¿Para qué?

Toscanadas.
Matemáticas, números, pi

En 1940, Edward Kasner publicó un libro titulado Matemáticas y la imaginación. Continúa siendo un libro excelente para ver el mundo a través de los números, para despertar la creatividad y el interés en muchas áreas del conocimiento, no solo en matemáticas. En cierto capítulo habla de pi. Escribiendo en una época previa a las computadoras, dice: “Shanks, un matemático inglés, alcanzó un curioso tipo de inmortalidad al determinar pi hasta 707 cifras decimales. Incluso hoy se requerirían diez años de cálculos para expresar pi con mil decimales. Y sin embargo eso no sería una pérdida de tiempo si se compara con los miles de millones de horas que consumen millones de personas resolviendo crucigramas o jugando a las cartas o debatiendo sobre política”.

Por supuesto, Kasner también escribía antes de la televisión, o sus ejemplos no se habrían referido a los crucigramas y naipes, sino a las telenovelas y el futbol.

Y es que resulta que siempre que se dedica el tiempo a actividades intelectuales, proliferan los mentecatos que preguntan ¿para qué?

Haga usted la prueba. Llame a un grupo de amigos e invítelos a su casa para ver un partido de la selección nacional. Nadie le preguntará ¿para qué?

En otra ocasión vuélvalos a convocar. Dígales que se van a reunir para discutir sobre san Anselmo y su prueba ontológica de la existencia de Dios; o bien, dígales que van a analizar la solución que le dio Andrew Wiles al último teorema de Fermat; o que examinarán las raíces judeocristianas de la homofobia; o bien que debatirán si la evolución de las especies se debe exclusivamente a la selección natural; o que van a calcular el mínimo de movimientos para que un caballo pise todos los cuadros de un tablero de ajedrez; o que van a comparar dos traducciones del Otelo de Shakespeare al español. Todos le preguntarán ¿para qué?, y quizá ninguno asista a la cita.

La presunción de inocencia está con la mente en blanco. La actividad mental, en cambio, debe justificarse.

¿Por qué estás oyendo eso? Alguien me pregunta si en el radio está Anton Bruckner. Pero esa misma persona simplemente se pondría a cantar si se escuchara la última inframelodía de moda.

Constantemente debo explicar a la gente por qué no tengo televisión; pero la gente nunca me explica por qué no tienen bibliotecas en casa.

Tengo un amigo que fue golpeado el 25 de junio de 1978 en Buenos Aires. ¿La razón? Él iba saliendo de la Biblioteca Nacional con un montón de libros bajo el brazo en tanto la masa bonaerense celebraba que Argentina era campeona mundial de futbol. Ni siquiera le preguntaron ¿para qué? Ipso facto lo declararon culpable de tener aspiraciones para su cerebro.

En Lisboa, constantemente me piden que les cuente sobre el día en que conocí a Eusebio; hasta vinieron la prensa escrita y la de televisión a entrevistarme al respecto. Pero nadie me ha preguntado sobre el día en que conocí a Saramago. Y a pesar del aforismo griego sobre la máxima sabiduría, mucho menos hay gente interesada en el día en que me conocí a mí mismo.

Al final resultó que Shanks cometió un error, y sus 707 dígitos de pi fueron correctos solo hasta la posición 527. Además, con las computadoras de hoy, la cifra ya se ha calculado más allá de los trece billones de dígitos. Sin embargo, siempre preferiría beberme una cerveza con el inútil Shanks que con el útil Messi.