Héctor Mendoza habla sobre Elena Garro*

Merde!
Especial
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No conocía a Elena Garro. Era un mocoso cuando Octavio Paz me invitó a participar en Poesía en voz alta. La virtud de crear ese grupo teatral, literario, de cofradía, fue suya. Sí, hubo muchos antecedentes, pero fue Paz el que le dio los cambios necesarios para que el grupo lograra sus cometidos. Y fue él quien me sugirió dirigir a la dramaturga en el cuarto de los cuatro programas del equipo, entre 1956 y 1957. Leí las piezas y accedí porque tiene que ver, mucho, con el lado lúdico, juguetón, de mis ideas sobre el teatro. No dirigí las piezas de Elena Garro por imposición. Los que me conocen saben que jamás trabajé así. Apenas traté a Elena Garro —más allá de consultarle algunos diálogos y sus intenciones para poder montarlos en escena—, pero justo por su obra supe de su enorme erudición por el conocimiento y dimensión que da a las palabras. Ya desde el nombre de una de sus piezas, Un hogar sólido —que se desarrolla plenamente en la tumba de un cementerio—, podemos percibir sus alcances irónicos sobre la vida, que siempre está en otra parte, que no es la cotidianeidad, que la vida puede discutirse en la tumba. Garro es una mujer distinta a las que había conocido en el teatro mexicano. Una mujer con poesía e imaginación, cuyos sueños hacía realidad con sus ficciones. Un gusto enorme haber montado Andarse por las ramas —el escape de una mujer casada que encuentra su alegría en los árboles—.

Queríamos hacer un teatro nuevo, moderno y vanguardista que rompiera lo establecido. Elena Garro es el único caso en el teatro mexicano donde la fantasía y la magia de su teatro proyectan ideas más allá de la realidad. Por algo fue la precursora del realismo mágico en México. Desde el principio, Octavio Paz desapareció las intenciones académicas o aburridas para leer poesía en público y convirtió aquello en lo que fue: el despertar de la escena mexicana con otras intenciones, más allá de la declamación de textos sin intencionalidad, tono o gestualidad. Fue una revolución. No lo digo solo: lo dicen los críticos de la época, aunque la verdad, éxito de público, no tanto.

Ninguno de los fundadores de Poesía en voz alta tenía experiencia teatral, salvo yo. Octavio Paz escribió por primera vez una obra de teatro, que yo dirigí: La hija de Rappaccini. Con toda honestidad, la pieza de Paz no tuvo el éxito de crítica que recibió Elena Garro. Los dos conocían el lenguaje y la poesía, pero lo de Garro fue un parteaguas en el teatro mexicano. Lo de Paz estaba inspirado en un cuento de Nathaniel Hawthorne. Lo de Garro –como Juan Rulfo–, eran las esencias del habla popular y su infancia.

Monté las obras de Elena Garro —las que ya mencioné y Los pilares de doña Blanca— en el cuarto programa de Poesía en voz alta. Lo hice con realismo y no realismo, como lo merecía la dramaturga.

juanamoza@gmail.com

*Testimonio de Héctor Mendoza a partir de una serie de entrevistas