Salman Rushdie, el derecho a no creer en Dios

"Soy hombre muerto", fue el pensamiento postrado en la mente de Salman Rushdie al enterarse de su condena a muerte, la fatwa emitida por el ayatolá Jomeiní el 14 de febrero de 1989.
Salman Rushdie.
Salman Rushdie. (Beowulf Sheehan)

Ciudad de México

"Soy hombre muerto", fue el pensamiento postrado en la mente de Salman Rushdie al enterarse de su condena a muerte, la fatwa emitida por el ayatolá Jomeiní el 14 de febrero de 1989, sin amor y sin amistad. Acaso sería interesante preguntarle al escritor qué habría sido de su carrera sin el Islam, sin aquel edicto sagrado, sin su sueño más importante, el que relató hace unos días a la revista Stern en entrevista exclusiva para Alemania, con motivo de la publicación de su reciente novela Dos años, ocho meses y veintiocho noches (Planeta).

En aquel sueño, se veía de nuevo como un niño. Vivía en la casa de sus padres y podía volar. Siempre que estaba en su habitación volaba alrededor, fácil, libremente. Quiso salir volando por la ventana y, mientras se elevaba a la altura de ella, de pronto fue perdiendo altitud. La casa de sus padres en Cachemira se ubica sobre una colina. Comprendió que si no regresaba a tiempo no podría volver a entrar porque ya iba en picada. En ese momento, el sueño se tornó una pesadilla. Lo que más quería era regresar a su habitación. Rushdie nunca lo olvidó.

En todo momento, fue consciente del peligro que podría venir de Irán. Las amenazas de muerte suscitaron sentimientos de desesperanza y un estado de depresión muy profundos en la vida de este autor que en su juventud, cuando contaba con alrededor de 25 años, se enamoró de Nueva York, una ciudad a la que recuerda pobre, sucia, en bancarrota y peligrosa, un entorno que sin embargo fungió como imán para pintores, músicos y escritores, cuya obra fue concebida en ese ambiente que ellos mismos fueron nutriendo hasta generar el tan especial sentimiento neoyorkino.

Al Rushdie joven, Nueva York le parecía excitante. Lo sintió el lugar adecuado. Deseaba quedarse, pero de algún modo su vida se encontraba en medio de todo. A veces, se decía a sí mismo: "Dejarás de ser joven. Si quieres volver a Nueva York, tienes que atreverte a ir". Era exactamente lo que había soñado. De manera que un día volvió y se quedó. "Encajo bien aquí".

Nueva York le recuerda a Bombay. Esa ciudad americana significó su salvación, después de haber vivido oculto durante una década en Londres. Ahora puede ir sin guardaespaldas a ver el beisbol al estadio de los Yankees, despertarse en las mañanas e ir a la esquina por un café, comprar The New York Times y sentirse feliz. Durante esos años de reclusión obligada permaneció tiempo completo con hombres armados en casa. No había modo de ejecutar acciones espontáneas. Si a Rushdie se le antojaba dar un paseo, tenía que informar a la policía. Ellos le respondían: "Danos una hora y te llevamos a dar un paseo". Él no quería salir a caminar a una hora determinada. Lo que en verdad deseaba era salir de inmediato. "Fue muy claustrofóbico".

En Nueva York se siente como en casa. Manhattan y Bombay comparten la misma naturaleza geográfica y cultural. Ambas ciudades se asientan igualmente sobre una isla estrecha y sus centros tienen casi el mismo tamaño, las dos han desarrollado una marcada tradición multicultural y, lo más apreciado por Rushdie, están llenas de vida. La vida y el amor, el movimiento y el ruido simbolizan para él la esencia vital.

Su vida es en estos tiempos completamente normal, podría decirse. A partir de 2002, cuando prescindió del personal de seguridad, dejó de mirar por encima de su hombro. Estaba casi seguro de que nadie lo perseguía. Fueron doce años de conducir su auto con guardaespaldas a bordo. Sin embargo, cuando esos hombres cumplieron su misión y sus servicios ya no fueron requeridos, a Rushdie lo atacó un sentimiento muy extraño, sintió como si sus cuidadores nunca hubieran existido y, a los dos días, todo se borró de su memoria. "Me acostumbré a no verlos. Fue muy rápido". Ahora toma taxis en la calle o camina al supermercado para comprar el periódico.

Rushdie nunca se habría imaginado convertido en un autor de izquierda, amigo de la policía secreta. Recientemente visitó un edificio en el Támesis, "donde se acaba de filmar la nueva película del famoso Bond". Tras haber convivido con los mejores vigías de la policía británica, aprendió varios trucos para esquivar a sus perseguidores y llegó a conocer estrategias interesantes. "Quizá algún día escriba una historia de espionaje".

Si la fatwa sigue o no vigente, le da igual, aunque reconoce que nunca llegará el día en el que se sienta a salvo. "Ser escritor me ha salvado la vida. Un escritor está familiarizado con la soledad, acostumbrado a ella. Se sienta solo en una sala y compone su trabajo. Mi situación me permitió hacer justamente eso. En esa época pude escribir unos seis libros y por ello, en muchos sentidos, creo que fue lo que me mantuvo con vida".

En el ataque a Los versos satánicos ve el prólogo al terror desatado en el mundo en años recientes e identifica cierta conexión entre el revuelo de ese momento y los ataques más serios, como el del 11 de septiembre. "Esta violencia forma parte de un movimiento paranoide que se desprende de ese compendio".

La condena no fue solo personal. La fatwa afectó a muchas personas, a su familia, a traductores y editores. "Mi hijo tenía nueve años y desde entonces ha tenido que sufrir este problema. Personas cercanas a mi círculo fueron afectadas, recibieron disparos. El traductor japonés fue asesinado y el traductor italiano también fue atacado. Hubo actos terroristas en librerías del Reino Unido y Estados Unidos, muchas fueron quemadas".

En 2012, Hassan Sanei, líder espiritual de una fundación iraní, aumentó el precio de su cabeza a tres millones de euros. Rushdie calificó de exageración las cosas que la gente decía al respecto. Aseguró que se trataba solo de un religioso que había vuelto a reactivar el tema, pero que eso no había provocado un cambio real de su seguridad. "Hoy habría que ser muy valiente para publicar un libro crítico sobre el Islam. Incluso, no tendría que ser un libro crítico. Simplemente, hablar sobre el Islam, escribir sobre el Islam parece ser cada vez más difícil. Pero los escritores somos muy cabezotas y al final acabamos escribiendo lo que queremos. Los escritores debemos hacer un esfuerzo mayor por defender el valor de la libertad de expresión. Hemos luchado por la tolerancia, por la libre expresión y podemos intentar abrir el mundo, comunicarnos con él de una forma más abierta. A veces no es posible cumplir esta función. No obstante, es nuestro deber seguir difundiendo estos valores y presentar una manera de ver el mundo contraria al fanatismo. Debemos entender lo que podría ocurrir en el futuro, porque esta historia seguirá afectando a muchas personas", comentó hace tres años durante una entrevista concedida al noticiero 24 Horas de TV Española en relación a su autobiografía Joseph Anton. Memorias.

El tiempo le enseñó a Salman Rushdie que el deseo de tener una vida normal es enorme, y que ante un dilema le resulta difícil hallar una respuesta. "Si me hubiesen preguntado cómo iba a lidiar con las amenazas de muerte, yo habría contestado: quizá no muy bien". De su experiencia, aprendió que las personas son más fuertes de lo que creen. En su caso, un increíblemente fuerte instinto de supervivencia se apoderó de él. "Se desencadena cuando la vida está realmente en peligro. Uno no puede desencadenar este instinto apretando un botón, se desencadena por sí solo". Se descubrió con más fortaleza de la que jamás pensó tener y hoy actúa sin concesiones en asuntos relacionados con su condena.

La gran batalla

A decir de Rushdie, los terroristas del Estado Islámico "todavía no" han logrado transformar la apariencia de su vida; sin embargo, señala al EI como la peor amenaza de nuestro tiempo. La idea central de su nueva novela es la historia de un mundo que se precipita hacia una guerra global contra el terrorismo. La razón libra su última batalla contra la irracionalidad de los extremistas religiosos, cuyas identidades podrán ser descifradas fácilmente (Osama bin Laden y El-Führer al-Baghdadi, entre otros asesinos fanáticos).

La novela comienza con una tormenta. En 2012, el huracán Sandy afectó seriamente a Nueva York y aquel panorama le dio la pauta a Rushdie. Los habitantes del centro de Manhattan se quedaron tres días sin energía eléctrica. Una escena que se le quedó muy grabada fue la imagen de un edificio que permaneció iluminado entre la oscuridad del centro de Manhattan, la torre de oficinas de Goldman Sachs, el banco de inversión más poderoso del mundo. "Un edificio que irradiaría más luz si Nueva York se hundiera en la oscuridad más profunda. Para mí, ese fue un símbolo de América".

En esta guerra entre los mundos, el conflicto entre razón, intelecto, tolerancia, lógica e irracionalidad es el punto focal del autor. "La irracionalidad en sí misma no es mala. En realidad, es el origen de sueños y fantasías". En la novela, luchan dos protagonistas: el erudito Ibn Rushd y uno de sus descendientes, el jardinero Gerónimo, quienes están en favor de la razón y contra Dios.

Los lectores descubrirán quiénes son estas figuras. Aunque su padre fue un ferviente admirador de Rushd, el personaje de Ibn Rushd en la novela no es su padre y tampoco Rushdie es Gerónimo, aunque ambos, Gerónimo y Rushdie, compartan la misma experiencia de la pérdida y el desarraigo. Ese migrante originario de Bombay, que vive en un mundo globalizado, es un fuerte oponente de Dios y de la religión. "Hesita como yo y casi cedió a la desesperanza, igual que yo, pero no soy él".

Rushdie toma el futuro en sus manos y deposita la victoria en la razón. "No soy ningún profeta, no actúo de tal modo". No obstante, puede ver cómo la realidad sugiere un resultado muy diferente de la historia. En su calidad de autor visionario (así se siente más cómodo), hubiera sido demasiado fácil haber escrito un libro que comenzara con una catástrofe, llevarla hasta los extremos y cerrar con un final terrible. "No quería un final banal". Le resulta mucho más interesante escribir acerca de las posibilidades positivas de la humanidad que recurrir al triunfo inminente del mal. Lo cual no significa que haya escrito un cuento de hadas en el que todos vivieron felices para siempre.

A la idea de que la humanidad se encuentra hoy ante la gran batalla, como lo describe en su novela, le falta cierta precisión, porque no estamos "ante" una guerra, "estamos dentro de ella, se lleva a cabo en este momento". Justo aquí, Rushdie se remite a los inicios de Al-Qaeda como un pequeño grupo que creció hasta conformar el ejército del Estado Islámico, capaz de reclutar hombres y mujeres de todo el mundo.

Porque no es un escritor especializado en el Islam, Rushdie carece de una explicación erudita sobre por qué ese ejército es hoy tan poderoso y popular, aunque se reconoce maravillado con el grado de perfección alcanzada por el EI en sus negociaciones con los medios de comunicación y por su habilidad para comunicarse con los jóvenes. El EI "hace del yihadismo algo tentador, casi glamoroso". Esos jóvenes, por otro lado, nunca han tenido una vida sexual normal, nunca tuvieron novias, nunca se enamoraron. Sus lecciones más importantes, en lo que a mujeres se refiere, consisten en tratarlas como meros objetos. Se descubrió que su líder, Baghdadi, violaba a sus prisioneras. "Este es el gran horror de nuestro tiempo". A Rushdie le preocupa que los jóvenes de Occidente, provenientes de una sociedad abierta, tengan el sentimiento de que la vida en la ciudad siria de Raqqa es mejor que en Estados Unidos.

La ascensión del Islam y la radicalización de los islamistas tienen sus raíces en la política exterior de Occidente, al establecer sobre el petróleo las reglas de la familia real de Arabia Saudita, practicante del culto wahabí, una estricta y literal interpretación del Islam. "Nadie en el mundo islámico estaba interesado en este grupúsculo", señala Rushdie. Dice que con su dinero se fundaron las escuelas coránicas, que asumieron la responsabilidad de entrenar a los talibanes en la frontera entre Pakistán y Afganistán, así como a los muhlás, a quienes se instruyó para difundir por todo el mundo las leyes estrictas del Islam.

Rushdie no ignora el peligro que otras religiones pudieran promover, pero este Islam del que habla es en extremo peligroso. Le resulta paradójico que sean los propios musulmanes quienes más sufren. Según su estimación, alrededor del 99 por ciento de los muertos en países musulmanes son víctimas de otros musulmanes. "Quien diga que esas víctimas no tienen nada que ver con el Islam tiene un serio problema con la realidad".

Para Salman Rushdie, en este mundo no existe Dios: está muerto y la humanidad sería mucho mejor si no padeciera su injerencia. Sin embargo, se abstiene de aceptar que su libro contenga un mensaje: no pretende incitar a las personas a combatir al demonio del Islam. Más bien, sostiene que debemos defendernos y ser conscientes de cómo queremos vivir, de cómo estamos viviendo. "Este mundo no debe sacrificarse por compromisos podridos. Tengo el derecho de decirlo: no hay ningún dios".

Como idea fundamental de su novela, sostiene que la humanidad debe liberarse de Dios y asienta la falla en las tradiciones impuestas por nuestros padres. "Ahora somos adultos. Los dioses se han ido. Podemos hacer todo de la mejor manera posible sin ellos". En este mundo imperfecto, todo tiene su precio. La humanidad necesita madurar. "Seguramente no voy a vivir para verlo, pero estaría muy contento de ello. Sí, en la novela la humanidad paga un precio muy alto: se acabaron los sueños". Los amigos a quienes mostró el manuscrito quedaron sorprendidos con el final. La intención de Rushdie era amargarlo todavía más, añadirle un poco de vinagre, pero ¿para qué? "Con todo, vivimos ya una pérdida dolorosa: la libertad".

Dos años, ocho meses y veintiocho noches está dedicado a Carolina, su publicista y amiga muy cercana desde hace varios años. Cuando Rushdie cumplió 60, fue ella quien organizó la fiesta. Cuando la reina de Inglaterra Isabel II lo nombró en 2007 Caballero de la Orden del Imperio Británico, fue ella quien organizó el festival. La dedicatoria es su manera de agradecerle por haber estado a su lado en los peores momentos.

Salman Rushdie, quien estuvo casado en cuatro ocasiones, no tiene nuevos planes de boda, no está enamorado y vive solo en Nueva York. Muchos se preguntan por qué le gusta vivir solo. Bueno, duerme muy bien. En Nueva York se le ha visto con mujeres hermosas. No se cierra a las oportunidades.

Por extraño que parezca, el final de su vida no es un asunto que lo mantenga ocupado. Mucho menos se entretiene pensando qué querría que grabaran en su lápida. "No me interesan las lápidas. Me gustaría vivir por siempre". Quiere escribir todavía muchos libros y seguir rondando este mundo. A propósito, cita la respuesta que Woody Allen dio cuando le preguntaron si estaría orgulloso de pasar a la inmortalidad a través de sus películas y vivir en la memoria de sus compatriotas: "No, prefiero vivir en mi departamento". "Ese es también mi plan. Amo la vida. Me encanta la ira. Mis sueños aún no han terminado".