Misivas de desasosiego intelectual

Presentamos una lectura de 'Roland Barthes. Album', un amplio volumen que incluye cartas, inéditos y textos dispersos, a propósito del centenario del natalicio del escritor francés.
'Roland Barthes. Album', un amplio volumen que incluye cartas, inéditos y textos dispersos sobre el escritor francés.
'Roland Barthes. Album', un amplio volumen que incluye cartas, inéditos y textos dispersos sobre el escritor francés.

El centenario del nacimiento de Roland Barthes ha suscitado en Francia un gran número depublicaciones: libros de testimonio de quienes participaron en su célebre seminario, como los escritores Chantal Thomas y Philippe Sollers; ensayos que intentan abrir nuevas perspectivas de comprensión de su obra (entre ellos, El cine de Roland Barthesde Philip Watts, que incluye una entrevista con el filósofo Jacques Rancière, o La noche será blanca y negra de Jean Narboni, en torno a La cámara lúcida) y hasta una novela que hace del pensador francés un personaje de ficción policiaca en La séptima función del lenguaje de Laurent Binet. Sin embargo, dos momentos destacan en este panorama editorial, ya que abren nuevos horizontes de lectura mediante el material inédito o de difícil acceso al que recurren: la biografía intelectual realizada por la escritora Tiphaine Samoyault y el recién publicado Roland Barthes.Album, editado por Éric Marty, responsable de sus obras completas. Como una suerte de complemento a la autobiografía que Barthes no cesó de escribir, ambos libros abordan con gran delicadeza y discreción esa relación íntima entre vida y escritura que lo caracterizó.

El Album, en particular, aparece como una verdadera biografía textual que nos hace descubrir el reverso de una vida de escritura y pensamiento, ese reverso vital que es también su origen. Siguiendo un orden cronológico, se publican por vez primera documentos relativos a todas las etapas de la vida de Barthes: archivos familiares, primeros artículos, textos de la etapa estructuralista que quedaron sin publicar. La edición comienza así con la carta que el ejército dirige a su madre para notificarle la muerte del padre del escritor, quien falleció combatiendo en la Gran Guerra, en 1916, cuando él tenía apenas un año. Se trata pues de un acontecimiento decisivo que, sin embargo, Barthes dejó en silencio, así como todo lo relativo a su padre, y que incluso intentó borrar, como lo sugiere Marty, a través de su crítica constante de toda mitología patriótica, familiar o incluso patriarcal.

Pero es sobre todo a través de su amplia correspondencia inédita que podemos tener acceso a aspectos poco conocidos de su personalidad y de sus relaciones con sus contemporáneos. La correspondencia publicada en este volumen comprende las cartas escritas desde 1932, cuando Barthes era adolescente, hasta las que intercambió algunos meses antes de su muerte, en 1980. Encontramos de esta manera los intercambios epistolares con personajes tan diversos como los pensadores Gaston Bachelard, Louis Althusser, Claude Lévi–Strauss, Jacques Lacan; el poeta René Char o los escritores Raymond Queneau, Jean Cocteau, Jean Genet, Pierre Klossowski, Claude Simon, Alain Robbe–Grillet, Hervé Guibert. A pesar del carácter exhaustivo del libro, no pudo figurar en él su correspondencia con Michel Foucault, amigo suyo sobre todo durante la década de 1960, con el que además gustaba salir de fiesta, o con Marguerite Duras, de la que fue cercano en algún tiempo, pese a lo que puedan hacer pensar las opiniones tan severas que en su contra formuló la escritora en varias ocasiones.

La correspondencia nos muestra así sus amistades, desencuentros, pasiones y conflictos intelectuales o políticos, sus obsesiones. Por ejemplo, las cartas que intercambió, a los 17 años, con el diplomático Philippe Rebeyrol, su amigo de toda una vida, muestran la importancia que desde un inicio tuvieron la literatura y el pensamiento de izquierda en su formación. Detalla en ellas la impresión de sus lecturas de aquel entonces, “un poco de Mallarmé y mucho de Valéry”, Jean Jaurès y en especial Marcel Proust, cuya influencia siempre estuvo presente en su escritura, sensibilidad y pensamiento. Confiesa también su lado obsesivo que lo llevaba a regresar una y otra vez al mismo tema y que constituirá un rasgo importante de su estilo.

Otros aspectos a los que le resultaba importante o incluso vital regresar, se hacen evidentes en varias cartas, como la que dirige en 1977 a su editor y amigo Maurice Nadeau, en la que rechaza su invitación a participar en una mesa redonda con Foucault y Gilles Deleuze. Se explica en estos términos para disculparse: “estoy agotado, hostigado, desbordado de trabajo y no aspiro a otra cosa sino a alejarme de toda ‘representación’; cada vez soporto menos todo lo que es debate público y he decidido, con la edad, ya no forzarme a aceptar lo que me resulta incómodo”. Lo que podría parecer una simple queja (recurrente en toda la correspondencia) revela en realidad la preocupación de Barthes por preservar esa soledad que le parecía inherente a todo verdadero trabajo de reflexión, como si se tratase de una garantía de la libertad del pensamiento. De esta manera lo deja entrever la carta de agradecimiento que el filósofo Jacques Derrida le dirige en 1972, con quien Barthes mantuvo una estrecha relación de complicidad intelectual. Acerca de S/Z, del que Barthes le envió un ejemplar dedicado, Derrida le expresa, en otra de sus misivas, la deuda que su pensamiento tiene con su labor crítica, así como lo probará más adelante su magnífico ensayo, Las muertes de Roland Barthes: “Quisiera expresarle muy sencillamente mi reconocimiento y admiración por S/Z. Y decirle que con respecto a ningún otro texto me siento hoy tan de acuerdo y comprometido, de manera tan absoluta. Todo en la disposición de la página, en la puesta en escena de S/Z debería constituir, lo que podríamos llamar según el viejo código, un modelo o un método o bien una referencia ejemplar. En todo caso, trazar, multiplicar, ‘liberar’ un nuevo espacio de lectura y escritura, estoy seguro de que de S/Z lo hace y lo hará por largo tiempo”.

Y es en efecto la búsqueda constante de este “nuevo espacio de lectura y escritura” al que la obra de Barthes intenta constantemente dar forma, ya sea mediante sus lecturas críticas —que eran en sí una manera de cuestionar el concepto mismo de crítica— o a través de la exploración de su propia escritura. Su interés por los “clásicos” de la literatura francesa (Racine, Balzac, Michelet…) estuvo acompañado de su implicación en el quehacer de la literatura contemporánea. Un ejemplo de ello, poco conocido hasta ahora y que el Albumrevela, son las cartas que intercambió con Georges Perec, al que alentó a escribir y apoyó desde un inicio (Barthes fue por cierto uno de los primeros lectores del manuscrito de Las cosas), aun cuando nunca haya escrito algo sobre él o lo haya citado en sus textos. “Mi verdadero mentor es Roland Barthes”, declaró Perec un año después de su muerte.

Otra relación de la que se tenía poca información es la que mantuvo con Michel Butor, una relación duradera y estrecha, marcada por una admiración mutua, que iba más allá del interés de Barthes por la llamada “nueva novela” francesa (Duras, Simon, Robbe–Grillet, Sarraute) con la que suele asociársele. Con respecto a una crítica negativa que la novela de Butor, Móvil (1962), recibió por parte de un crítico de un periódico conservador, Barthes le escribe: “Kanters [como se llamaba el crítico en cuestión] es un idiota, cree que la literatura sirve para expresar algo, que existen ‘leyes’ del libro, etcétera, no sabe que, por el contrario, la literatura consiste en luchar con el lenguaje y que siempre es justo llevar esta lucha a sus extremos”.

El único extremismo de los intelectuales que a Barthes le parecía posible era efectivamente esta búsqueda de formas de creación extremas. De ahí sin duda el desacuerdo que lo alejó progresivamente de Maurice Blanchot, pese a la estima que ambos se tuvieron. El momento en que estuvieron más en contacto fue a inicios de la década de 1960, cuando tuvieron la idea de fundar una “revista internacional” que debía reunir a escritores e intelectuales, principalmente alemanes, italianos y franceses (aceptaron participar en este fallido proyecto, en Francia, Robert Antelme, Louis–René des Forêts, Michel Leiris, Butor, Duras; en Italia, Italo Calvino, Pier Paolo Pasolini, Alberto Moravia; en Alemania, Ingeborg Bachmann, Günter Grass, Martin Walser). Gulliver, como pensaron llamarla, se basaba en el ambicioso proyecto de renovar de manera crítica las prácticas de escritura.

Blanchot recurrió a él en 1967 para pedirle su opinión —y sin duda su apoyo— con respecto a un texto que buscaba lanzar un llamado a “todos los hombres de pensamiento, escritores, académicos, periodistas” para que rechazaran toda participación en las instituciones y los medios de comunicación del gobierno de Charles de Gaulle, al que calificaba como un “régimen dictatorial”. El texto que Blanchot sometió a la lectura de Barthes declaraba: “Dejemos de ser cómplices. El principal medio será la ruptura. Romper con la sociedad gaullista, en todas partes y circunstancias en las que ésta se sienta tentada a hacer llamado, en nombre de su capacidad intelectual, a la participación de los hombres de escritura y pensamiento”. Pese a que el problema de la “ruptura” ocupó a ambos pensadores, la reacción de Barthes fue particularmente firme y clara. Por una parte, cuestionó la realidad del análisis del gaullismo como una dictadura, propuesto por Blanchot, y le hizo notar que el problema no debería limitarse a la política francesa, sino plantearse en términos mundiales: “a mi entender, la situación mundial es de ahora en adelante el único objeto político que nos incumbe y todo tendría ya que estar refiriéndose a la futura guerra de Estados Unidos contra China”. Por otra, le recalcaba la que fue hasta el final una de sus posiciones más fuertes: su negativa a asumir un compromiso político que se realizara fuera de la escritura. Y terminaba su carta dirigiéndole una pregunta que ponía en evidencia la contradicción en la que le parecía se encontraba el pensamiento de Blanchot: “por una disposición que usted conoce, puesto que ya nos ha separado una vez en un momento más grave que el de hoy [hace aquí alusión a su rechazo a firmar en 1960 el Manifiesto de los 121 que apelaba al derecho a la insumisión durante la guerra de Argelia, redactado en parte por Blanchot], siempre experimento repugnancia respecto a todo lo que, en la vida del escritor, podría asemejarse a un gesto, que se sitúa fuera de su escritura, pero que al mismo tiempo intenta dar crédito a la idea de que esta escritura, independientemente de su consistencia propia, y de cierta forma institucionalmente, constituye un capital que viene a dar peso a decisiones extraliterarias: ¿cómo firmar, en nombre de una obra, en el momento mismo en que estamos atacando por todas partes la idea de que una obra pueda ser firmada?”

Para Roland Barthes, la cuestión de la literatura (que no se reduce solamente a la escritura) fue en todo momento una pregunta —inoportuna, molesta, intempestiva— a partir de la cual replanteó los problemas de nuestra modernidad. Defendió así hasta el final la que fue en realidad su gran causa: mostrar el lugar determinante que la literatura tiene en la vida de cada uno pero, ante todo, en la vida de la comunidad.