Secretos bajo la piel

La identidad fragmentada y el dolor compartido son los ingredientes de 'Oler la sangre', una pieza a dos voces que enfrenta a dos hermanos.
La obra escrita y dirigida por Ro Banda se presenta los lunes a las 20.30 horas en La Capilla.
La obra escrita y dirigida por Ro Banda se presenta los lunes a las 20.30 horas en La Capilla.

La carta póstuma de una abuela cumple con la presentación formal de un hombre y una mujer como medios hermanos. Él tenía ya conocimiento de la existencia de ella, quien hasta el momento en que se encuentran no sabía nada de él. El suceso detona interrogantes, emociones, vacíos, recuerdos y temores contenidos. Los personajes buscan asirse a algo que responda a la incertidumbre recién descubierta. Escrita y dirigida por el joven Ro Banda, Oler la sangre es un montaje que esencialmente da testimonio de la solidez ficticia que pueden crear una actriz como Adriana Llabrés y un actor como Víctor Hugo Martín.

Solos sobre un escenario sin mobiliario, dominado en lo alto y al fondo por la proyección de un vitral que ostenta un gran reloj con números romanos, como si se tratara de un eterno y viejo andén, los dos personajes, momentáneamente pasmados en el desencuentro, inician un camino hacia la caza de una verdad que se les escabulle entre remordimiento, rabia, tristeza y hechos desconocidos.

 Banda escribe un texto interesante que narra en boca de los personajes lo que piensan, dicen, sienten y hacen. Parlamentos que dialogan con el espectador, que son dichos de modo que el otro personaje reaccione a las palabras expresadas y que, a ratos, ilustran lo que ocurre en escena mediante cuadros o episodios divididos por números que los actores mencionan durante segundos en los que dejan y retoman enseguida a su personaje, cuya existencia escénica se reparte en todas esas tareas, sin que por ello haya tropiezo alguno.

La obra hurga en el pasado y el presente desasosegado de los personajes, por más que ella en un principio se muestre confiada, amistosa y alegre, hasta que se entera de la densa carga de antecedentes que sujetan a ambos, asidos a unos grilletes emocionales que impiden su paso ligero.

Oler la sangre plantea la búsqueda urgente de una identidad que el ser humano posee fragmentada, debido a secretos que a unos se les ocultan y a otros le son revelados, sin que se aplaque un dolor que se alimenta con cada respiro enredado en recuerdos que quizá se petrifiquen.

Como dramaturgo, Ro Banda expone su preocupación por la búsqueda de la verdad, el autoconocimiento, el reconocimiento de lo que cada quien es y lo que la sangre nos revela y nos guía. Sus personajes avanzan en su propio camino después de haberse unido en algún punto mediante un dolor que comparten.

Sin embargo, se percibe una precipitación dramatúrgica que le impidió al autor, una vez llegado el momento de la confesión del personaje masculino, plantear con mayor nitidez y riqueza el acontecimiento que dimensiona el conflicto de los personajes. La dirección y el texto pasan velozmente por ese complejo trance que los determina, cuando hay holgura dramatúrgica en ciertas escenas, algo de regodeo y necesidad de cerrar el catálogo temático abierto, lo que, sin demeritar lo logrado, interrumpe el vuelo emprendido.

 Aun así, Oler la sangre es una puesta en escena en la que tanto Llabrés, a quien pudimos ver recientemente en La gaviota, en una muy buena interpretación de Masha, como Martín, a quien por fortuna los escenarios televisivos le han abierto espacio para volver al teatro, crean dos personajes sólidos y distantes que se acercan entre sí hasta tocar al espectador sin falsos artificios.

El sencillo vestuario diseñado por Kevin Arnoldo —ella en falda y blusa combinada en beige y rojo, entre inocente, aniñada y ligera, y el comando pardo a medio poner de él, siempre pesado, como si estuviera sujeto a sí, más allá de la libertad que le da ser marino— expresa los atavismos de estos hermanos, mientras la música de Brandon Torres apunta lo que se agolpa en ambos personajes.  

El trabajo en equipo tiene méritos que traman una serie de genuinas preocupaciones, asumidas con plena honestidad, hacia la consecución de un objetivo artístico que incluye el espacio escenográfico e iluminación de Miguel Moreno, quien con mínimos elementos otorga distintos espacios que remiten a un lugar al que se retorna sin remedio, aunque siempre se esté de paso.