Prosperidad de los mitos

El siguiente es un repaso de las obras más representativas del escritor francés Michel Tournier.
El escritor francés Michel Tournier.
El escritor francés Michel Tournier. (Catherine Gugelmann)

París

En su libro en torno a la fotografía, Llaves y cerraduras, Michel Tournier escribe, 37 años antes de su muerte, su propia necrología:


Nació en el centro de París e inmediatamente comprendió que se trataba de la ciudad más inhóspita del mundo, en particular con los jóvenes. Por lo que vivió toda su vida en el presbiterio de un pequeño pueblo del valle de Chevreuse, cuando no se encontraba viajando a través del mundo, con una predilección por Alemania y el Magreb. Sus cenizas se han depositado en su jardín, al interior de una tumba esculpida, que representa un personaje yacente cuyo rostro oculta un libro abierto y que llevan seis colegiales.


Y la hace acompañar de una enigmática fotografía que muestra una corona de flores, marchita, con la inscripción “Para Michel Tournier”. En este breve texto, figura también el epitafio que deseaba se grabara en su tumba, “Te adoré y me lo devolviste con creces. ¡Gracias, vida!”, y que, como nos lo dejan constatar sus últimas entrevistas, conservó en mente hasta el final.

Su vida desde el inicio estuvo marcada por el espectro de la muerte violenta, que su padre tenía marcada en el rostro, al haber sido mutilado durante la Gran Guerra, y que lo llevó a abandonar la lengua alemana de la que era especialista. Sería su madre quien lo educaría en un ambiente de germanística y le transmitiría su pasión por esa cultura. Así, el estudio del alemán le permitió ser un testigo privilegiado del ascenso del nazismo, gracias a sus numerosas estancias con su familia en Alemania a finales de la década de 1930 y, posteriormente, de la amplitud de la catástrofe alemana, cuando en 1946 se instala en Tubinga para realizar una parte de sus estudios de filosofía.

Pero en Tournier nada de esto se convirtió en rencor o rechazo hacia el otro, visto como un enemigo o una amenaza. Era fundamental comprender lo ocurrido y poder trascenderlo mediante el pensamiento y la ficción, que su concepción del relato hacía indisociables. De ahí surgen esos libros que desconciertan por el clasicismo de su forma —que Tournier siempre cultivó y reivindicó— y la novedad de su perspectiva, llena de “pequeñas herejías” que alientan al lector a cuestionar su manera de entender el mundo.

Más que literaria, su ambición fue ante todo filosófica, por lo que se mantuvo alejado de toda exploración narrativa que dominaba la escritura de sus contemporáneos. Su objetivo era hacer que el lector, sin que lo percibiera, se adentrara en la filosofía y, para ello, buscaba una lengua sencilla, nítida, y sin embargo capaz de significar lo complejo y equívoco de las narraciones tradicionales e históricas. Así, su primera novela —escrita a sus 42 años de edad—, Viernes o los limbos del Pacífico, consigue lo que a sus ojos es un éxito: poder ser leída por dos lectores “extremos”, el niño y el metafísico (en referencia al filósofo Gilles Deleuze que escribió el postfacio de la novela).

La filosofía le permitía acceder a la transformación de lo que aliena, de lo que envilece, a la que apuntan la mayoría de sus relatos y ensayos. De este deseo de sublimación nace también ese libro sorprendente y oscuro —para algunos, como Jean Améry o Italo Calvino, incluso ambiguo con respecto a la ideología nazi— que es El rey de los alisos. Tal vez era esa manera suya de leer a contrapelo la historia, creando asociaciones inesperadas, la que hizo tan memorable y, al mismo tiempo, tan polémica esta novela. En el personaje del ogro Abel Tiffauges, el escritor hace que coincidan la gran tradición de la poesía alemana (con el poema de Goethe que abre el libro) y la historia de ese santo que era tan importante para él, Cristóbal (Christophoros) y que, según su interpretación de la etimología, significa “quien llevaba a cuestas a Cristo”. Y es precisamente este llevar a cuestas al otro, incluso en detrimento de uno mismo, lo que permite al final de la novela la reconciliación de los opuestos, mediante la figura que forman el antiguo ogro al servicio de Goering y el niño judío que lleva en sus hombros. El marchar obstinado de Tiffauges en el agua pantanosa para salvarlo hace posible la transfiguración del niño en esa estrella que ilumina la historia.

Con la muerte de Michel Tournier muere tal vez el humanismo que representaba —el de Viernes y Tiffauges—, un humanismo que confiaba aún en la razón, contra la barbarie, y en la posibilidad de transformar al hombre y su entorno mediante una transmisión pedagógica, amorosa, de las ideas. De ahí su incansable trabajo en las escuelas y la reescritura constante de sus textos para sus jóvenes lectores. Pues su aspiración era escribir “libros tan buenos que pudieran ser leídos por los niños”. A la fealdad del mundo, al horror en que nos sumerge, e incluso ante el riesgo actual de la desintegración de Europa y sus valores, Tournier opuso el poder del cuento, cuya fuente es su origen oral y que le permitía transmitir ese sentido oculto y tan valioso que encierran los mitos: ese resto de oralidad que contiene la posibilidad de hacer renacer una comunidad entre los hombres y que acaso con Tournier tristemente ha desaparecido.