Norman Manea: la dolorosa patria del exilio

El escritor rumano recibirá el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Nos unimos a la celebración con ensayos que exploran el signiê cado del exilio
Norman Manea
Norman Manea (Danilo de Marco)

Según Marx, los grandes acontecimientos históricos se presentan una primera vez como tragedia para luego volver a repetirse como comedia; en la historia contemporánea, escribe Norman Manea en su novela La guarida (traducción de R. Pisot y C. Salva, Tusquets, 2012), la farsa precede a la tragedia. Acaso nadie lo ha experimentado en carne  propia como el exiliado de Europa del Este que emigró a Estados Unidos intentando escapar del nazismo y más tarde del comunismo, sobreviviente de interminables y espantosas tragedias que concluyeron en obscena comedia, arrojándolo, como un intruso, al  “gran mercado carnavalesco  —escribe Manea— en el que solamente lo escandaloso es perceptible, pero nada es lo suficientemente escandaloso como para volverse memorable”. Para el escritor, la realidad contemporánea es un circo, un espectáculo de acróbatas y payasos que presagia  inminentes catástrofes.

Norman Manea partió de la tragedia, que alimenta su narrativa de gran escritor y a la que se le deben grandes libros  —Octubre a las ocho (traducción de Flavia Company, Emecé, 1994), El regreso del húligan (traducción de Joaquín Garrigós, Tusquets, 2005), El sobre negro (traducción de Joaquín Garrigós, Metáfora, 2000), tan solo por citar algunos libros, conocidos en Italia sobre todo gracias a las excelentes versiones de Marco Cugno, su finísimo intérprete— y que ha acompañado su existencia, sin tener que doblegar su libertad, coherencia moral, y sin menoscabar su amable y fascinante sarcasmo hebraico, que lo asemeja a esos modestos, respetuosos y descaradamente indestructibles personajes de la literatura yiddish, a los que todo les sale mal pero que nada los avasalla y a los que la fe les ha enseñado a reírse del mundo  —a pesar de ser tan terrible— e incluso del Dios que lo ha creado así, como si en el último momento se le hubiera escapado de las manos.

Nacido en 1936 en Suceava, en Rumania —más precisamente en Bucovina, crisol plurinacional y multirreligioso de culturas—, Manea conoce como pocos “la sarcástica simetría del exilio”, como la ha llamado, y la ha transformado  en clave para entender y representar al mundo y su incomprensibilidad. Son los escritores mittel europeos los que han vivido con mayor intensidad el exilio como forma de vida, como lo revela Enzo Betizza en su espléndido Exilio. Cuando contaba con cinco años de edad, Manea, junto con su familia, fue deportado  —en su condición de judío— por los alemanes al lager de la Transnistria, en Ucrania. En la Rumania de la posguerra vivió los peores años del comunismo sátrapa, “revoltijo bizantino de demagogia, miseria y terror” que transforma la patria en exilio, en un lugar en el que uno ya no puede sentirse en casa, porque todo devino otra cosa, deformada y falsa. En sus novelas y ensayos, la perversión totalitaria no es solo tiranía impuesta al individuo desde el exterior, sino que se ha vuelto corrupción interior de la persona, vicio y droga al final difícilmente distinguible de la naturaleza del individuo mismo. Se escribe, pero se acaba también por vivir, en un estilo cifrado, que nace para escapar  de las redes de una tiranía política y deviene una manera de ser, un engaño para librarse de las redes de todo poder, incluso de ese poder amorfo de la sociedad en la que dostoievskianamente “todo está permitido”.

Admirado por Heinrich Böll y por Philip Roth, Manea, cada vez más vilipendiado por el régimen rumano a causa de su valiente independencia, emigró en 1986 a Estados Unidos, donde imparte clases en el Bard College. Otro exilio  “liberador” —como él ha escrito con enorme reconocimiento al país que lo acogió en la libertad y le ha dado la posibilidad de trabajar y de vivir— pero que sigue siendo exilio, existencial y sobre todo lingüístico; “combustión en profundidad” y posible “holocausto” para un escritor —ha dicho— privado de la inmediatez de su lengua y, por lo tanto, quebrantado en su identidad.  Dicha escisión es tragicómica; el escritor se asemeja más que cualquier otro a un clown —figura analizada por Manea en incisivos ensayos— expuesto a los golpes y a las fastidiosas cantilenas de la historia universal.

El exilio es el tema de las Conversaciones en el exilio entre Manea y Hannes Stein, así como el de las páginas errabundas de Más allá de la montaña. También es el leitmotiv de la novela La guarida. Dialogando con Hannes Stein, escritor y periodista que vive en Nueva York, en inglés  —“la lengua de los sin patria”, dice Stein—, Manea, irónica y dolorosamente comprensivo de toda la gama de lo humano, incluidos la mentira y el horror, pero inexorable en su precisión que es honestidad moral y rigurosa poética a la vez,  penetra como un cuchillo en ese bajo vientre de la cultura y de la vida que es el sureste europeo, especialmente Rumania durante los años de la Guardia de Hierro fascista y posteriormente del comunismo  y de Ceausescu, perversiones no solo políticas sino, antes de eso, culturales, intelectuales y humanas.

El caos de las leyes raciales, con su entrelazamiento de fanatismo horrendamente “puro” y de sucia corrupción de la más baja gradación, los años estalinistas de depravación y de tragedia, las proteicas transformaciones y renacimientos del antisemitismo viejo y nuevo, emergen con viveza, trazando la imagen de un mundo pervertido en el que, paradójicamente, la falsificación total de la vida pública parece estimular, cual extrema resistencia, una integridad de vida privada, una reservada interioridad que en Occidente parece más indefensa, más expuesta a una suerte de videojuego en el que ya no se distingue entre pasiones interpretadas y pasiones verdaderas, rostros de carne y hueso e imágenes digitales, así como a menudo se termina por ya no saber distinguir, en la televisión, entre las escenas de una película y los cortes de los anuncios televisivos. Y Norman Manea, con su aire resignado y astuto, se revela, en estas conversaciones, como un hombre de valores sólidos y de sentimientos profundos, como lo muestran las concisas referencias  a su vida afectiva y, en particular, a su matrimonio de amor y a su vida con Cella, su esposa. Somos amigos desde hace muchos años, nos unen muchas afinidades, entre las que se encuentra una común dificultad para desprenderse de cualquier cosa, de las personas, de los paisajes, de la lengua, de la casa. No parecemos hechos para el exilio.

En las Conversaciones y en La guarida, el exiliado que ha desembarcado en Estados Unidos a veces termina devorado por las arenas movedizas de esa gran —y a menudo ruin— cultura rumana que  genialmente indagó y a veces hasta falsificó el universo del mito, despreciando las ideologías (las liberales y democráticas) en nombre de las inefables verdades de lo oculto y comprometiéndose con la más pedestre de las ideologías, con el fascismo y con el antisemitismo nazistoide. Mircea Eliade, el más grande representante de esta cultura en adoración del  Minotauro, en efecto está presente, en un personaje central recalcado en él, en La guarida y, en las Conversaciones, cual monstruo sagrado, objeto de un culto intolerante a toda crítica, como el propio Manea lo pudo comprobar con las reacciones que tuvo ante un artículo que escribió sobre él, todo menos falto de admiración por la gran obra del mitólogo, pero despojado de cualquier sumiso culto litúrgico.

Manea está muy consciente de la fuerza de ciertas intuiciones de esa cultura que también incluye a otros nombres famosos, por ejemplo Cioran; y en la novela le hace decir al “Viejo”, figura en la cual aparece esbozado Eliade, que la única salvación es ensanchar el laberinto, el reino del Minotauro, hasta incluir en él al mundo entero. Es el tono hierático e iniciático de esa cultura, tan exaltada en Occidente, el que Manea desmitifica, mostrando la insustancial vulgaridad de muchas de sus poses. El mito, tan profundamente estudiado por Eliade, solo revela una verdad  cuando se le mira con espíritu iluminista, disipando su pretensión de ser tomado a la letra, que lo rebaja a ídolo ridículo. En la novela de Manea, esta cultura esotérica —que pretende habitar el inefable no–tiempo del mito y está empapada de exaltado nacionalismo históricamente fechado— es como una medusa varada en la playa, que pierde sus iridiscencias. La verdad del exilio también es el desenmascaramiento del Minotauro, el descubrimiento de que puede ser un truco de feria; ordenados en las secciones correspondientes del supermercado universal y ofrecidos a buen precio, esos mágicos amuletos revelan su componente kitsch; el antisemitismo, por otra parte, es por excelencia un coctel de horror y kitsch, un indicador universal de pH que revela lo fácil que resulta rebajar los Misterios Eleusinos a túnel del terror de una feria de juegos mecánicos. Lo oculto, escribe Manea, deviene así “un tema de comedia”, una farsa, como los sospechosos de la policía secreta comunista, que por todos lados ve intrigas sibilinas . El exiliado, que proviene del mundo atroz y atrozmente ridículo de la Guardia de Hierro y de la Hiroshima de Ceausescu (la gente de Bucarest llamaba así a los barrios de la ciudad demolidos por el Conducator para construir su faraónico palacio de poder), sabe llevar en sí mismo esta degradación, para ser, como dice en la novela, “un bufón de Europa del Este”.

En Más allá de la montaña, Manea se confronta con dos grandes figuras que asumieron sobre sí  —como el Mesías pecador de la tradición judía, que realmente toma, no solo metafóricamente, al Mal en su persona para destruirlo junto con él mismo— el horror, las tinieblas y la mentira universal. Uno, poco conocido en Italia, es Benjamin Fondane, filósofo y escritor rumano, judío de origen alemán de múltiples nombres; se trasladó a París desde donde, durante la Segunda Guerra Mundial, fue deportado y asesinado en Auschwitz. El otro, símbolo ya para el mundo entero de un poema que por ser auténtico debe quemarse junto con la vida del autor, es Paul Celan. Dos exiliados; en las páginas dedicadas a ellos, enriquecidas con un diálogo con Ilana Shmueli, que fue amiga y por breve tiempo amante de Celan, Manea va al corazón de un exilio que tiene que ver no con un país, una patria o una lengua, sino con la vida misma.

Celan no murió en Auschwitz, pero en un lager nazi murieron sus padres y, como se dijo, él “escribe como si escribiese después de su muerte”, después de su suicidio en el Sena. La mayoría de los grandes mitólogos son sus connacionales. Fascinado por los misterios órficos, llevó al extremo la extinción de la poesía en la noche órfica del absoluto y de la muerte, el canto de amor que es, como testimonia también Ilana Shmueli, renuncia al amor, imposibilidad de vivir juntos. Adorno, en una célebre frase, dijo que después de Auschwitz ya no se podía seguir escribiendo poesía; sentencia errada y no solo porque fue refutada —por Celan, por ejemplo— sino precisamente porque después de Auschwitz era necesario seguir escribiendo poesía. Adorno se corrigió, precisando que después de Auschwitz la poesía auténtica no puede abandonarse al sentimiento de dejarse vivir, sino que necesita asumir sobre sí esa misma frialdad, esa falta de cálida humanidad normal que al final permitió la inhumanidad de Auschwitz. Celan la asumió y no sostuvo esta absoluta negación, esta necesidad de sacrificar la humanidad a la poesía.

El exilio es necesario para la vida y para la creación; sin el exilio de Troya, la estirpe de Eneas no hubiese fundado Roma; y el Éxodo, como lo narra la Biblia, es necesario para la Historia Sacra. El exilio se identifica con la vida porque —escribió Manea en su novela— “inicia en el momento mismo en el que abandonamos la placenta materna”. Pero Norman es un gran irónico, experto del circo y del mercado universal para no saber que el exilio también —al igual que el mito— puede devenir en eslogan político o spot publicitario. “Exiliados de todos los países —se dice en La guarida—, uníos”.

Il Corriere della Sera
Traducción de María Teresa Meneses