Panorama futurista (un sueño de 1913)

Vibraciones.  *Del 6 al 10 de octubre, y mediante ponencias, talleres y cuatro conciertos, el Festival Visiones Sonoras celebró en Morelia a artistas que trabajan con el sonido como materia prima
El compositor Rodrigo Sigal.
El compositor Rodrigo Sigal.

Ciudad de México

I

 ―¿Y cuál es, maestro, el sentido de su… experimento? ―pregunta Adriana. Sonrisa irónica. Trenzas. Cabello rojo. ¿19? Voz débil. Brazos dispares; el izquierdo delgado, el derecho musculoso. Estudia para tocar el contrabajo, instrumento que por costumbre histórica (hay quien aduce argumentos físicos) le corresponde al macho.

Hace poco, en Chapultepec, el compositor cubano Iván Abreu insertó una boquilla de flauta en una prótesis dental y adhirió el extraño instrumento a la corteza de un árbol. Lo dejó ahí, en el bosque, muy cerca del lago, cantando solo a merced del viento.

―Jugar, ¡imagínate qué divertido es inventar tus propios instrumentos!

―¿Y cree que eso es música? ―Adriana sube el volumen de su voz aguda. Se le escucha más decidida y segura. Quiere especializarse en música microtonal. Cree en la experimentación pero también en los instrumentos tradicionales. No está dispuesta a que un juguete la desplace.

―Pues yo le preguntaría a usted, señorita ―Abreu (ojos cansados, barba, lentes, 48 años) le devuelve la sonrisa irónica―, ¿qué es la música?

Y ahí, dentro de la duda, las horas de la tarde avanzan en Morelia.

 

II

Frío y viento. Carretera hacia Pátzcuaro. Nubes grises sobre la UNAM. Artistas sonoros (jóvenes estudiantes, viejas celebridades) beben café tendidos sobre jardines. Discuten. Ven los cerros. Arrancan pasto. Escuchan.

―¿Qué tipo de música haces?

Diego me mira. Lentes. Ojos color avellana. Posición de flor de loto con un libro sobre Pierre Schaeffer cerrado entre las piernas.

―Electroacústica pura y dura.  

Bach tenía una relación especial con su órgano y Paganini con su violín. Diego la tiene con su computadora. Nació en 1992. Para él, órganos, violines y pentagramas están tan muertos como Bach y Paganini. Graba petirrojos, sierras eléctricas o sus propios pedos. Manipula con su Mac cualquier parámetro de estos sonidos; los combina, sobrepone, interviene y ubica en un mapa con indicaciones espaciales (19 bocinas distribuidas en forma de estrella) y técnicas (el sonido “ᵹ uránico” debe salir a “X” decibelios por la bocina “Sur–este ὣ”).

―¿Qué es la música?

―Ruido al servicio de un cerebro humano ―Diego prende un cigarro.  Abre su libro sobre Schaeffer. Cae una gota, luego otra y otra―. ¡Puta madre!

 

III

Truena. El viento mece las hojas de los árboles. Pronto serán las 8. La lluvia arrecia.

―Para mí no existen Ponce ni Moncayo ni Chávez ni Revueltas…―dice Renata. Bufanda azul. Cabello corto. Treintona. Es la tercera de una fila que comienza a la entrada del teatro de Vinculación Académica y termina en el estacionamiento―. Hay otra historia de la música mexicana, la de los atrevidos, y son ellos a quienes respeto. 

―¿Quién la comienza?

―Jiménez Mabarak con El paraíso de los ahogados (obra para cinta sola escrita en 1960), la primera composición electroacústica mexicana ―Renata ojea el programa de mano. Cabello rizado. Falda hasta las rodillas. Botas altas. En el anular izquierdo lleva un anillo de plata―. Luego este arte sonoro tarda en avanzar; la empujan extranjeros como Nancarrow e incluso Jodorowsky, hasta ahora que con Ulises Carrión, Javier Álvarez, Mario de Vega, Luz María Sánchez, Guillermo Galindo o Manuel Rocha se ha consolidado. Hoy es tan poderosa que ya no hay algún anticuado Carlitos Chávez que la cape.

 

IV

―¿Qué esperas del concierto? 

Sonarán obras de Rodrigo Sigal, Eduardo Caballero, José Gallardo, Arcángel Constantini y Édgar Barroso. Cinco compositores mexicanos que utilizan tecnología con fines musicales: para convertir el sonido en materia, para inventar instrumentos nuevos o para guiar con sonidos los trazos de una poesía visual.

De noche. Cien metros de gente alineada comienza a entrar a un concierto sin músicos.  La visión encantaría a los futuristas, sobre todo a Luigi Russolo, quien soñó (el 11 de marzo de 1913) con un arte sonoro que conquistara la variedad infinita de los ruidos (“los ruidos que remiten brutalmente a la vida porque surgen de la vida misma […], escogiendo, coordinando y dominando los ruidos, enriqueceremos a los hombres con una nueva voluptuosidad insospechada”).

―Conocer sonidos que jamás haya escuchado. Digo, ya sé a qué suena un violín y por más

raro que pueda alguien tocarlo, un violín suena a un violín. El sonido de un violín es algo tan inútil para mi vida como una carroza para un taxista en una ciudad mexicana ―Santiago. Zapatos caros. Ojos que sonríen. Labios gruesos. ¿40? Se está quedando calvo―. A veces hago dos horas a mi trabajo entre motores y sirenas. El sonido de mi refrigerador descompuesto es lo que me despierta. Quiero música que nazca de sonidos con los que pueda identificarme y que sus combinaciones intriguen a mi oído, lo enfrenten con masas sonoras inéditas, que me sorprendan, y que al mismo tiempo sean metáforas de mi realidad.