Música y prosa

Toscanadas.
Escena de El barbero de Sevilla.
Escena de El barbero de Sevilla.

Ya para terminar El barbero de Sevilla, versión de Gioachino Rossini, los protagonistas se ven en situación comprometida y entonces se ponen a cantar que deben huir de inmediato y en silencio.

 

Zitti, zitti, piano, piano,

non facciamo confusione;

per la scala del balcone

presto andiamo via di qua.

 

Este pasaje siempre me ha maravillado, ya que ni Almaviva ni Rosina ni el barbero pueden huir en silencio puesto que tienen que cantar; tampoco pueden hacerlo inmediatamente, pues han de esperar al menos el minuto y medio que toma la pieza.

He puesto algún esfuerzo para hallar el modo en que tal cosa pudiera hacerse en la narrativa, pero hasta la fecha no he dado con una solución. Inadmisible sería escribir en una escena de violencia: “Ahora mismo te encajo el cuchillo, sí, te lo encajo ahora mismo, te encajo ajo ajo el cuchillo ahora mismo, ahora mismo te encajo el cuchillo afilado”. Y ni aun tratando de ser absurdo me acerco a la sana insensatez del Zitti, zitti.

Además, la música hace buen uso de la repetición, mientras que en términos generales la narrativa debe evitarla. Bill Withers puede pronunciar veintiséis veces consecutivas “I know” en “Ain’t No Sunshine, pero ya parece excesivo que en “Colinas como elefantes blancos”, la protagonista de Hemingway diga siete veces “please”, tanto así que en la traducción al español acaso llegamos a cuatro “por favor”. Más aún, ahora que estoy leyendo Cinco esquinas, el oído silencioso de la lectura se siente agredido porque en cuarenta líneas aparece cuatro veces la palabra “respiración”. O, continuando con repeticiones peruanas, ésta es de Bryce Echenique: “Nunca llegues a vieja, Alfonsinita... Nunca, pero nunca, llegues a vieja… Ni muchísimo menos llegues jamás a réquete vieja, Carlita... Ni tú tampoco, Ofelita... Nunca, pero lo que se dice nunca, llegues a réquete vieja... Y muchísimo menos a réquete réquete viejo, como yo. Réquete viejo de verdad, como solo yo. Réquete réquete viejo, como solo yo, eso sí que jamás de los jamases, Elenita”.

El descabelle en la prosa suele encontrarse en el sentido. Por ejemplo, están las famosas razones por las que Don Quijote perdía el juicio y se desvelaba por entenderlas o, más contemporáneamente, recuerdo una joya de desvarío que aparece en El cazador de tatuajes, de Juvenal Acosta. Dice la protagonista: “Me llamo Vida, que en español quiere decir Life”. O bien, esta perla de Ignacio Padilla en Espiral de artillería: “marinos ebrios bajaban de sus barcos empujando contenedores de aluminio, cajones y costales que se perdían en el seno de largos galerones que recordaban linternas mágicas olvidadas en la playa por una familia de saltimbanquis inmensos”. O dos milenios atrás, cuando San Pablo escribe a los corintios: “La mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles”.

Pero no importa cuán disparatada sea una frase, si se canta bien, suena bien. Por eso cantando decimos tantas cosas que nunca diríamos sin música, como “porompompó porompo porompompero peró porompo porompompero peró porompo porompompó”.