Pierre Drieu La Rochelle y una langosta

Los paisajes invisibles.
Escena de 'The Lobster', de Yorgos Lanthimos.
Escena de 'The Lobster', de Yorgos Lanthimos.

Quizá Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou tenían en mente al incómodo Pierre Drieu La Rochelle cuando escribieron el guión de The Lobster, pues quien fuera director de La Nouvelle Revue Française de 1940 a 1943, anotó en su libro Estado civil: “El amor consiste en buscar la soledad, en encerrarse en una prisión y tirar la llave por las rejas. Entonces la mujer, cogida en la trampa, simula con tiernos refinamientos ocuparse de uno y uno, por no morirse de aburrimiento, se preocupa de ella, pero hay hombres que han perecido sin haber visto otra cosa que dos espejitos, dos ojos donde se espiaban con una curiosidad eterna”.

Vayamos por partes: ambientada en un futuro truculento, The Lobster cuenta la historia de David (Colin Farrell), quien es trasladado a El hotel, especie de centro de readaptación para solteros, viudos o abandonados (él pertenece a la última categoría), porque la ley ordena que todos los ciudadanos deben vivir en pareja. Al ingreso, los procesados señalan el animal que quisieran ser por si fracasan, ya que cuentan con solo 45 días para conseguir compañero(a). Por ciertas razones, David elige a la langosta, vaya estupidez, pues de todas las especies que devoran los humanos, esos crustáceos, al igual que los cangrejos, tienen la muerte más horrible al perecer en agua hirviendo. La pregunta por la metamorfosis no es absurda: quienes fallan, se transforman en bestias y son cazados en el bosque.

Sin embargo, y luego de algunas peripecias que incluyen la venganza (su hermano no consiguió sobrevivir por lo que mata a la mujer que lo cazó), David logra escapar y enrolarse en una legión de solitarios errabundos que, contrario a las rígidas normas de esa sociedad, tienen prohibido enamorarse. Y es ahí, entonces, donde encuentra el amor de una mujer miope (Rachel Weisz).

Las referencias a la idea de La Rochelle se hallan en las “lecciones” que se aplican en El hotel: puestas en escena de tipos que mueren de un infarto como perros o por ahogarse con un bocado (una mujer es útil para aplicar la maniobra de Heimlich) o féminas que, sin marido, son víctimas de ataques sexuales en la calle. Entonces, ciertamente la mujer cogida en la trampa solo debe servir para simular con tiernos refinamientos ocuparse de uno y uno, para no morirse de aburrimiento, debe preocuparse de ella. La otra referencia es el personaje femenino de los ojos defectuosos, esos espejitos en los que se espía con curiosidad eterna.

La moraleja aterriza en dos claves: lo prohibido genera adeptos; la elocuente hipótesis de La Rochefoucauld: “Hay personas que nunca se hubiesen enamorado si no hubieran oído hablar del amor”.

La unión como deber y no como elección. La compañía por obligación y no por apetencia. El deseo, bueno, ni el deseo ni la reproducción son esenciales o imperativos para conformar una pareja pero valdría la pena acotarlos como gabela genital. La solidaridad surgida de la tragedia física vuelta fingimiento: por salvar el pellejo, un hombre aparenta que le sangra la nariz para emparejarse con una chica de hemorragias imparables.

Pero, aún, hay una alegoría más sospechosa. Si el amor también es un símbolo político, las retrógradas, tiránicas leyes de los dos bandos remiten al fascismo, y no olvidemos que Pierre Drieu La Rochelle fue partidario de la colaboración con el Tercer Reich durante la ocupación de Francia.

Tal vez Lanthimos y Filippou pensaron en el turbulento escritor y periodista al redactar el guión de The Lobster o tal vez no, posiblemente cavilaban en Schopenhauer, Kierkegaard o en nadie en absoluto, teorías sobre principios amatorios hay de sobra y para dejar en paz esta distopía de drama, romance y comedia, digamos únicamente que se conecta con una certeza de Roland Barthes: el amor es monológico y maniaco.