La escandalosa diversidad de la Ginzburg

[Opinión]
Luego de más de medio siglo, las páginas de Natalia Ginzburg todavía crujen como si hubiesen sido impresas por primera vez.
Luego de más de medio siglo, las páginas de Natalia Ginzburg todavía crujen como si hubiesen sido impresas por primera vez.

¿Por qué ciertas novelas no envejecen? Léxico familiar de Natalia Ginzburg (1963) sigue siendo un ejemplo de ellas. Luego de más de medio siglo, sus páginas todavía crujen como si hubiesen sido impresas por primera vez. ¿En dónde reside el secreto de su juventud? Indudablemente la biografía de la autora resulta excepcional.

Precisamente ella, turinesa entre las turinesas, en realidad nació en Palermo en 1916, el 14 de julio, el día en el que se conmemora la toma de la Bastilla. Poco después, junto con su familia, se muda al Piamonte. ¡Pero qué familia! Su padre era Giuseppe Levi, biólogo de fama internacional y maestro de Rita Levi Montalcini; su madre provenía de una familia de ideales socialistas; en cuanto a sus amigos… Bueno, con sus amigos entramos en el corazón de la historia.

Mientras sus abuelos y padres se reunían con Leonida Bissolati, Filippo Tirati, Anna Kuliscioff y Felice Casorati, sus hijos se divertían con Giulio Einaudi y Cesare Pavese, bromeaban con Adriano Olivetti, Vittorio Foa, Carlo Levi y Giaime Pintor, o hasta se casaban con la hija de Amedeo Modigliani. Viajes para ir a esquiar y salidas a conciertos, exposiciones y amores. Desgraciadamente, sobre este pequeño paraíso se cernía la sombra de las leyes raciales. Se desposa a los 22 años con Leone Ginzburg (fundador de la célula turinesa de Giustizia e Libertà), en 1940 es confinada en la región de Abruzzo, en donde nacerá su tercer hijo.

Luego de la caída de Mussolini, se traslada a Roma, pero pocos meses después su esposo es arrestado y morirá en febrero de 1944 en Regina Coeli, a causa de las torturas padecidas. Acaso fue a la luz de esta inaudita experiencia que la escritora manifestó, en su momento, “ataques de pánico”. Será hasta la postguerra cuando Natalia Ginzburg se reponga de este tipo de arrebatos, cuando ya trabajaba para la editorial Einaudi y había contraído nupcias con el anglicista Gabriele Baldini (que, sin embargo, morirá en 1969, cuando apenas contaba con 49 años de edad).

Poco a poco se irán publicando Las pequeñas virtudes (1962), Nunca debes preguntarme (1970, con las famosas páginas sobre la pereza o el psicoanálisis) y Querido Miguel (1973).

En 1983, mientras aparece La familia Manzoni, es electa diputada en la Cámara por los independientes del PCI. Morirá en Roma el 7 de octubre de 1991.

Pero regresemos a la pregunta inicial: ¿por qué algunas de sus obras nos siguen pareciendo tan cercanas, ignorando las insidias del tiempo? Retomemos una vez más Léxico familiar, “el libro único de Natalia Ginzburg”. La definición es de Domenico Scarpa, que recién se encargó de cuidar la edición de Un’assenza. Racconti, memorie, cronache 1933–1988 (Una ausencia. Cuentos, memorias, crónicas 1933–1988, Einaudi, 2016). Pues bien, según Scarpa, el misterio de la Ginzburg, su escandalosa diversidad, reside en una sabiduría infantil, que plantea las interrogantes elementales de los niños, pero respondiendo con la tranquila voz de los adultos. La suya es, en resumen, una escritura basada “en la autenticidad, en la pobreza de espíritu evangélica, en el amor y la piedad impúber, sobre un relativo desinterés por la inteligencia que ordena y distingue”. Lo que explica la famosa polémica suscitada por Oreste Del Buono al juzgar dicha simplicidad como una pose: “Es difícil encontrar una falsa tonta más falsa que Natalia Ginzburg. Su primera preocupación es la de hacer ostentación de su torpeza”.

La de la Ginzburg era, en verdad, una inteligencia exquisitamente literaria, la inteligencia de una anti-intelectual. La sinceridad con la que confesaba las muchas lagunas de su formación no era en lo absoluto un hábito, sino un indicio precioso para encontrar las fuentes de esa frescura que hoy nos fascina. La frescura con la que todavía escuchamos resonar las estrepitosas expresiones de su padre, irascible y brusco, con el caballo rojizo al rape: “¡No hagas estropicios!”. O bien: “No digas simplezas”. Igualmente memorables son los comportamientos de otros personajes como la madre, que “amaba el placer de narrar”. O el de la doméstica Natalina, tan semejante a Luis XI pero incapaz de distinguir los pronombres masculinos de los femeninos. De estas figuras tan humanas nace su prosa, su particular cadencia, con la que entonaba el dolor y las alegrías de la vida del mismo modo en que “la música se confunde con la letra de una ópera, oscurece su sentido y lo hace desaparecer en su ritmo glorioso”.


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Traducción de María Teresa Meneses

Texto tomado del periódico La Repubblica, 1 de mayo de 2016