Ropa de domingo

A fuego lento.
'La memoria de las cosas', (Gabriela Jauregui, Sexto piso, México, 2015)
'La memoria de las cosas', (Gabriela Jauregui, Sexto piso, México, 2015)

Ciudad de México

Nada más difícil que huir del realismo grosero y sus atmósferas y personajes empobrecidos a fuerza de recaer en el cliché. Pregúntenle, si no, a Gabriela Jauregui cuyo primer libro de relatos promete unirse a la increíble tradición de los gabinetes de curiosidades y termina desintegrándose en la masa indigesta de libros que malviven de un estilo que se pretende "poético" en aras de no decir nada, de no contar nada, de mirarse con autosuficiencia el ombligo.

He dicho "relatos" por no decir "viñetas". En efecto: Jauregui sacrifica todo argumento, más con el propósito de acumular ocurrencias que de encontrar la singularidad ahí donde en apariencia no la hay. Su materia son los mundos vegetal, mineral y animal, y unas cuantas presencias inanimadas a las cuales intenta atribuir propiedades fabulosas. Hay pues árboles que se describen como viajeros interestelares, diamantes fabricados con las cenizas de los muertos, zorros genéticamente favorecidos con el don de la escritura, pelusa descansando en el fondo de un bolso. Uno se pregunta a dónde han ido a parar las iluminaciones de Juan José Arreola y Julio Torri y se descubre leyendo: "Restricción. Control. Cuerda. Distancia de cuero o metal hasta el cuello. Encuentro entre mano y cuerpo: entrenamiento. De cuero la obediencia. La suavidad trenzada", bla–bla–bla.

Uno mira un título como La memoria de las cosas y cree posible que será transportado a uno de esos libros misceláneos a la manera de Italo Calvino en los cuales la existencia humana se contempla junto a todo lo que ocupa un lugar en el mundo. Pero Jauregui no tiene interés en la existencia humana sino en la suposición de que basta encabalgar una o dos descripciones, una o dos sospechas, para hacer literatura. No exhibe sino una estrategia decorativa, y la decoración, ya sabemos, no es más que un lamparoso traje de domingo. Las páginas se llenan entonces de "Haz música contra las paredes de un vaso de vidrio", "Aquí el perro con su agujeta es metaplasia pura", "Esferas a la espera, peras esperando, dejan de soñar". Nada ocurre, salvo condenar al lector a tres horas de vacuidad.

Habría que preguntar cuánto pierde la narrativa mexicana cada vez que un libro renuncia a pensar en qué consiste nuestra extraviada humanidad y se entrega en cambio a peras que cuelgan como cojones o a estrellas hermafroditas. Habría que preguntar también qué clase de gusto quiere imponer una casa editorial cuando sostiene mañosamente en la contraportada que La memoria de las cosas "restituye la realidad de los objetos al emanciparlos de la burda e instrumental mirada actual". Porque se trata del gusto, es decir, de un estado vital del que nos servimos para enfrentarnos al caprichoso universo, no de baratijas que se ofrecen igual que fueran descendientes de los tigres borgeanos o de los kimonos bicolores de Yasunari Kawabata.


La memoria de las cosas

Gabriela Jauregui

Sexto piso, México, 2015

125 pp.