El hongo es una entidad consciente

A fuego lento.
"Carne de Dios", de  Homero Aridjis.
"Carne de Dios", de Homero Aridjis.

Podría alegarse que la divinidad, en cualquiera de sus manifestaciones, habla mediante los hongos alucinógenos a quienes los mazatecos llaman "angelitos" o "niños santos". Podría incluso aducirse que existen ciertos misterios que solo podemos descifrar cuando la conciencia deja de traducir racionalmente el mundo. Pero qué hay de la aseveración de que "María Sabina fue la mejor poeta visionaria del siglo XX en las Américas". Suena a mantra pronunciado bajo los efectos del hongo.

Al amparo de estas revelaciones, Homero Aridjis emprende una novela acerca del influjo extático de los "niños santos" en un grupo de beats que se instala en Huautla de Jiménez en 1957. Importa el año pues marca el momento en que María Sabina dejó de ser solo una médium para convertirse además en una atracción turística luego de que Robert Gordon Wasson publicara una crónica de sus experiencias con los hongos divinos en la revista Life. También importa porque Homero Aridjis necesita que los personajes —un bardo chileno, un harapiento de San Francisco, un lector de novelas policiacas nacido en Brooklyn, una estudiante de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, una descendiente de chinos y mexicanos— se comuniquen en lenguaje poético: quiénes más a modo que un atado de alucinados a las puertas de la resurrección espiritual para establecer correspondencias entre el éxtasis religioso y el Conocimiento de las Cosas Más Profundas.

Así que el poeta Aridjis prevalece sobre el narrador con tan malos resultados que desdeña un argumento y opta en cambio por engarzar iluminación tras iluminación con el elevado propósito de recetarnos un surtido indigesto de filosofemas. En hongo las 24 horas del día, esos personajes no paran de llenarse la boca de poesía: "Engañada por las ilusiones de Tezcatlipoca habrá decidido perderse en los bosques de la irrealidad", "Cuando salga de ti, como un rayo iré por el mundo echando aguaceros y vientos", "Me gustaría ver en mi mente la danza de un girasol", "Soy creyente del Vientre de la Nueva Visión y vicepresidente del Club de la Memoria Negra que Precede a la Pirámide de la Nueva Conciencia". Después de 208 páginas en esta tesitura, uno aspira tan solo a unas raciones de prosa llana al estilo de Keynes o de los anuncios clasificados.

La intervención de algunas figuras artísticas —Ginsberg, Burroughs, Rulfo, Gerhart Münch— refuerza con creces la atmósfera insustancial de la que no tardamos en sentirnos prisioneros. El infierno, estoy seguro, debe tener la estructura de un ritual en el que hordas de hipsters intercambian versos chamánicos hasta la náusea.

Si el hongo es una entidad consciente, como aseguran los hijos pródigos de Huautla, podríamos esperar que en ocasiones depare un mal viaje. No es otra la sensación que deja Carne de Dios (Alfaguara, México, 2015) con su idealización de los cultos prehispánicos, su desconfianza en la palabra escrita y su disposición a expresar el lenguaje de la sabiduría con la sintaxis del maestro Yoda: "Rostro íntimo solo saberlo Seres Principales".

Carne de Dios

Homero Aridjis

Alfaguara

México, 2015