Prestuplenie i nakazanie

Toscanadas
Cuando Raskólnikov le confiesa su crimen a Sonia, ella lo considera el hombre más desgraciado del mundo.
Cuando Raskólnikov le confiesa su crimen a Sonia, ella lo considera el hombre más desgraciado del mundo. (Especial)

Cuando Raskólnikov le confiesa su crimen a Sonia, ella lo considera el hombre más desgraciado del mundo, y busca alguna justificante en la conciencia de ese desgraciado, pues le parece monstruoso que el alma cargue con tan grande peso. “¿Por qué?”, le pregunta, esperanzada en recibir una respuesta noble, pero Raskólnikov responde con la más vulgar de las respuestas: “Para robar”.

Sonia no se pone a maquinar justificantes ni modos de mantener el crimen en secreto; no adopta una pose de falsa dignidad ni regaña a nadie. Después de jurar a Raskólnikov que nunca lo abandonará, que lo seguirá al presidio, sabe que es hora del verdadero arrepentimiento, no de vanas solicitudes de perdón. “Ve inmediatamente a la próxima esquina, arrodíllate y besa la tierra que has mancillado. Después inclínate a derecha e izquierda, ante cada persona que pase”.

Raskólnikov no llega a arrepentirse, pues desde sus supremas ambiciones no alcanza a percibir la magnitud de su crimen, pero lleva por dentro una fuerza tan poderosa como poco común: la ética. Entonces escribe: “Me someto a la ética, pero no comprendo en modo alguno por qué es más glorioso bombardear una ciudad sitiada que asesinar a alguien a hachazos. El respeto a la ética es el primer signo de impotencia. Jamás he estado tan convencido de ello como ahora. No puedo comprender, y cada vez lo comprendo menos, cuál es mi crimen”.

A la sencilla mente de Sonia le había parecido pecaminoso el asesinato “para robar”, pero al menos podía comprenderlo; en cambio se declara incompetente para entender cuando Raskólnikov se extiende, y explica para qué quería ese dinero.

“¿Qué habría ocurrido si Napoleón se hubiese encontrado en mi lugar y no hubiera tenido, para tomar impulso en el principio de su carrera, ni Tolón, ni Egipto, ni el paso de los Alpes por el Mont Blanc, sino que, en vez de todas estas brillantes hazañas, solo hubiera dispuesto de una detestable y vieja usurera, a la que tendría que matar para robarle el dinero, en provecho de su carrera? ¿Se habría decidido a matarla no teniendo otra alternativa? ¿No se habría detenido al considerar lo poco que este acto tenía de heroico y lo mucho que ofrecía de criminal?”

Quizá Sonia lo hubiese entendido mejor si viviera en estos días. Sabría que jueces y gente se solidarizan con el criminal bajo que vuela alto; y en cambio juzga más duramente al criminal alto que vuela bajo. Muchas yardas ganadas o una medalla de oro pueden justificar el asesinato de una mujer, tal como los goles borran otros crímenes; pues en este mundo sin hombres grandes se ve grandeza en tan pequeños lucimientos.

Pero cuando hay escasez de yardas, goles y medallas, cuando no avanzan las reformas, se debe pedir perdón, arrodillarse y besar la tierra que se ha mancillado.

La distinta vara con que se mide al malhechor la esclarece el propio Raskólnikov desde Siberia: “Lo que ocurre es que estos hombres consiguieron llevar a cabo sus proyectos; llegaron hasta el fin de su camino y su éxito justificó sus actos. En cambio, yo no supe llevar a buen término mi plan... y, en verdad, esto demuestra que no tenía derecho a intentar ponerlo en práctica”.


*mrf