Otra faceta del horror

[Opinión]
 Los muchachos de zinc (Debate, España, 2016),  Svetlana Alexiévich
Los muchachos de zinc (Debate, España, 2016), Svetlana Alexiévich

La polémica pertenece tanto a los tribunales como a la crítica literaria: ¿qué tanto de lo que escribe Svetlana Alexiévich es literatura y qué tanto periodismo? Es parte del mundo jurídico debido a que ha sido llevada a juicio por hacer uso de las anécdotas narradas por un puñado de combatientes rusos en la guerra de Afganistán. Ellos alzaron la voz pues se había lucrado con su experiencia, se había atentado contra su dignidad y se les había convertido en criminales. Al menos eso aseguraban. Es parte del mundo de lo literario porque no queda clara cuál es la línea que separa a la ficción del periodismo.

Esta misma polémica, en el campo de las letras, se despertó cuando le concedieron el Premio Nobel de Literatura en 2015. Nadie renegaba, por ejemplo, del poder evocador de su prosa, de esa capacidad tan quirúrgica de aislar las muestras del horror a partir del testimonio de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, de la tragedia de Chernóbil o, más recientemente, de la invasión rusa a Afganistán. Nadie lo niega. Sin embargo, sus detractores aseguran que su trabajo es más periodístico que literario. Para muestra, cualquiera de sus novelas: en ellas hace uso de los testimonios de los afectados. Construye una historia que se desarrolla de la voz de sus protagonistas. Si acaso, tiene la habilidad de quien sabe armar rompecabezas. Nada más falso.

Para muestra, Los muchachos de zinc (Debate, España, 2016). Decir que en ella se da cuenta de la guerra entre la Unión Soviética y Afganistán es pretender demasiado. De entrada, porque la novela no presenta una cronología llena de datos duros; tampoco se ocupa de ahondar en la geopolítica o en los movimientos estratégicos de las tropas. Por el contrario, de nuevo da voz a unos 70 participantes de la batalla; también a sus familias, a quienes aguardaron su regreso. Lo hace cambiando los nombres, protegiendo sus identidades. Salvo el propio, porque tuvo ocasión de visitar la zona de combate como periodista que era.

En ocasiones, bastan apenas un par de páginas para adentrarnos al horror de esta guerra. No solo porque la mayoría de quienes se alistaron para ir al frente lo hicieron mediante engaños. La idea de una nación superior a punto de salvar al mundo es un discurso que, tristemente, se ha repetido demasiado. El asunto es que llegaron ahí, cientos de miles de muchachos soviéticos. Llegaron solo para volverse víctimas tras haber sido victimarios: disparar a los niños, quemar aldeas, observar cómo el amigo pierde las vísceras al arrastrarlo por el campo de batalla o apretar los dientes mientras se amputa alguna de sus extremidades. Regresar, más tarde, a casa, con la derrota a cuestas. Intentar reincorporarse a una familia y a una sociedad que no suelen estar a la altura de sus necesidades. Descubrir, más tarde, que han sido engañados, que la guerra no tuvo sentido, que las manos sin dedos son incapaces de acariciar, de nueva cuenta, a un hijo pequeño. Descubrir, además, que también son culpables: sufrieron mucho, es verdad, pero causaron tanto o más dolor estando al frente.

Devastador, es cierto. Producto de los testimonios, quizá. Pese a ello, Svetlana Alexiévich lleva al límite un género que parecía haber consolidado Truman Capote. Ella no inventa la historia, no es responsable de la forma en que se dieron las cosas. Tampoco es una mera reportera buscando alertar a sus lectores. En realidad, refigura todo el lenguaje, le da forma, consistencia, lo despoja del melodrama para conseguir viñetas crudas. Dosificar la información narrativa es uno de los grandes problemas a los que se enfrenta cualquier escritor; y Alexiévich lo hace con maestría.

Cuando un autor decide juzgar, su texto se vuelve panfletario o, con suerte, algo parecido a un manifiesto. Cuando son los personajes quienes lo hacen, entonces se convierte en un grito de auxilio. La voz necesaria para mostrar cómo el absurdo antecede a las grandes catástrofes. Un absurdo tan intenso que parece no haber sido intencional. Sin embargo, lo fue: los poderosos mandan a los suyos al matadero, sin necesidad de justificaciones.

Novelas en torno a la guerra se acumulan por doquier. Son pocas, empero, las que consiguen conmover a los lectores. Los muchachos de zinc es una de ellas. Y lo logra gracias al despliegue, sutil pero contundente, de toda una estrategia textual. Llega a alturas a las que pocos autores aspiran. De ahí que criticarla sea más sumarse a una moda que a un argumento. Es mejor dejarla reposar para que el horror termine de asentarse en el ánimo; si es que eso es posible.

Si, tras la lectura, quedan ganas de presenciar el juicio, en esta nueva edición se incluyen decenas de cuartillas en torno a las dos causas por las que la autora fue llevada a los tribunales. Pero eso, sí forma parte del universo extraliterario.