No desafíes a la Bestia

A fuego lento.
'Carne de ataúd' consigue transformar el plomo en oro, el colmo de la morbidez y de la sangre en creación artística.
'Carne de ataúd' consigue transformar el plomo en oro, el colmo de la morbidez y de la sangre en creación artística.

En las últimas páginas de Toda la sangre, publicada hace tres años, alcanzamos a presentir una sombra de los hechos que animan a Carne de ataúd (Almadía, México, 2016): Casasola, el periodista de nota roja, recibe la encomienda sobrenatural de acudir a la casa familiar para rescatar las memorias de su abuelo Eugenio, también periodista y amigo diligente de las almas en pena. Si allá nos movíamos por el presente apocalíptico de los crímenes rituales, aquí presenciamos los asesinatos en serie de Francisco Guerrero, El Chalequero, quien tuvo el poder de mantener en vilo a las fuerzas policiacas del Porfiriato. Así que estamos en los orígenes de la vocación abismal de Casasola y, por supuesto, en los de un género sin el cual ya no es posible escribir la historia social y política de México.

Bernardo Esquinca no es un esclavo de la verdad documental. Pone en juego a Ireneo Paz, Félix Díaz, Rafael Reyes Spíndola —director de El Imparcial—, Julio Ruelas y Carlos Roumagnac —adelantado de la criminalística en México— sin otra conveniencia que la de servir a los propósitos de la ficción. Traiciona los hechos reales para elevar la temperatura de los hechos imaginados, confía en el instinto literario y descree de la imparcialidad de los expedientes. En virtud de esta compleja decisión, consigue hacer invisibles las fluctuaciones entre verismo histórico y ficción.

Libre de ataduras, Esquinca puede así concebir una novela que es un thriller policial, que es a la vez un homenaje a los pioneros de la nota roja, que es también una recreación de la Ciudad de México en tiempos de carruajes negros, que es por igual un péndulo oscilante entre la razón y la cordura, que es asimismo un llamado a la rebelión. Tan pronto acompañamos a Eugenio Casasola siguiendo el rastro de El Chalequero, Carne de ataúd vira hacia el mundo del espiritismo y su trato con los muertos. Pero no solo eso. Esquinca se mueve con tanta soltura por los terrenos de la pesquisa policial que puede aderezarla incursionando en los bajos fondos de la política y aun recurriendo a los mejores artificios del terror fantástico a la manera de Eugène Sue y Alexandre Dumas.

La caza de El Chalequero no es, a pesar de todos los indicios, la diana en el centro de Carne de ataúd. Eugenio Casasola disfruta el éxito profesional y desde ahí se precipita hacia un infierno habitado por fantasmas ceñidos con cascos prusianos y casacas henchidas de condecoraciones. Lo suyo es la catástrofe personal que antecede al miedo después de desafiar a la Bestia, el general Porfirio Díaz, y es también la suerte destinada a los periodistas que amenazaron a la dictadura. Como una condena, paga su raro talento con los efectos paralizadores del delirio.

Gracias a su mezcla de complejidad narrativa y ritmo dosificado, a sus efectivas arquitecturas y remodelaciones del pasado, y a su emocionante inclinación por el retrato psicológico en carne viva, Carne de ataúd consigue transformar el plomo en oro, el colmo de la morbidez y de la sangre en creación artística.