El tiempo al revés: Fernando del Paso

[Poesía en segundos]
Sonetos del amor y lo diario de Fernando del Paso
Sonetos del amor y lo diario de Fernando del Paso

Tiene algo apabullante cómo Fernando del Paso, uno de los magníficos prosistas de México y de nuestra lengua, heredero de la gran novela del siglo XX y trabucador de los entendimientos fáciles, no ha dejado de afirmar a lo largo de más de 50 años no solo su entusiasmada vocación lírica sino su dominio del rigor poético y ahora, en pleno auge de la poesía sin poesía —fea argentinización gringa de la joven creación mexicana—, nos lanza 35 composiciones en el libro Sonetos del amor y de lo diario (El Colegio Nacional, 2016), acompañados de cinco juegos de geometría imaginaria en un encarte.

A pesar de lo inopinado de esta pequeña muestra de sonetos en el contexto de una literatura henchida de discutible arrogancia comercial y obsesionada por cualquier clase de lector, aun por aquellos que solo compran libros y nunca pasan de las primeras hojas, el gesto realizado por Del Paso no es único y en nuestras letras hay otros ejemplos notables. Arreola, como maestro de la prosa, también lo fue de la poesía; y Elizondo, bajo el temple de Farabeuf, es inexplicable sin el sueño de la máquina de hacer poemas, artefacto prefigurado —según el autor de Elsinor— por Mallarmé.

Pero sí es inesperado que un súper narrador insista con perseverancia en la práctica del verso y nos haga pensar en la música de las ideas y nos revele de dónde proviene la agudeza de su oído y de dónde, al menos en parte, la capacidad de invención formal. De este modo, uno de los autores más consistentes y audaces de la novela contemporánea, tanto por la comprensión de las tribulaciones del hombre moderno como por la capacidad de dilatar el tiempo de la historia en el espacio de la ficción, da vuelta en sentido contrario y nos entrega no unos poemitas con vagas intuiciones, remedos de poca monta, sino verdaderas composiciones líricas, en el vehículo transhistórico del soneto; composiciones llenas de vida, conocimiento y novedades verbales.

¿Qué tanto significa en la literatura contemporánea esta “vuelta” —palabra cara, como sabemos, a Octavio Paz—? Mucho y poco. Mucho porque nos lleva directamente a las inquietudes originales de la novela, cuando Cervantes colmó a El Quijote de poemas y pugnó, en Viaje del Parnaso, por ser una voz entre los poetas de su tiempo; mucho, además, porque hace énfasis con una acción sintética en las tensiones necesarias entre prosa y poesía; y mucho, finalmente, porque pone en escena con trazos rápidos la capacidad figurativa y dramática de la escritura lírica. Y poco porque para la mayor parte de los lectores y escritores contemporáneos, en especial los poetas “jóvenes”, este giro de tuerca, esta “reaparición”, no es apreciable y solo puede representar una curiosidad y quizá hasta una rareza, pero no revelar “lo que fue y aún no toco”, es decir, el tiempo preñado y al revés de toda innovación.

Sonetos del amor y de lo diario tiene, en la extraña competencia de su espontaneidad, una riqueza de lenguaje perdido y recuperado. Sentimos, en la fluidez y en el don de hablar, una poesía clásica que no hallamos en el barroco y en el conceptismo, pero sí en la mundanidad de Lope y mucho más en la de Cervantes. Los sonetos del novelista mexicano son lenguaje vivo de ayer en nuestro hoy insospechado. Por ejemplo, cuando dice “Ah de ti, de tus manos de costura/ que me cosen las alas y los clavos” o cuando remata en otra pieza: “ningún sol, como yo, tan desolado”. Probablemente con este libro Del Paso vuelve al enorme principio de sí mismo y, tal vez, pone en nuestras manos el pasado de un nuevo comienzo.