Adiós a la cultura

[Toscanadas]
Matthew Arnold
Matthew Arnold

Hace algunos siglos, la palabra “cultura” tenía que ver directamente con el verbo “cultivar”, o sea, como dice el Diccionario de Autoridades: “Labrar la tierra, sembrarla, plantarla y cuidarla”. De ahí se aceptaba que metafóricamente significara: “Disponer los medios para que alguna cosa llegue a la perfección que requiere”. Así, la vitivinicultura se ocupaba de sembrar y cuidar la vid, para después producir vinos con “la perfección que requieren”.

Por supuesto, puedo decir que al leer un libro cultivo mi mente. Cuidar a un niño y educarlo es cosa de la “puericultura”. Engordar cerdos es “porcicultura”. Tenemos agricultores, apicultores, floricultores, fruticultores.

De ese modo, la famosa “cultura” se paseó discretamente por el mundo durante muchos años, significando lo que significaba y respetando su origen latino. Don Quijote, que mucho habla de libros, nunca la pronunció. Apenas Cervantes en el prólogo al desocupado lector hace referencia a su “mal cultivado ingenio”. Pero poco a poco, manoseada en especial por antropólogos y demagogos, “cultura” pasó a formar parte de lenguas no latinas como kultur o kultura o kulttuuri u otras formas para acabar significando cualquier cosa que hace el ser humano; o sea, para no significar nada.

Todavía en el siglo XIX hubo gente como Matthew Arnold para quien la cultura tenía que agrupar las más elevadas manifestaciones del hombre. Pero Arnold iba contra el espíritu de los tiempos que no aceptaban juicios de valor. Así es que cultura era un Caravaggio y un jarrito de Tlaquepaque; eran Octavio Paz y Paulina Rubio.

Ni siquiera sobrevivió el concepto de alta cultura y baja cultura, porque la masa de la baja cultura es mayoría y acabó por imponer sus visiones aun donde debían prevalecer las diferencias. No es gratuito que hoy la palabra “cultura” se utilice veinticinco veces más frecuentemente que hace cien años.

Y sin embargo, dentro de la familia de raíz “cult”, solo se prostituyeron “cultura” y su prima “cultural”. No pasa lo mismo con “cultivar” ni con “culto” ni con otros parientes, pues aunque comer tortillas sea parte de nuestra cultura, no llamamos culto a un devorador de tortillas. Aunque la corrupción sea un fenómeno cultural, nadie dice que Rodrigo Medina se cultivó con el erario público. Góngora practicó el culteranismo, pero lo de Moreira fue otra cosa. Además, “cultura” sabe copular con cualquier prefijo que venga a cuento: narcocultura, contracultura, telecultura… o enlazarse con cualquier sustantivo o adjetivo que hable de algo más próximo a la incultura: cultura de la violencia, cultura machista, cultura de la ilegalidad… Otra vez, la palabrita de marras se ha vuelto tan huera, que omitirla dice más que usarla. Así, decir “violencia” a secas tiene más fuerza que decir “cultura de la violencia”. Y condenar la corrupción es más categórico que condenar la cultura de la corrupción.

Lo que debía ser la más elevada aspiración del hombre se volvió un eufemismo. Más cosa de animales que de hombres. Quizá para hablar de lo que hablaba Matthew Arnold, hoy deberíamos emplear el término “humanidades”; y para no perder la brújula, el Conaculta habría de llamarse Conahúm.

Por eso me despido de la cultura. Ahora cuando lea, escuche buena música o visite un museo, ya no me sentiré culto, sino humano, demasiado humano; y mi humanidad sabrá separar el trigo de la paja, manque la cultura lo meta todo en un mismo cajón.