Palabras infinitas

Toscanadas
Una de las razones por las que soy escritor es que el lenguaje siempre me ha maravillado.
Una de las razones por las que soy escritor es que el lenguaje siempre me ha maravillado.

Ciudad de México

Una de las razones por las que soy escritor es que el lenguaje siempre me ha maravillado. El que podamos articular conceptos, deseos, imágenes y demás en forma de palabras es un prodigio.

Se me pueden antojar unos tacos de lengua con mucha salsa roja; entonces echo a andar la más portentosa computadora jamás creada para decir "Se me antojan unos tacos de lengua con mucha salsa roja", de tal modo que no solo expreso mi deseo, sino que lo hago con las justas concordancias de número, género y demás accidentes gramaticales. Quizá nunca he leído, escuchado o pronunciado el verbo "encomiar" en pospretérito, pero en el momento en que se me ofrezca, puedo echar mano de ese "encomiaría".

Una frase en apariencia tan sencilla como "Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir le habría pedido que no fuera", incluye una variedad de perspectivas, tiempos, realidades, imaginaciones, potencias, sospechas, pruritos y deseos que parece un milagro articularla y otro milagro entenderla.

Me asombra la letra que da el sonido, la palabra que da el concepto, la frase que expresa la idea. ¿Cómo entonces no me iba a deslumbrar con la novela? ¿Y cómo no voy a admirar a esos autores que antes que construirlas con tramas interesantes, las tejen con un lenguaje pertinente, creativo y bello?

Felipe Montes dice que una novela es un polímero de palabras. Esto no significa meramente un agregado o una suma casi interminable, pues el polímero necesita una gramática química en la que todo puede estropearse si se coloca una letra o signo de puntuación fuera de lugar. Ahí está el ADN, que sabe castigar severamente los errores de ortografía.

Una novela, además, empuja la mente hacia el infinito si alguien se pone a computar las distintas maneras en que se puede construir. El famoso número gúgol es una pequeñez insignificante si se compara con la cantidad de decisiones que toma un novelista para que su novela sea lo que es. El cerebro de Cervantes tomó un gúgol de decisiones apenas para escribir "En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo". Un gúgol se alcanza con "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que".

Intenté hacer un cálculo de las posibilidades que implica escribir el Quijote o Cien años de soledad, pero mi computadora tronó; tampoco hallé una calculadora en línea que no me marcara error o diera como respuesta "infinity". Al final, me resultó más un ejercicio de lenguaje que matemático tratar de sumar las voces en los distintos diccionarios; con sus acepciones, declinaciones, modos verbales, formas con prefijos y sufijos, géneros, números y accidentes deja a cualquiera pasmado.

Si Blake habló de ver la infinidad en la palma de la mano, seguramente fue porque en sus manos tenía una novela.