencia musical el único encuentro humano con el tiempo que esté libre de temporalidad tal y como la conocemos en los procesos biológicos y psicológicos?; ¿el contrapunto y los cánones inversos revierten el tiempo como ningún otro dinamismo?; y, finalmente, ¿hay algo más cruel, más éticamente reprobable que el dictado que mantiene vivo a quien está mentalmente extinguido, al paralítico, a quienes son alimentados mediante tubos?; ¿qué tiranía hay más obscena que la que prohíbe liberar al que se encuentra en coma, a quienes están encarcelados por la inmovilidad, a los muertos vivientes conectados a un respirador artificial, vaciando sus intestinos bajo licencia química?; ¿podemos reclamar la autonomía de nuestro ser al elegir la manera y el momento de nuestra muerte?

A estas cuestiones responde, y de qué manera, George Steiner en estos Fragmentos “un poco carbonizados”, como reza el subtítulo del libro, aludiendo a una época en llamas que insiste en prenderle fuego a lo mejor que han dado sus civilizaciones y sus culturas.