Somos lo que somos

Merde!
Roberto Blandón y Mario Iván Martínez en La jaula de las locas
Roberto Blandón y Mario Iván Martínez en La jaula de las locas

Un musical sin producción es como un helado sin dulce. Difícil encontrar un productor que apueste por la calidad de eso que llaman inversión. Hemos visto éxitos que por el nombre del musical funcionan en taquilla pero no tienen la calidad que se requiere profesionalmente. Tragamos lo que nos dan. Por eso es loable el oficio de Juan Torres, que no escatimó dinero para el vestuario, iluminación, escenografía, coreografía y música, y un reparto de actores expertos en el género para que La jaula de las locas continúe en cartelera con la misma frescura de un estreno impecable.

Reticente, el crítico de teatro no suele ver musicales porque su experiencia ha sido atroz en lo visual, en lo actoral, y en producciones que apuestan por espectadores poco rigurosos. Sobre todo por el cliché con el que llevan a cabo esos montajes de Cabaret, A Chorus Line y Evita. Apenas Ocesa Teatro ha impuesto un criterio de calidad, en parte obligado por las puestas mundiales que vienen de Nueva York. Juan Torres decidió hacer un trabajo de calidad con La jaula de las locas. Lo logró.

La historia es más que conocida porque este musical, de origen francés, triunfó primero en el teatro, se hizo el filme en francés (1978) y en inglés (1996); se convirtió en un clásico contra la homofobia, tanto, que se representa en muchos países. (Se olvida que La Cage aux Folles se estrenó en París en 1973, escrita por el dramaturgo Jean Poiret, con las actuaciones de Michel Serrault y el propio autor.) Un tema que no ha sido rebasado por el implacable tiempo: la diversidad sexual y los permisos sociales para imponerse con sus gustos y costumbres. Familia conservadora contra familia homosexual.

Que Mario Iván Martínez es un actor de primera línea no es sorprendente. Sorpresa fue que el día de la función lo sustituyera—por motivos de salud— Rogelio Suárez en el papel de Zazá: es simplemente espectacular en voz, actuación, baile y gracia. No solo él: todo el elenco es fino, hermoso, grácil, justo los ingredientes que un buen musical requiere para su éxito total. Lo logran con creces. Importa mucho saber que la traducción del inglés —según libreto de Harvey Fierstein— es de José Luis Ibáñez, perito del estilo, por ejemplo, con Silvia Pinal en Mame. Se goza el español en un juego de dobles sentidos.

El público disfruta como niño la visualización de un mundo “extraño”, ese donde dos hombres juegan el rol de un matrimonio convencional —incluido un hijo que se casará—, lo que provoca el descubrimiento de los prejuicios engendrados por desconocimiento de almas que saben mirar solo su ombligo. El desenlace es jocoso, de enseñanza, hilarante, con final feliz. Es en el teatro donde esta obra adquiere la fuerza de las palabras —por las actuaciones, vivas, frente al público—, no en el cine, a pesar de su enorme popularidad. El sueño del cine no puede con la realidad teatral. Y todos cantamos con ellos: “Somos lo que somos”.


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