Resurrecciones dadaístas

Desde Suiza, presentamos una crónica de las metamorfosis que ha experimentado el sitio que albergó al Cabaret Voltaire en cien años de existencia.
Cabaret Voltaire.
Cabaret Voltaire.

Zúrich

El lugar es una locura. Es 1916 y Europa está en guerra. Sobre el escenario de este local de Zúrich, una máscara africana parece observar atenta lo que aquí acontece deprisa, sin razón. Delante de ella —y de mí, que observo la imagen—, en un breve escenario de madera, tres hombres recitan poesía mientras otro se contorsiona; una mujer escribe y una pareja baila arrítmica siguiendo las notas del piano que un caballero largo y pálido como una tiza toca a un costado del escenario.

La Primera Guerra Mundial hace sangrar a Europa por todos los frentes. Sin embargo, desde principios de febrero la trastienda de la taberna Holländische Meierei, que fue bautizada recientemente como el Cabaret Voltaire, es el refugio de un grupo de excéntricos jóvenes intelectuales refugiados en la neutral Suiza. En este sitio, el grupo niega y se mofa del establishment de la política y el arte.

Cien años más tarde, en una mesa del mismo Cabaret Voltaire, imagino cómo la audiencia mira boquiabierta en el escenario las acciones del espectáculo.

Al centro, una pareja se esfuerza por seguir las líneas incongruentes recitadas por Hans Arp, Richard Huelsenbeck y Marcel Janco. A su lado, un grupo parece más divertido con los movimientos vehementes de Tristan Tzara. Allá, en una esquina del escenario, el baile de Emmy Hennings con Friedrich Glauser, acompañado por las notas de Hugo Ball al piano, no despierta más que desinterés. Por su parte, Sophie Taeuber–Arp se pierde en la redacción de un texto en una máquina de escribir invisible. Aquí nada parece tener sentido.

De un brinco, un hombre se levanta de su asiento. Parece molesto e indignado por lo ilógico que resulta el espectáculo presentado en este local que ha cobrado fama en las últimas semanas por su contenido espontáneo, incoherente y sugestivo. Parece indignado, frustrado porque la ilógica rutina le ha hecho perder el tiempo. Sin esperar a ver o escuchar más, toma su abrigo y se encamina a la salida.

Ninguno de quienes aquí bailan, recitan, cantan, tocan o se contorsionan se inmuta por la partida del caballero. Parecen estar en trance, poseídos por una fuerza superior que los manipula y los lleva al exceso. Estos siete artistas han huido del horror de la guerra, que consideran más loca y brutal que estas acciones nocturnas que han llevado a cabo en este lugar desde el 5 de febrero de 1916, cuando el Cabaret Voltaire fue inaugurado.

Apenas hace unos días, el poeta alemán Hugo Ball publicó en un periódico las siguientes líneas: “El Cabaret Voltaire. Un grupo de jóvenes artistas y escritores han fundado un espacio bajo este nombre con el objetivo de convertirlo en un centro de entretenimiento artístico. En principio, el cabaret será dirigido por artistas e invitados permanentes, quienes siguiendo reuniones diarias ofrecerán espectáculos musicales o literarios. Jóvenes artistas de Zúrich, de todas las tendencias, son invitados a acompañarnos con propuestas”.

Es el momento en el que el viejo continente se ha convertido en un camposanto. Pero también es el tiempo en que Vasily Kandinsky, el filósofo y teórico del arte, se pregunta sobre la espiritualidad del arte, cuando el psicoanálisis suma cada vez más adeptos y Lenin, curiosamente muy cerca del Voltaire (de hecho, a unas cuantas casas), trabaja por la revolución rusa.

“Suiza se convirtió en un paraíso para los intelectuales, científicos, poetas y artistas de todos los países beligerantes”, escribió el poeta franco–alemán Hans Arp años más tarde. “En ese edén cantábamos, pintábamos, hacíamos collages, poesía y bailábamos en busca de un arte elemental, en busca de un nuevo orden que curara al género humano de la locura de nuestra era y así lograr un balance entre el cielo y el infierno”.

Un año atrás, en 1915, justo cuando la guerra se encontraba en su momento más cruento, Ball llegó aquí huyendo de Alemania. Se cuenta que el dueño del Meierei, un tal Jan Ephraïm, confió en el poeta alemán para atraer más clientes luego de que en una urgencia por rescatar la taberna aceptara que Ball y un grupo de amigos intelectuales utilizaran la parte trasera del local, ubicado en el número 1 de la calle Spiegelgasse, para llevar a cabo sus soirées.

Al inaugurar el Cabaret Voltaire, inspirado en la tradición parisina del cabaret (nacida en el famoso Chat Noir en 1881), Ball estaba lejos de pensar que este lugar se convertiría en un hito del arte mundial y que cien años después sería recordado como el lugar donde nació el dadaísmo, la corriente cultural y artística que negaba el arte, que buscaba, incluso, su destrucción, y que resultaría el primer movimiento revolucionario de los tiempos modernos.

Estoy en Zúrich, sentado en el Cabaret Voltaire frente a una rara reproducción del cuadro homónimo de Marcel Janco, que hoy solo sobrevive en reproducciones fotográficas. Gracias a esta obra, la única que muestra cómo fueron las alocadas noches de febrero a abril de 1916, he logrado imaginar a Ball, Tzara y compañía en este local que se ha convertido en un centro cultural y que este año ha decidido celebrar el centenario del nacimiento del movimiento que dio pie a otras expresiones como el surrealismo.

Horas antes de mi visita al Voltaire, pude reunirme con Mark Divo, un excéntrico artista nacido en Suiza, de padre luxemburgués y madre inglesa, que encabeza un movimiento para recuperar la esencia del pensamiento dadá en nuestros tiempos.

Luego de un fortuito encuentro en Praga, donde normalmente reside, este hombre provocativo de 50 años, de lentes negros de pasta y vientre abultado, accedió a llevarme a recorrer los rincones que los dadaístas frecuentaban en Zúrich, y explicarme cómo es que él y un grupo de artistas calificados por la prensa y la Wikipedia como “neo–dadaístas” lograron rescatar hace catorce años, también por unos meses, el espíritu del Cabaret Voltaire antes de convertirse en una institución a cargo del gobierno suizo, algo que él mismo califica de “aburrido”.

Tras de dejar el departamento de una amiga con quien se alojaba, caminamos por las calles hasta el casco viejo de Zúrich. Es invierno y los techos de las mansiones de esta suntuosa ciudad están cubiertos de nieve, un escenario muy parecido a lo que pudieron haber vivido los artistas aquí refugiados hace cien años.

Al atravesar la Bahnhofstrasse, la avenida más cara de la ciudad —hay quienes dicen que del mundo por el número de tiendas, joyerías y boutiques exclusivas—, Mark me dice que Zúrich no ha cambiado mucho desde entonces. “Esta es una jaula de oro que se mantuvo rodeada por hambrientos leones durante la guerra”.

“Aunque este país siempre se ha declarado abierto, esto no fue totalmente cierto —asegura—. En la Primera Guerra Mundial fueron los suizos quienes impusieron a quienes llegaban como refugiados un sello para saber quiénes sí y quiénes no eran judíos. A Suiza siempre le han gustado los inmigrantes con dinero, eso se sabe”. Mientras atravesamos el puente que lleva al casco viejo de Zúrich y se muestra una parte del Zürisee, el lago en cuya orilla se ubica la ciudad, Divo sostiene que Suiza fue la primera elección para emigrar para quienes escapaban de la guerra: “Tuvo que ver con la ubicación del país y el idioma (el alemán) que le permitió a mucha gente venir y establecerse aquí”.

Si bien muchos de los lugares que frecuentaban Arp, Huelsenbeck, Janco, Hennings, Glauser, Ball y Tzara han desaparecido, algunos rincones aún se conservan de alguna manera. Existen algunas casas que han sido marcadas como el lugar donde vivió alguno de ellos; incluso la casa que habitó Lenin en la Spiegelgasse cuenta hoy con una placa. Otro sitio emblemático es el Gran Café Odeon. Cuentan los dueños que en este espacio de candelabros impresionantes, paredes de mármol y una barra de caoba reluciente estilo art nouveau que abrió sus puertas en 1911 se daban cita los artistas fundadores del dadaísmo. En el transcurso del siglo XX, por este café, que hoy ocupa la mitad del local que fue transformado en una farmacia, pasaron además Albert Einstein, Benito Mussolini, Karl Kraus, James Joyce.

Al llegar al Odeon ya nos esperaba Esther Eppstein, una artista que conoce a la perfección la escena local y la historia de lo que ocurrió hace un siglo con el movimiento Dadá, palabra que se utilizó por primera vez en abril de 1916 y que Hugo Ball tomó de un diccionario francés por ser la más extraña halló y que significa caballito de juguete. “Hay que entender que no todos los artistas refugiados tuvieron una idea contraria a la guerra. Muchos llegaron aún apoyando los nacionalismos. Sin embargo, con el paso del tiempo y de ver cómo el continente se caía a pedazos, se dieron cuenta de que estaban viviendo en un caos total y que era necesario destruir para construir algo nuevo”, sostiene Eppstein.

“Al llegar a Suiza, los dadaístas se vieron viviendo en una sociedad muy aburrida —agrega Divo—. Es por eso que realizaron esas acciones incoherentes en el Cabaret Voltaire y lograron, en un lapso muy breve, convocar a un buen número de personas que se mostraron interesadas por lo que pasaba en el lugar”.

Al caminar por las calles medievales del centro de Zúrich, Mark me cuenta que en junio de 1916 los dadaístas alcanzaron su clímax cuando Hugo Ball se vistió como obispo con una túnica cubista para, un mes más tarde, lanzar el primer manifiesto dadaísta.

Las intervenciones absurdas continuaron en Zúrich hasta el punto de llevar a cabo una soirée en la Saal zur Kaufleuten a la que asistieron más de mil 500 personas en abril de 1919, una popularidad que los mismos fundadores no buscaban. Sin embargo, me dice Divo antes de llegar al Voltaire, ese mismo año Hugo Ball decidió retirarse a vivir una vida religiosa privada de lujos. Con ello, el movimiento entraría en decadencia en esta ciudad.

Por décadas, el edificio que alojó la taberna Holländische Meierei continuó como un restaurante hasta que un día cerró sus puertas y el edificio quedó abandonado.

Mark Divo mira con nostalgia el Voltaire, que ahora dice que le pertenece a un banco. En el invierno de 2002, junto a un grupo de amigos artistas okuparon el edificio que se encontraba completamente abandonado.

Igual que los antiguos artistas que le dieron vida hace cien años, Divo y el grupo, que incluía a Ajana Calugar, otra artista con quien me encontraría esa tarde en su departamento y me contaría un buen número de anécdotas al calor de una sopa, tomaron el espacio para llevar a cabo acciones absurdas en colectivo. Por espacio de tres meses, el grupo revivió el Cabaret Voltaire al punto de que en el espacio parecían bailar, cantar, recitar y contorsionarse los espíritus del grupo dadaísta fundacional, tal como lo hizo en aquellas noches de locura hace cien años.