Observaciones de una cómplice

La civilización soviética… Me apresto a consignar sus huellas. Rostros que conozco bien. Hago preguntas no sobre el socialismo, sino sobre el amor, los celos, la infancia, la vejez.

Estamos diciéndole adiós a la época soviética. A esta vida que fue la nuestra. Me esfuerzo por escuchar honestamente a todos los que participaron del drama socialista.

El comunismo tenía un proyecto insensato: transformar al hombre “antiguo”, al viejo Adán. Y funcionó. Es tal vez lo único que funcionó. En setenta y tantos años, se creó en el laboratorio del marxismo-leninismo un tipo de hombre particular, el Homo sovieticus. Algunos lo consideran una figura trágica, otros lo tratan de sovok, de pobre soviético anticuado. Me parece conocer a este hombre, de hecho lo conozco muy bien, hemos vivido lado a lado durante muchos años. Él soy yo. Es las personas que frecuento, mis amigos, mis padres. He viajado a través de la ex Unión Soviética durante muchos años, porque los Homo sovieticus no solo son los rusos sino también los bielorrusos, los turcomanos, los ucranianos, los kasajos… Ahora vivimos en países diferentes, hablamos lenguas diferentes, pero no nos pueden confundir con nadie. ¡Se nos puede reconocer de inmediato! Nosotros, la gente del socialismo, somos iguales a todos los demás, y no somos iguales, tenemos nuestro propio léxico, nuestras propias concepciones del bien y del mal, héroes y mártires. Tenemos una relación particular con la muerte. En los relatos que consigno vuelven constantemente las palabras que hieren al oído, las palabras “disparar”, “fusilar”, “liquidar”, “enviar al matadero”, o incluso variantes soviéticas de la desaparición como “arresto”, “diez años sin derecho de correspondencia”, “emigración”. ¿Qué puede valer la vida humana si pensamos que, no hace mucho tiempo, millones de personas perecían de muerte violenta? Estamos llenos de odio y de prejuicios. Todos venimos de ahí, de este país que conoció el Gulag y una guerra espantosa. La colectivización, la desgulaquización, deportaciones de pueblos enteros…

Era el socialismo, y era nuestra vida, así de simple. En esa época, se hablaba poco al respecto. Pero hoy que todo ha cambiado de manera irreversible, esta vida que era la nuestra interesa a todo el mundo, poco importa cómo era, era nuestra vida. Escribo, junto hebra por hebra, borona por borona, la historia del socialismo “doméstico”, “interior”. La manera en la que habitaba el alma de las personas. Eso siempre es lo que me atrae, ese pequeño espacio —el ser humano—. Un ser humano. En realidad, es ahí donde todo acontece.

¿Por qué hay en este libro tantos relatos de suicidios, y no de soviéticos ordinarios, con vidas soviéticas ordinarias? A final de cuentas, uno se suicida también por amor, por miedo a la vejez, o simplemente así nada más, por curiosidad, por el deseo de descifrar el secreto de la muerte. Busqué entre aquellos que se habían adherido por completo al ideal, que lo habían integrado tan bien que era imposible extirpárselos: el Estado se había vuelto su universo, representaba todo, incluso su propia vida. No fueron capaces de abandonar la Historia, de decirle adiós, de ser felices de otra manera. De sumergir primero la cabeza… y de perderse en una existencia privada, como sucede hoy, cuando lo que era pequeño se ha vuelto tan grande. Las personas  tienen ganas de vivir, simplemente, sin ideal sublime. Es una cosa que nunca se había producido en Rusia, y algo que no encontramos tampoco en la literatura rusa. En el fondo, somos unos guerreros. O porque estábamos en guerra o porque nos preparábamos para la guerra. Nunca vivimos de otra forma. Es de ahí de donde proviene nuestra psicología de militares. Incluso en tiempo de paz, todo era como en la guerra. Percutíamos el tambor, desplegábamos la bandera. Los corazones rebotaban en nuestros pechos. Las personas no se daban cuenta de su esclavitud e, incluso, amaban esta esclavitud. Yo también, me acuerdo: al acabar la escuela, toda nuestra clase deseaba ir a reclamar tierras vírgenes, despreciábamos a quienes no querían hacerlo, lamentábamos, al grado de llorar, que la revolución, la guerra civil, todo hubiera tenido lugar sin nosotros. Cuando uno mira hacia atrás, uno no regresa: ¿éramos realmente nosotros? ¿Era realmente yo? He revivido estos recuerdos al mismo tiempo que mis personajes. Uno de ellos me dijo: “Solo un soviético puede comprender a un soviético”. Todos teníamos una única y sola memoria comunista. Somos vecinos por la memoria.

Mi padre se acordaba de que, por su parte, empezó a creer en el comunismo luego de que Gagarin voló al espacio. ¡Éramos los primeros! ¡Lo podíamos todo! Fue así como mi madre y él nos educaron. Yo fui octubrista, porté la divisa con el niñito rizado, fui pionera, komsomole.[1] La desilusión vino más tarde.

Luego de la perestroika, todo mundo esperaba la apertura de los archivos. Fueron abiertos. Y descubrimos una historia que nos había sido ocultada.

“De los cien millones de personas que pueblan la Rusia soviética, debemos acarrear con nosotros ochenta millones. Con el resto no se puede tratar, hay que aniquilarlos” (Zinoviev, 1918.).

“Ejecutar por ahorcamiento (y obligatoriamente por ahorcamiento, para que todo el mundo lo vea bien) al menos a mil koulajs inveterados, ricos… Tomar todo su trigo, tomar rehenes… Hacerlo de manera que el pueblo sepa de esto centenas de verstas a la redonda y que tiemble” (Lenin, 1918).

“Moscú está literalmente muriendo de hambre, había dicho el profesor Kouznetsov a Trotski. Eso no es el hambre. Cuando Tito hizo el cerco de Jerusalén, las madres judías se comían a sus hijos. Cuando haya obligado a las madres a comerse a sus hijos, entonces podrán venir a decirme ‘Tenemos hambre’ ” (Trotski, 1919).

Las personas leen los periódicos, las revistas y no dicen nada. Un horror insoportable se ha abatido sobre ellos. ¿Cómo vivir con eso? Muchos recibieron la verdad como un enemigo. Y la libertad también. “No conocemos nuestro país. No sabemos qué piensa la mayoría de las personas, las vemos, nos cruzamos con ellas en la calle todos los días, pero qué piensan, qué quieren, de eso no sabemos nada. Y sin embargo nos permitimos ponerles el ejemplo. No vamos a tardar mucho en saber todo, y entonces estaremos aterrados”, decía uno de mis amigos con quien solía pasar las noches platicando en mi cocina. Tenía discusiones con él. Era 1991. ¡Una época feliz! Creíamos que la libertad iba a comenzar al día siguiente, literalmente al otro día. A partir de nada, a partir de nuestros deseos.

En el Cuaderno de apuntes de Shalamov encontramos esta frase: “Participé en una gran batalla perdida por una renovación efectiva de la vida”. Eso fue escrito por un hombre que había pasado diecisiete años en los campos de Stalin. La nostalgia del ideal estaba siempre ahí. Yo dividiría a los soviéticos en cuatro generaciones: la de Stalin, la de Kruschev, la de Bréznhev y la de Gorbachov. Yo formo parte de la última. Nos fue más fácil aceptar el derrumbe de la idea comunista porque no habíamos vivido en una época en la que esta idea era joven y fuerte, aureolada por la magia aún no disipada de un romanticismo desastroso y de esperanzas utópicas. Habíamos crecido bajo el reino de los dinosaurios del Kremlin. En una época vegetariana y templada.[2] Los océanos de sangre vertida por el comunismo ya estaban olvidados. El énfasis seguía reprimiendo, pero ya sabíamos que era imposible dar vida a una utopía.


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Sucedió durante la primera guerra de Chechenia. En una estación, en Moscú, encontré a una mujer que venía de la región de Tambov. Iba a Chechenia para buscar a su hijo en la guerra. “No quiero que muera. No quiero que mate”. Su alma ya no estaba dominada por el Estado. Era una mujer libre. Las personas como ella eran pocas. En cambio había muchos que estaban irritados por la libertad: “Compré tres periódicos, y cada uno cuenta su verdad. Entonces ¿cuál es la verdadera? Antes, por la mañana, leíamos Pravda, y sabíamos todo. Comprendíamos todo”. Las personas anestesiadas por la idea emergían lentamente de su letargo. Si abordaba el tema del arrepentimiento, me respondían: “¿De qué debería arrepentirme?” Cada uno se sentía víctima pero no cómplice. Uno decía: “¡Yo también, yo estuve en un campo!”. Otro: “Yo en la guerra”. Un tercero: “Yo reconstruí mi ciudad en ruinas, cargué ladrillos noche y día”. Era totalmente inesperado: todos estaban ebrios de libertad, pero no estaban preparados para ella. ¿Dónde estaba esta libertad? Únicamente en las cocinas donde, por costumbre, seguíamos hablando mal del poder. La tomábamos contra Yeltsin y Gorbachov. Contra Yeltsin, porque había traicionado a Rusia. ¿Y Gorbachov? Porque había traicionado todo. Todo el siglo XX. Aquí también, ahora, iba a ser como con los otros. Como en todo el mundo. Pensábamos que esta vez todo funcionaría.

Rusia cambiada y detestaba estar cambiando. “El mongol inerte”, como decía Marx.


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La civilización soviética… Me apresto a consignar sus huellas. Rostros que conozco bien. Hago preguntas no sobre el socialismo, sino sobre el amor, los celos, la infancia, la vejez. Sobre la música, los bailes, los cortes de cabello. Sobre los miles de detalles de una vida que ha desaparecido. Es la única forma de insertar la catástrofe en un marco familiar y de tratar de contar algo. De adivinar algo. No termino de sorprenderme a qué grado es apasionante una vida humana ordinaria. Una cantidad infinita de verdades humanas. La historia solo se interesa por los hechos, las emociones; ésas se quedan siempre al margen. No es común dejarlas entrar en la historia. Yo, yo veo el mundo con los ojos de una literata y no de una historiadora. A mí me sorprende el ser humano.

Mi padre ya no está aquí. Y no puedo terminar una conversación que tuve con él. Me había dicho que para ellos morir en la guerra era más fácil que para los jóvenes poco aguerridos que hoy día se hacen matar en Chechenia. En los años cuarenta, salían de un infierno para entrar a otro. Antes de la guerra, había estudiado en Minsk, en un instituto de periodismo. Se acordaba que a menudo, al regresar de vacaciones, no conocían a ningún profesor. Todos habían sido arrestados. No comprendían lo que pasaba, pero tenían miedo. También temían la guerra.

No tuve muchas conversaciones francas con mi padre. Me compadecía. Y yo, ¿yo lo compadecía? Me es difícil responder a esta pregunta. Éramos despiadados con nuestros padres. Nos parecía que la libertad era muy simple. Al cabo de un tiempo muy corto, también nosotros nos doblegamos sobre este peso, porque nadie nos había enseñado la libertad. Solo nos enseñaron a morir por ella.

¡Y hela aquí, la libertad! ¿Así esperábamos que fuera? Estábamos listos a morir por nuestros ideales. A luchar por ellos. Pero lo que se vino fue una vida “a lo Chejov”. Sin historia. Todos los valores se derrumbaron, salvo los de la vida. De la vida en general. Los nuevos sueños son construirse una casa, comprarse un auto imponente, plantar matas de grosellas… Resultó que la libertad era la rehabilitación de este espíritu pequeño-burgués que se acostumbraba denigrar en Rusia. La libertad de Su Majestad el Consumo. La inmensidad de las tinieblas. Tinieblas llenas de una multitud de deseos, de instintos —de una vida humana secreta de la que no teníamos una idea aproximada—. Pasamos toda nuestra historia tratando de sobrevivir, y no de vivir. A partir de entonces, la experiencia de la guerra ya no servía para nada, había que olvidarla. Miles de nuevas emociones, estados de ánimo, nuevas reacciones… Bruscamente, todo cambió a nuestro alrededor: los carteles, los objetos, el dinero, la bandera… Y el hombre mismo. Se volvió más colorido, más aislado, un monolito explotó y la vida se dispersó en pequeños islotes, en átomos, en células. Como dice Dalh: “la libertad del placer”, “esta querida libertad adorada”. Los grandes espacios. El Mal Supremo se transformó en una leyenda lejana, en un thriller político. Nadie hablaba ya de ideales, se hablaba de créditos, de porcentajes, de operaciones bancarias, ya no trabajábamos para vivir sino para “acumular” dinero, para “ganar”. ¿Esto va a durar mucho tiempo? “La inequidad del dinero es inextirpable del alma rusa”, escribió Tsvetaieva.

A todas las personas con las que me encontré les pregunté: “¿Qué es la libertad?” Padres e hijos dan respuestas diferentes. Los que nacieron en la URSS y los que nacieron después de la URSS no comparten la misma experiencia. Vienen de planetas diferentes.

Los padres: la libertad es la ausencia de miedo; los tres días de agosto en los que vencimos el golpe de Estado; una persona que escoge en una tienda entre cien tipos de salchichas es más libre que la que escoge entre diez tipos; es no haber conocido jamás el látigo, pero no viviremos demasiado pera ver generaciones como ésa, los rusos no entienden la libertad, lo que necesitan, es un cosaco y un fuete.

Los hijos: la libertad es el amor; la libertad interior es un valor absoluto; es cuando uno no tiene miedo de sus propios deseos; es poseer mucho dinero, así se tiene todo; es cuando se puede vivir sin pensar en la libertad. La libertad es una cosa normal.

Estoy en busca de una lengua. Los hombres tienen muchas: con la que se habla a los niños, con la que se habla de amor… Y luego está la lengua en la que nos hablamos a nosotros mismos, en la que tenemos conversaciones interiores. En la calle, en el trabajo, durante un viaje, en cualquier parte escuchamos otra cosa, no son solamente las palabras las que cambian, es también otra cosa. Incluso en la mañana y en la noche, un hombre no habla la misma lengua. En cuanto a lo que acontece en la noche entre dos personas, eso desaparece por completo de la historia. Nos interesa solo la historia de los hombres diurnos. El suicidio es un tema nocturno, el hombre se encuentra entonces en la frontera del ser y de la nada. En un estado de sueño. Deseo entender eso con la precisión meticulosa de un hombre diurno. Me han dicho: “¿Y no tiene miedo de que eso le vaya a gustar?”

Recorremos la región de Smolensk. En un pueblo, nos detenemos cerca de una tienda. ¡Cómo resultan familiares los rostros (yo también crecí en el campo), rostros hermosos, magníficos, y cómo la vida aquí es tan degradante y miserable! Charlamos. “¿La libertad? Dése una vuelta por nuestra tienda, hay vodka, cualquier marca: Standart, Gorbatchev, Poutinka… Toneladas de salchichas, y queso, pescado. Hay hasta plátanos. ¿Qué otra libertad necesitamos? ¡Con esto tenemos! Y la tierra, ¿se las dieron? ¿Quién se va a romper el lomo para trabajarla? Los que la quieren no tienen más que tomarla. Aquí solo Vasska Kroutoi quiso. Su hijo menor tiene ocho años, anda ya junto a su padre detrás del arado. Trabajar para él, ni pensarlo, no se gana nada. ¡Es un verdadero fascista!”

En Dostoievski, en la “Leyenda del Gran Inquisidor”, hay una discusión sobre la libertad. Sobre el hecho de que el camino hacia la libertad es difícil, doloroso, trágico. “¿Para qué diablos sirve conocer sobre el bien y el mal si sale tan caro?” El hombre siempre debe escoger: la libertad o la prosperidad y una vida bien organizada; la libertad con los sufrimientos o la felicidad sin libertad. Y la mayoría de los hombres escoge siempre la segunda vía.

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Traducción del francés de José Abdón Flores.



[1] Los octubristas y los pioneros eran los equivalentes (comunistas) de los lobeznos y de los boy scouts. Los komsomoles eran los miembros de las juventudes comunistas (N. del T.).

[2] Expresión atribuida a la poeta Anna Ajmátova, que caracteriza a los años que precedieron y siguieron a las cumbres del terror estalinista (calificadas de “carnívoras” o de “caníbales”) (N. del T.).