Monterrey en carne viva

[A fuego lento]
La portada de "El asesinato de Paulina Lee" de Hugo Valdés
La portada de "El asesinato de Paulina Lee" de Hugo Valdés (Tusquets)

Mal haría el lector en creer que tiene entre manos un thriller policiaco. Es cierto, la trama cobra impulso a partir del asesinato de una adolescente china —su cuerpo consignó sesenta puñaladas— y toma aún más fuerza luego de que la policía descree de la confesión del presunto asesino, un joven feo y pobretón que a cada interrogatorio siembra cada vez más mentiras y dudas. Es cierto también que desfila una corte variopinta de abogados, agentes ministeriales e investigadores y que muy pronto testificamos los turbios modos empleados para torcer la ley. Y no se trata de un thriller porque Hugo Valdés tiene un propósito superior en mente: pintar un fresco de Monterrey a fines de la década de 1930, con las herramientas y el oficio de un arqueólogo.

Mientras va tomando consistencia la sospecha de que Paulina Lee fue víctima de una venganza entre miembros de la comunidad china, Valdés dibuja un mapa en carne viva de la ciudad. No parece movido por la nostalgia sino por el deseo de sentir el pulso de una sociedad enferma de xenofobia y a la vez transformada en modelo de progreso económico. El dinero corre hacia los más audaces pero los crímenes de odio son un espectáculo que compite con el cine, y esos crímenes parecen más atroces cuando se cometen contra los comerciantes prósperos de la comunidad china. Monterrey se impone así como escenario privilegiado de la nota roja que ofrece además grandes oportunidades para el paludismo, las inundaciones, la proliferación de limosneros y prostitutas.

La ciudad se desvela ante nosotros a través de las acciones de casi una docena de personajes, de manera que se presenta múltiple y nunca igual a sí misma. Lleva consigo la frustración de Cesáreo Hernández —el presunto asesino—, el indómito despertar sexual de Paulina Lee, el encono racial de un reportero de pocas luces, la rabia del abogado defensor, la desgana de una hermana condenada a un matrimonio por conveniencia, las ambiciones religiosas de una taumaturga caída en desgracia… Hay un Monterrey que se ahoga en su propio vómito y otro que hace lo impensable para disfrutar de un cielo espléndido, y hay infinidad de puntos ciegos que solo alcanzamos a imaginar.

Si un reproche merece El asesinato de Paulina Lee (Tusquets, México, 2016) es el estilo que por momentos suena proveniente de un expediente judicial. Leemos “Cesáreo había admitido ser el asesino de Paulina Lee alegando como motivación que le disgustó que la cortejaran otros jóvenes” y nos armamos estoicamente de paciencia. Es un reproche menor, sobre todo cuando terminamos por reconocer el mérito mayúsculo de Hugo Valdés: a la tentación de asumir la postura del anticuario antepuso la desmesura del novelista.