Miedo y deseo

Retrato
Hace unos días pude haber estado en Orlando. Pude haber muerto en el Pulse. Puedo morir en cualquier ataque homofóbico. El arcoíris pone nerviosos a muchos.
Hace unos días pude haber estado en Orlando. Pude haber muerto en el Pulse. Puedo morir en cualquier ataque homofóbico. El arcoíris pone nerviosos a muchos.

El deseo es esa fuerza que nos envuelve, que nos empuja, que nos transtorna, mezcla de plenitud y de miedo, de desasosiego y felicidad. A veces es un pulpo que nos abraza dejándonos casi sin poder respirar. Otras, parece un animal asustado y tembloroso. Es canto y es grito. Estremecimiento. Deseo de escritura, deseo de palabras, de voces; deseo de historias y de cuentos. Deseo de pieles. No, quizá no sea de pieles en plural de lo que quiero hablar, sino del deseo de la piel amada. Suave, tibia. Y de pronto no podemos imaginar más hogar que ése. Es de mí de quien estoy hablando, aunque me asuste. Es de mi propio deseo. ¿Cómo podría hablar del de otros si no soy capaz de bucear dentro del mío? Qué pasa en mí, qué pasa en mi cuerpo ante el cuerpo deseado. Qué es aquello que desata mi imaginación y quisiera desatar también mis manos. Un relámpago me atraviesa y me deja muda. “Yo soy para mi amado y su deseo tiende hacia mí”, dice el Cantar de los Cantares. Yo soy para mi amada.

Se acerca la hora de la cena y empiezan a escucharse las voces de los vecinos, ruido de platos, risas, gritos, alguno que tiene prendida la televisión. Es el momento del día en que más me duele este departamento lleno de cajas de libros que aún no termino de acomodar. No hay cena compartida. No hay complicidades. El amor y el desamor. ¿Y el amor nuevamente? Quizá. Ojalá.

Dos chicas de trece años se suicidaron en Michoacán. Se habían enamorado, pero las presiones de la familia, de sus compañeros, de la gente que las rodeaba, las llevaron a preferir la muerte juntas que la vida separadas. Ese suicidio me hizo pensar en mi propio miedo a los trece años. O no. El miedo llegó después. En ese momento no pensaba que enamorarme de mis maestras tuviera algo que ver con “ser diferente”. A los dieciocho o veinte ya empecé a asustarme, aunque no tenía tan claro qué me pasaba. O quizá sí y por eso empecé a asustarme. También había chicos que me gustaban. Tal vez seguía siendo una “perversa polimorfa”, como dice Freud que son los niños. O tal vez al amor y al deseo no les importa tanto el sexo–género del ser que nos estremece.

Me pregunto si haber elegido En breve cárcel de Sylvia Molloy, la primera novela lésbica argentina, como uno de los libros centrales que trabajé en mi tesis fue una forma de seguir buscando señales de lo que yo sabía que me estaba pasando y que no quería ver (alguna vez me lo reclamaron). Quizá porque no había aparecido aún la piel que me hiciera querer sumergirme en ella.

Pero apareció. Y cumplí cuarenta años sintiéndome completa, plena, enamorada. Cumplí cuarenta años y perdí el miedo, la sensación de ser distinta. La vergüenza de sentirme diferente.

Hace unos días pude haber estado en Orlando. Pude haber muerto en el Pulse. Puedo morir en cualquier ataque homofóbico. El arcoíris pone nerviosos a muchos. Lo sé. A veces hay que disimular, sonreír, “Vengo con una amiga”. No. Me rehúso. No quiero disimular. No quiero mentir. Soy una abanderada del respeto a las elecciones de los demás, de la tolerancia, de la alegría que une al deseo con los cuerpos.

Tal vez por eso todos los días celebro la vida y pienso —con fuerza, como nos decían de chicos que teníamos que pensar para que los deseos se cumplieran— que lo que yo quiero es morir de muy, muy vieja abrazada a la mujer que amaré entonces.

Creo que cada vez sé mejor quién soy y qué quiero. No del todo, claro, si no ¿qué sentido tendría la escritura? La pregunta sobre el deseo está en ella siempre. Vuelvo a sentir que un relámpago me atraviesa, vuelvo a estremecerme.