El racismo y la falsa medida del hombre

Desmetáfora
El racismo histórico de la antropología
El racismo histórico de la antropología

“Se caracterizan por piel negra, pelo negro lanoso, ojos grandes y prominentes, nariz ancha y plana, anchos de espesor los labios y la boca ancha, cabeza larga y estrecha, frente baja, pómulos prominentes y mandíbulas salientes… Los negros tienen poca habilidad para inventar, pero gran capacidad de imitación, de modo que adquieren fácilmente artes mecánicas. Tienen un gran talento para la música, y todos sus sentidos externos son muy agudos.

“La raza americana se caracteriza por una tez morena, pelo largo, negro, lacio, y barba deficiente… Los indios americanos se oponen al cultivo y son lentos en la adquisición de conocimientos; vengativos, inquietos y amantes de la guerra… Devoran los más repugnantes alimentos sin cocinar y limpiar, y parece que no tienen idea más allá del momento presente.... Sus facultades mentales, desde la infancia hasta la vejez, presentan una infancia continua.... Son contrarios a las restricciones de la educación, y, en su mayor parte, son incapaces de un continuo proceso de razonamiento sobre temas abstractos.

“La raza caucásica se caracteriza por una piel naturalmente hermosa, susceptible de todos los matices. Cabello fino, largo y rizado, y de varios colores… Cara pequeña en proporción a la cabeza, de forma oval, con características bien proporcionadas.... Esta raza se distingue por la facilidad con la que alcanza las más altas dotes intelectuales.... La fertilidad espontánea del caucásico ha hecho multiplicar a muchas naciones, y la ampliación de sus migraciones en todas las direcciones ha poblado las mejores partes de la tierra y dio a luz a sus más bellos habitantes”.

Esto escribía el estadunidense Samuel George Morton (1799–1851), fundador norteamericano de la etnografía, impulsor del poligenismo y considerado en su tiempo como el más grande de los científicos objetivos en un área del conocimiento controversial como lo era la antropología. Su fama se debe al trabajo que realizó con cráneos, los cuales medía para determinar su volumen (equivalente óseo del tamaño del cerebro). Al igual que otros científicos de su época, Morton consideraba que el tamaño del cráneo era la mejor medida de la inteligencia. Proporcionó datos duros y, al resumir sus mediciones, mostró una jerarquía en la que los blancos aparecían en primer lugar, seguidos por los indios americanos y, finalmente, los negros. Su escala con fundamento en las mediciones dio base científica al racismo, que hasta ese momento era especulativo, y justificó el esclavismo.

Más de un siglo después, Stephen Jay Gould (1941–2002) publicó en la prestigiosa revista Science (1978) un artículo que debatía los resultados y los métodos de Morton. Posteriormente, en La falsa medida del hombre, Gould revisaría el afán humano por determinar la inteligencia de las personas con pruebas  psicológicas, craneometría, estudios anatómicos del cerebro y con el socorrido IQ de nuestros días.

La crítica de Gould a la manipulación de datos que condujo a Morton al diagnóstico de las capacidades e incapacidades de las razas humanas se convirtió en un icono del manejo tendencioso de la información. Su libro era una lectura obligada para los estudiantes involucrados en el análisis de datos y significó el descrédito de Morton, en tanto mostraba que éste había manipulado los datos, cometido errores de análisis y falseado algunas de las medidas de su amplia colección de cráneos. “Morton no hizo distinción de cráneos por sexo”, aseguraba Gould, lo cual era importante porque la estatura cuenta mucho en todas las estructuras óseas. Asimismo, Gould denunciaba que, en el caso de los caucásicos, Morton había retirado cráneos que hubieran bajado el valor de la media y mezcló cráneos de Sudamérica con otros de indígenas norteamericanos para conservar la jerarquía que probablemente tenía en mente con antelación.

Treinta años después de la publicación del libro, un equipo de especialistas revisó el trabajo de ambos: Samuel Morton y Stephen Jay Gould. Concluyó que efectivamente hubo un sesgo en el análisis de los datos pero que éste no fue de Morton para apoyar sus prejuicios racistas sino de Gould para defender su integracionismo. Quien manipuló los datos no fue el científico racista, sino el antirracista.

Estudios recientes indican que la variación de la capacidad craneana en las poblaciones humanas depende fuertemente del clima. Los grupos nativos de América ocuparon todo el continente y, no obstante, muestran una gran variación en la capacidad craneana. Las mediciones parecen revelar una dependencia de esta última con la latitud.

Esta observación animó al grupo de revisores que en 2011 publicó un trabajo que restaura el prestigio de Morton como un científico honesto. Que haya reportado que el cráneo de los amerindios del norte es mayor al de los mexicanos y éste mayor al de los peruanos parece devolverle crédito ahora que se ha confirmado esta variación.

Sin embargo, hay que cuestionar esta conclusión. La observación no es suficiente para eliminar la  parcialidad de Morton. Los esquimales tienen cráneos mayores que todos los demás grupos. El haber observado y medido, como lo hizo Morton, una escala descendente por tamaño de cráneo (esquimales, tribus del norte, mexicanos y peruanos) sin haberla considerado como la indicación de dependencia con otra variable —que resultaría ser temperatura— significa ver solo aquello que se quiere ver. En este caso, que los caucásicos son más inteligentes que todos los demás.

La revisión de 2011 considera que la acusación de Gould respecto al género de los cráneos medidos era infundada, ya que Morton no podía saber cuál era el sexo de sus muestras y si había más cráneos de mujeres en una que en otras. Independientemente de esto, resulta claro para todos, y para Morton también, que el tamaño del cráneo depende de la estatura y que, por tanto, el no contar con la información del sexo de sus cráneos introducía un error enorme a los valores medidos porque las mujeres tienen un cráneo menor que los hombres. La dispersión habría sido tan grande, que hubiera acabado con la escala que obtuvo y que reportó como evidencia racista.

Quizá los revisores quisieron reivindicar a Morton porque midió lo que con el tiempo quedaría firmemente establecido: la dependencia del tamaño del cráneo con la temperatura. Morton fue el primero en medirlo, pero no fue capaz de observarlo. El ver una escala racista donde había una escala de temperaturas respondía a una expectativa del siglo XIX, y Morton no pudo escapar a ella.

Gould quizá no vio que las diferencias de capacidad craneana podrían tener una razón de ser: la temperatura. No aceptó que Morton encontrara  una diferencia en el tamaño de los cráneos y buscó la manera de eliminar la diferencia reportada. Este detalle dio pie a los revisores, que saben de las diferencias en capacidad craneana como función de la latitud.

Si Morton vio solo lo que quería ver y Gould sesgó los datos para justificar su integracionismo no es lo más relevante de la historia. El filósofo Eric Hoffer decía: “Normalmente solo vemos lo que queremos ver; tanto es así que a veces lo vemos donde no está”.

No podremos evitar a los científicos parciales pero sí podemos evitar el sesgo de los datos y al final no mediremos la grandeza de los hombres por su honestidad sino por la profundidad de su mirada.