CRÓNICA | POR MIRIAM MABEL MARTÍNEZ

El arte con fines de ocio

 La obra de Peter Fischli y David Weiss es una parodia de las grandes obras de la imaginación contemporánea. Se exhibe en el Museo Jumex pero es más que puro divertimento  

Ciudad de México

La ociosidad contemplativa es una práctica. Así lo comprueba la exposición Peter Fischli, David Weiss. Cómo trabajar mejor, que se presenta en el Museo Jumex hasta el 4 de septiembre. Recorrer las 200 piezas que integran esta muestra es un paseo, porque no es retrospectiva sino homenaje a esta dupla de artistas que por 33 años se dedicó al ocio creativo: solo apta para flâneurs.

Primera regla antes de entrar: dejar tus pertenencias —bolsas, cámaras o cualquier otro objeto como monedero, clutch, etcétera— en el guardarropa. Para caminar la exposición se necesitan las manos libres, y la curiosidad y el sentido del humor atentos, para así disfrutar los caminos de Fischli y Weiss con libertad.

De origen suizo, el dúo empezó a colaborar en 1979. Su debut fue la Serie salchicha, en la cual ya se observa la narrativa posmoderna: Fischli (1952) y Weiss (1946–2012) utilizaron la acción artística como un juego y una provocación. Lo que les interesaba era, además de borrar los límites entre alta y baja cultura o saltar de una a otra, “burlarse” de las estrategias del arte contemporáneo que recurrían a la estética relacional como hecho artístico.

Con un fino sentido del humor hasta 2012, año de la muerte de Weiss, su trabajo parodia no solo al readymade, sino a algunas de las vertientes del arte conceptual y, al mismo tiempo, logra profundizar y hurgar en el arte como divertimento, a la vez que cuestiona al objeto artístico como producto de un mercado que convierte a los artistas en trabajadores. Los suizos se asumen como obreros de la contemplación en el esquema capitalista, de ahí el nombre de esta exposición organizada por el Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, donde se presentó anteriormente. La muestra fue curada por Nancy Spector, Jennifer y David Stockman, y Nat Trotman, quienes mantuvieron un diálogo cercano con Fischli, en el que inicialmente también participó Weiss. La versión mexicana es más reducida pero no por eso menos precisa y sorprendente, sobre todo porque invita a contemplar el arte de manera desenfadada.

Para quienes ya solo comprenden el mundo a través de una pantalla o filtrado por los teléfonos celulares y conectado por las redes sociales, recorrer esta exhibición con la vista sin distracciones, puesta directamente en los objetos, es un reto en sí mismo, reto que se convierte en un placer pues nos invita a estar aquí y ahora, en la exposición, mirando a detalle las esculturas, fotografías, instalaciones y demás piezas que expresan un discurso inteligente y minucioso, así como un exquisito uso formal de técnicas. Todo lo exhibido está hecho por los artistas, ningún objeto es “encontrado”, nada está al azar y todo es producto de años de trabajo: son series abiertas en el tiempo.

La dupla siempre se cuestionó cómo se vive y la apropiación del tiempo en una época en la que la posibilidad de aprovechar el tiempo es un deber, y en la que “hacer” se convierte en una responsabilidad espiritual. Muchas de las piezas cuestionan ese uso del tiempo, planteando que “desperdiciarlo” también es una forma de vivirlo y de enfrentar la realidad, como se ve en las extensísimas series Mundo visible (1986–2012) y Flores y hongos (1997–2006).

En la primera se propusieron documentar el mundo en fotografías. Así se convirtieron en artistas–flâneurs que —emulando a los paseantes decimonónicos a los que hizo referencia Walter Benjamin— deambulan por el orbe simplemente observando. Esta serie infinita reúne fotos de sitios turísticos tradicionales y otros menos conocidos, donde quizá tuvieron alguna exposición y se volvió una prueba de la gran travesía. La recopilación de imágenes de postal y cotidianas es deliberadamente “bonita”. Ese era el juego: retratar desde el ángulo de la belleza para desnudar al mundo de su realidad y convertirlo en un no–lugar. Sabían que su intención por hacer visible el mundo estaba condenada al fracaso, pero jugaban al sentido de documentar para poseer, burlándose de esa búsqueda de asir lo visto a través de una imagen, tal como también sucede en la serie–archivo de las flores, que tiene como objetivo disfrutar lo ordinario y transformarlo en extraordinario. De esta forma, los retratos desmitifican la pintura floral, y la reflexión sobre lo efímero de la vida se transforma en un sinsentido sicodélico en el que las flores y los hongos se desvanecen para convertirse en explosiones de color. En sentido contrario, la serie —más condensada— Fotografías (2005) suspende la realidad en tonalidades blanco y negro. Las imágenes tomadas en ferias y parques de diversiones son lúgubres, y no solo porque los artistas distorsionan deliberadamente la realidad al captar las fotos subexpuestas e imprimirlas en papel para color, sino porque los encuadres nos meten en una dimensión que está ahí pero que pasamos por alto. Lo que nos muestran es la existencia de un mundo paralelo en el que transitamos indiferentes y que solo somos capaces de observar a través de una lente.

Con este mismo ánimo de transitar extraordinariamente lo ordinario, en 1987 empezaron el proyecto Aeropuertos, que se extendió hasta la muerte de Weiss. En la exposición se exhiben unas cuantas fotos de gran formato que transportan al espectador a un destino donde la razón del viaje es el medio de transporte. Lo que logró hacer la dupla fue captar la estética de los aeropuertos, creando una especie de naturalezas muertas de aviones, pistas, salas de estar… que conforman un territorio único que nos plantea, como otras de sus piezas, otro modo de ver. De este proyecto se desplegaron dos más: Autos(1988) y Azafatas (1988–2012), los cuales abandonan la bidimensionalidad para adquirir un volumen de tamaño natural. Las esculturas en yeso son más que anónimas, vacías, reiterando la vacuidad de los no lugares en los que transitamos con el único fin de desintegrarnos. Esta misma sensación es la que despierta el Video del canal (1992), que trata de la reutilización de material tomado por el Departamento de Obras Públicas de Zúrich. No reproduce simplemente el video del sistema de drenaje, no es un readymade al estilo Duchamp, sino una intervención. Weiss y Fischli editaron el material agregando y eliminando, y el resultado es hipnótico: logran aniquilar el sentido de realidad del video para transformarlo en una ficción, tal como muchas veces sucede con el lenguaje. Las escenas de los alcantarillados se convierten en pasajes oníricos.

En este mismo andar en el filo de la realidad, a lo largo de su carrera los creadores suizos jugaron entre opuestos. Este coqueteo y provocación se observa en piezas recientes como Muros, esquinas, tubos (2009–2012), extractos de la realidad cotidiana pero reinventados en arcilla y hule, que se erigen en la sala de exhibición simplemente como lo que son: tubos, esquinas y muros que exaltan la materialidad, la textura y las técnicas, evidenciando el recurrido juego de opuestos populares como, en este caso, el uso del hule y de la arcilla. Esta práctica proviene de la serie Esculturas de hule,que consiste en reproducciones en tamaño real de objetos comunes como un taburete o un disco de hule. Aquí se borra el sentido industrial para exaltar el fetichismo del objeto.

Una búsqueda al interior del significante son las Esculturas grises, la primera fue realizada entre 1984 y 1986 y la segunda entre 2006 y 2008; estas esculturas de poliuretano son evocaciones. El espectador no ve una oreja sino el oído. Aunque se trata de piezas de gran tamaño y con un espíritu casi netamente representacional, en ese casi dejan una rendija por donde se cuela un poco de abstracción, además de exaltar la frontera entre el adentro y el afuera, como se ve en Ejote y en Tubo. En las obras de Weiss y Fischli hay siempre un orificio en el ánimo interiorista, y su aproximación filosófica trastoca la obviedad de la superficie. No siempre se ve lo que se ve.

La obra de Weiss y Fischli comprueba lo necesario que es el aburrimiento para la creatividad. No hacer nada para hacer. Inventar, jugar, este espíritu ocioso es el motor de muchas piezas como el ya clásico El curso de las cosas (1987), un emotivo filme en el que se observan eventos extraordinarios e inútiles vinculados a un movimiento continuo que transforma la acción en una secuencia que resulta casi natural y ordinaria, porque el espectador es hechizado por el movimiento de explosiones, llantas que ruedan para producir lo que en el contexto de la narrativa resulta congruente. Aquí el juego es al revés, y ahí está la magia: también lo extraordinario puede ser entendido y visto a través de la lente de lo ordinario, tal como sucede en la serie Equilibrios, en la cual se hace patente el sentido del humor que hace del trabajo de este dúo dinámico una propuesta original, compleja y contundente del arte hoy.

Equilibrios (Una tarde tranquila) (1984–1986) es una exploración de cómo desperdiciar el tiempo. Cada imagen capta equilibrios sin sentido de objetos cotidianos, cada escena constriñe la aguda capacidad de encontrar formas para desafiar la gravedad. Balances irónicos, posiciones absurdas construidas con objetos dispares para crear frases objetuales escritas con sillas, verduras, zapatos y utensilios de todo tipo. En esta serie las cosas utilizadas son reales, solo son sacadas de su función para representar un rol de equilibrista, a diferencia de los objetos de la serie Instalaciones de poliuretano, espacios falsificados en su totalidad pero que buscan parecerse lo más posible a la realidad. Estas esquinas de estudio no son propuestas conceptualistas de argumentos sociológicos; son lo que son: réplicas perfectas e inútiles que nos invitan a ver a detalle lo ocioso que también es el acto de trabajar… y cómo este ocio también genera ideas.

La serie De pronto este panorama (1981) es una alucinante recopilación enciclopédica del conocimiento popular y de la historia de las culturas. Con un sentido del humor a la par de la destreza manual de las representaciones en arcilla, los suizos evidencian su necesidad de juego, su inteligencia para moverse entre opuestos y un sentido narrativo que enlaza lo pop y lo científico para construir una memoria de momentos determinados y explosivos en la construcción del pensamiento de los siglos XX y XXI, como El señor y la señora Einstein poco después de la concepción de su hijo, así como escenas protagonizadas por Lacan y Mr. Spock.

El ingenio, la mirada aguda, la reflexión filosófica y la necesidad enciclopédica están presentes en toda la exposición y son los hijos que unen 33 años de trabajo. Fischli y Weiss provocan y también cuestionan. Su trabajo plantea preguntas, no solo literalmente como la pieza Proyecciones de preguntas (2002–2003), integrada por un archivo de miles de preguntas que recopilaron a lo largo de su trayectoria y que, escritas en cinco idiomas (inglés, alemán, italiano, japonés y español), nos hacen dudar y ponen en evidencia todo lo que no nos atrevemos a cuestionar. De pronto, el espectador entra a una dimensión vívida: Rata y Oso, los alter ego de los suizos quienes, jugadores de los opuestos, ven en estos personajes (la rata desagradable y el apapachable oso panda) una forma alterna de transitar el mundo parodiando las estrategias de sobrevivencia contemporánea.

Practicantes ejemplares de la ociosidad contemplativa de donde surgen muchas de sus piezas, Peter Fischli y David Weiss ponen al espectador a observar. Lo invitan a pasear para reflexionar sobre la vida y la utilidad inútil del arte.