El escritor Michel Tournier murió a los 91 años

Presentamos una semblanza del autor de 'Viernes o los limbos del pacífico', 'Los meteoros' y 'El urogallo', entre otras obras esenciales de la literatura francesa contemporánea, fallecido el 18 de ...
El escritor francés Michel Tournier.
El escritor francés Michel Tournier.

No pensaba gran cosa de la vejez, se quejaba de aburrirse, y de ya no poder hacer recorridos con aquellos que iban a visitarlo a su refugio en el valle de Chevreuse, en la casa parroquial de Choisel, donde se había instalado desde hace medio siglo. Michel Tournier, que había llegado de manera tardía a la escritura —tenía 42 años cuando se publicó su primera novela—, había dejado de publicar ficción desde mediados de la década de 1990. Dejó detrás de sí una aclamada obra, desde sus comienzos, por su importancia y por su capacidad de mezclar los mitos con la historia, lo prosaico con lo trascendente, pero fue poco importante en términos de cantidad, en relación con su longevidad —nueve novelas para niños y adultos, un puñado de antologías de cuentos y nouvelles, algunos ensayos; en la primavera de 2015, Gallimard publicaba Lettres parlées à son ami allemand Hellmut Waller, 1967–1998. Mencionado constantemente para el Premio Nobel de Literatura, Michel Tournier murió el 18 de enero en su casa, en Choisel, departamento de Yvelines, rodeado de sus allegados, precisó su ahijado, Laurent Feliculis, a quien el escritor consideraba su hijo adoptivo. Tenía 91 años.    

Michel Tournier, que nació el 19 de diciembre de 1924 en el seno de una familia de germanistas —su padre abandonó la enseñanza del alemán para dedicarse al comercio—, se consagra a la filosofía, que estudia luego de la Segunda Guerra Mundial en la Universidad de Tübingen. Cuando regresa a Francia después de haberse graduado, este admirador de Kant, de cuya obra íntegra en alemán procurará toda su vida ser uno de los raros propietarios, y de Jean–Paul Sartre, su “padre espiritual”, renuncia a sus proyectos luego de haber sido arrastrado a la anexión en dos ocasiones. A menudo repetirá que él no habría sido escritor si no hubiese sido sometido a esa prueba. 


Fascinación por los mitos

Amigo de Gilles Deleuze, Roger Nimier y Pierre Boulez, comienza a trabajar para la Radio–difussion (televisión francesa), después para Europe 1, antes de ingresar como lector y traductor literario del alemán (particularmente de Erich Maria Remarque) en la editorial Plon. A comienzos de la década de 1960, este apasionado de la fotografía presenta el programa de televisión Chambre noir. En 1970 será partícipe del nacimiento de los Encuentros de Arles, primer festival mundial consagrado a este arte.

Entre tanto, hace una entrada memorable en la escena literaria con la aparición, en Gallimard (que publicará lo esencial de su obra), de Viernes o los limbos del Pacífico (1967), la primera novela de su producción que estimó digna de ser presentada a un editor. El éxito, del público y de la crítica, por esa relectura rousseauniana del mito de Robinson, es tan contundente que gana el Gran Premio de Literatura de la Academia Francesa. En 1971 reescribe esta novela para los niños con el título de Viernes o la vida salvaje. Estudiado en las escuelas, con millones de ejemplares vendidos, seguirá siendo la “veta” y el “libro fetiche”, como lo llamaba él.   

Tres años después de Viernes aparece El rey de los alisos, que le vale el Premio Goncourt, otorgado por unanimidad. Esta novela debe su título a un célebre poema de Goethe y cuenta la historia de Abel Tiffauges, francés puesto en prisión en Alemania luego de la Guerra de Broma, que, después de haber cruzado Göring, terminará por convertirse en “El ogro de la fortaleza de Kaltenborn” que recluta a la fuerza a niños condenados a morir en la defensa de esta fortificación durante la invasión soviética. Si bien muestra el gran conocimiento que Tournier tenía de la civilización germánica, despliega toda la maestría de su escritura al conjugar realismo y magia, o más bien una forma de lo sobrenatural: su gran modelo literario que fueron los Tres cuentos de Flaubert. Con esta segunda novela, Tournier señala también el lugar preponderante que tendrá la exploración de figuras célebres y de personajes legendarios en su obra. Ante el ogro de Kaltenborn en 1978, responderá con el hippie de Le Coq de Bruyère (recopilación de nouvelles).

En 1975, Los meteoros remata su fascinación por los mitos: aquí explora el de Cástor y Pólux mediante personajes gemelos. El lugar que tienen las palabrotas de uso popular dan testimonio del interés de Tournier por eso que él llamaba una “estética de lo maravilloso sórdido” —sabedor de que no desdeñaba ni una pizca de escatología, siempre y cuando se mezclara con filosofía, como fue el caso en Viernes y El rey de los alisos.  


Pilar de la vida literaria

Estas tres primeras novelas seguirán siendo, desde la perspectiva general, las grandes obras de Michel Tournier. Se ha convertido en un personaje imprescindible de la vida literaria, a pesar de su vida, retirado en Choisel, para evitar la mayoría de las tentaciones. Desde 1973, forma parte del jurado del Premio Goncourt. Sus libros continúan siendo recibidos como verdaderos acontecimientos, del mismo modo que las nouvelles de Le Coq de Bruyère (1978) o su cuarta novela, Gaspar, Melchor y Baltazar (1980), sobre los reyes magos, en la que muestra el rostro moderno de un místico, y que Gilles y Juana (1983), en la que se vale de los personajes de la Pucelle y de Gilles de Rais, su mariscal convertido en ogro. En 1985, La gota de oro le permite evocar su pasión por la fotografía a través del recorrido de un joven berebere (y de una foto tomada por una turista que lo ha despojado de su imagen) que parte en busca de esta mujer, lo que lo hará experimentar el racismo en Francia.   

Entre 1980 y 1990, Michel Tournier es una referencia tan importante de la literatura francesa que François Mitterrand, en cuatro ocasiones, va a visitarlo a su abadía en el transcurso de sus dos mandatos. Instalado en Choisel, pero poco montado sobre el mito del escritor aislado en su torre de marfil, manifiesta su opinión en los medios de comunicación, franceses y extranjeros, sin dudar en embestir con palabras provocadoras o chocantes. En 1989, este soltero entusiasta declara a la revista estadunidense Newsweek: “Los que abortan son los hijos y los nietos de los monstruos de Auschwitz. Desearía volver a establecer la pena de muerte para esas personas”. Justifica más tarde sus palabras, que no niega, dada la repugnancia “visceral” que siente por la interrupción voluntaria del embarazo. En 1996, afirma que la ley Gayssot, que califica de delito cuestionar la existencia de crímenes de lesa humanidad, transforma “un hecho histórico en un principio de fe en el que la negación se convierte en blasfemia” —su frase establece un paralelo entre la Shoah y el dogma de la Inmaculada Concepción.   

Sus compañeros de la Academia Goncourt lo defienden todo el tiempo, pues es un pilar de la vida literaria. Sus libros, nouvelles, novelas y ensayos son publicados y traducidos en todo el mundo, mientras que él, orgulloso de haberse convertido en un “autor escolar”, pasa una gran parte de su tiempo en las escuelas, explicando su obra y transmitiendo el placer de la lectura a los niños. Sin embargo, cada vez escribe menos.

En 2009 decide abandonar la Academia Goncourt debido a su edad, por la fatiga y su falta de apetito —necesario para las deliberativas comidas en Drouant—. En estos últimos años, apareciendo todo el tiempo coronado por una pequeña boina de lana, este viejo enamorado de los viajes (particularmente a la África subsahariana y a Canadá) se dirá, hasta el final, satisfecho de la existencia que ha llevado.

En 2002, el amante de la vrai roman, alérgico a la evocación de lo íntimo, publica en Journal extime: “Una idea para el paraíso: después de mi muerte, me encuentro frente a un panorama en el que toda mi vida se despliega hasta en el más insignificante de sus episodios. Soy libre de regresar a ese o a aquel y de volver a vivirlo […]. Recordando escenas de mi vida a las que no les brindé la atención que merecían, soy devorado por la nostalgia y el arrepentimiento”.     


Traducción: Roberto Rueda Monreal

©Le Monde













Presentamos una semblanza del autor de Viernes o los limbos del pacífico, Los meteoros, El rey de los alisos, El urogallo y Medianoche de amor, entre otras obras esenciales de la literatura francesa contemporánea, fallecido el pasado 18 de enero


El escritor Michel Tournier murió a los 91 años

Raphaëlle Leyris

Memoria

 

No pensaba gran cosa de la vejez, se quejaba de aburrirse, y de ya no poder hacer recorridos con aquellos que iban a visitarlo a su refugio en el valle de Chevreuse, en la casa parroquial de Choisel, donde se había instalado desde hace medio siglo. Michel Tournier, que había llegado de manera tardía a la escritura —tenía 42 años cuando se publicó su primera novela—, había dejado de publicar ficción desde mediados de la década de 1990. Dejó detrás de sí una aclamada obra, desde sus comienzos, por su importancia y por su capacidad de mezclar los mitos con la historia, lo prosaico con lo trascendente, pero fue poco importante en términos de cantidad, en relación con su longevidad —nueve novelas para niños y adultos, un puñado de antologías de cuentos y nouvelles, algunos ensayos; en la primavera de 2015, Gallimard publicaba Lettres parlées à son ami allemand Hellmut Waller, 1967–1998. Mencionado constantemente para el Premio Nobel de Literatura, Michel Tournier murió el 18 de enero en su casa, en Choisel, departamento de Yvelines, rodeado de sus allegados, precisó su ahijado, Laurent Feliculis, a quien el escritor consideraba su hijo adoptivo. Tenía 91 años.    

Michel Tournier, que nació el 19 de diciembre de 1924 en el seno de una familia de germanistas —su padre abandonó la enseñanza del alemán para dedicarse al comercio—, se consagra a la filosofía, que estudia luego de la Segunda Guerra Mundial en la Universidad de Tübingen. Cuando regresa a Francia después de haberse graduado, este admirador de Kant, de cuya obra íntegra en alemán procurará toda su vida ser uno de los raros propietarios, y de Jean–Paul Sartre, su “padre espiritual”, renuncia a sus proyectos luego de haber sido arrastrado a la anexión en dos ocasiones. A menudo repetirá que él no habría sido escritor si no hubiese sido sometido a esa prueba. 


Fascinación por los mitos

Amigo de Gilles Deleuze, Roger Nimier y Pierre Boulez, comienza a trabajar para la Radio–difussion (televisión francesa), después para Europe 1, antes de ingresar como lector y traductor literario del alemán (particularmente de Erich Maria Remarque) en la editorial Plon. A comienzos de la década de 1960, este apasionado de la fotografía presenta el programa de televisión Chambre noir. En 1970 será partícipe del nacimiento de los Encuentros de Arles, primer festival mundial consagrado a este arte.

Entre tanto, hace una entrada memorable en la escena literaria con la aparición, en Gallimard (que publicará lo esencial de su obra), de Viernes o los limbos del Pacífico (1967), la primera novela de su producción que estimó digna de ser presentada a un editor. El éxito, del público y de la crítica, por esa relectura rousseauniana del mito de Robinson, es tan contundente que gana el Gran Premio de Literatura de la Academia Francesa. En 1971 reescribe esta novela para los niños con el título de Viernes o la vida salvaje. Estudiado en las escuelas, con millones de ejemplares vendidos, seguirá siendo la “veta” y el “libro fetiche”, como lo llamaba él.   

Tres años después de Viernes aparece El rey de los alisos, que le vale el Premio Goncourt, otorgado por unanimidad. Esta novela debe su título a un célebre poema de Goethe y cuenta la historia de Abel Tiffauges, francés puesto en prisión en Alemania luego de la Guerra de Broma, que, después de haber cruzado Göring, terminará por convertirse en “El ogro de la fortaleza de Kaltenborn” que recluta a la fuerza a niños condenados a morir en la defensa de esta fortificación durante la invasión soviética. Si bien muestra el gran conocimiento que Tournier tenía de la civilización germánica, despliega toda la maestría de su escritura al conjugar realismo y magia, o más bien una forma de lo sobrenatural: su gran modelo literario que fueron los Tres cuentos de Flaubert. Con esta segunda novela, Tournier señala también el lugar preponderante que tendrá la exploración de figuras célebres y de personajes legendarios en su obra. Ante el ogro de Kaltenborn en 1978, responderá con el hippie de Le Coq de Bruyère (recopilación de nouvelles).

En 1975, Los meteoros remata su fascinación por los mitos: aquí explora el de Cástor y Pólux mediante personajes gemelos. El lugar que tienen las palabrotas de uso popular dan testimonio del interés de Tournier por eso que él llamaba una “estética de lo maravilloso sórdido” —sabedor de que no desdeñaba ni una pizca de escatología, siempre y cuando se mezclara con filosofía, como fue el caso en Viernes y El rey de los alisos.  


Pilar de la vida literaria

Estas tres primeras novelas seguirán siendo, desde la perspectiva general, las grandes obras de Michel Tournier. Se ha convertido en un personaje imprescindible de la vida literaria, a pesar de su vida, retirado en Choisel, para evitar la mayoría de las tentaciones. Desde 1973, forma parte del jurado del Premio Goncourt. Sus libros continúan siendo recibidos como verdaderos acontecimientos, del mismo modo que las nouvelles de Le Coq de Bruyère (1978) o su cuarta novela, Gaspar, Melchor y Baltazar (1980), sobre los reyes magos, en la que muestra el rostro moderno de un místico, y que Gilles y Juana (1983), en la que se vale de los personajes de la Pucelle y de Gilles de Rais, su mariscal convertido en ogro. En 1985, La gota de oro le permite evocar su pasión por la fotografía a través del recorrido de un joven berebere (y de una foto tomada por una turista que lo ha despojado de su imagen) que parte en busca de esta mujer, lo que lo hará experimentar el racismo en Francia.   

Entre 1980 y 1990, Michel Tournier es una referencia tan importante de la literatura francesa que François Mitterrand, en cuatro ocasiones, va a visitarlo a su abadía en el transcurso de sus dos mandatos. Instalado en Choisel, pero poco montado sobre el mito del escritor aislado en su torre de marfil, manifiesta su opinión en los medios de comunicación, franceses y extranjeros, sin dudar en embestir con palabras provocadoras o chocantes. En 1989, este soltero entusiasta declara a la revista estadunidense Newsweek: “Los que abortan son los hijos y los nietos de los monstruos de Auschwitz. Desearía volver a establecer la pena de muerte para esas personas”. Justifica más tarde sus palabras, que no niega, dada la repugnancia “visceral” que siente por la interrupción voluntaria del embarazo. En 1996, afirma que la ley Gayssot, que califica de delito cuestionar la existencia de crímenes de lesa humanidad, transforma “un hecho histórico en un principio de fe en el que la negación se convierte en blasfemia” —su frase establece un paralelo entre la Shoah y el dogma de la Inmaculada Concepción.   

Sus compañeros de la Academia Goncourt lo defienden todo el tiempo, pues es un pilar de la vida literaria. Sus libros, nouvelles, novelas y ensayos son publicados y traducidos en todo el mundo, mientras que él, orgulloso de haberse convertido en un “autor escolar”, pasa una gran parte de su tiempo en las escuelas, explicando su obra y transmitiendo el placer de la lectura a los niños. Sin embargo, cada vez escribe menos.

En 2009 decide abandonar la Academia Goncourt debido a su edad, por la fatiga y su falta de apetito —necesario para las deliberativas comidas en Drouant—. En estos últimos años, apareciendo todo el tiempo coronado por una pequeña boina de lana, este viejo enamorado de los viajes (particularmente a la África subsahariana y a Canadá) se dirá, hasta el final, satisfecho de la existencia que ha llevado.

En 2002, el amante de la vrai roman, alérgico a la evocación de lo íntimo, publica en Journal extime: “Una idea para el paraíso: después de mi muerte, me encuentro frente a un panorama en el que toda mi vida se despliega hasta en el más insignificante de sus episodios. Soy libre de regresar a ese o a aquel y de volver a vivirlo […]. Recordando escenas de mi vida a las que no les brindé la atención que merecían, soy devorado por la nostalgia y el arrepentimiento”.     


Traducción: Roberto Rueda Monreal

©Le Monde