El espejo de cada día

Teatro
La obra dirigida por Mauricio García Lozano es parte del proyecto Shakespeare frente a frente.
La obra dirigida por Mauricio García Lozano es parte del proyecto Shakespeare frente a frente. (Especial)

En la actual versión de Medida por medida, Viena es el nombre de un cabaret regenteado por doña Queta Muycogida, donde coinciden, al centro de un largo pasillo entre música y luz roja, los habitantes de una ciudad en la que el Duque intenta, mediante su delegado, desempolvar leyes que se han ignorado durante años. 

La obra de William Shakespeare, estrenada, según algunas fuentes, en 1604 ante el rey Jacobo I y la corte de Inglaterra, plantea el debate entre justicia y clemencia en un contexto de juicios, ejecuciones, peste y ecos de guerra que, con sus leves diferencias, reproduce buena parte de los males que hoy nos abruman desde una mirada mexicana, relajada y juguetona, permeada por la corrupción enganchada a las tentaciones.  

De un extremo a otro del escenario, la pista de baile se llena de hombres y mujeres que se acercan y se repelen en una especie de danza erótica y violenta. Gemidos cortos se mezclan con quejidos y arrebatos que se disuelven en el paso siguiente.

Mesas y sillas blancas de plástico ocupan el espacio que será liberado y vuelto a llenar con este mobiliario que, mediante gráciles coreografías, será manipulado por el elenco para que el espectador viaje del antro a todos los espacios necesarios, bien resueltos por Mario Marín del Río e iluminados por Ingrid Sac.

Mauricio García Lozano adapta y dirige este montaje en el que los personajes se comunican en un lenguaje que el espectador domina, pleno de doble sentido, cinismo, humor y esperanza por lograr la flexibilidad de leyes que se aplican bajo criterios discutibles, hasta que se recorren vías intrincadas rumbo a un precario equilibrio de final feliz.

El montaje es divertido y ligero hasta donde la acción y la ruta de algunos personajes lo permiten, como en el caso de Lucio, interpretado por Carlos Aragón, quien con su cadena dorada al cuello y su actitud intrigante y protectora lleva al público por un sendero de humor que no decae y que recompensa a sus detractores.

El director supo amalgamar en la participación de algunos personajes los parlamentos de otros que eliminó con buen tino, sin menoscabo de la historia ni de la acción. Logró la convivencia de personajes trágicos y cómicos al apostar por un elenco sólido en su mayoría, con actrices y actores experimentados y de amplio registro como Leonardo Ortizgris, Harif Ovalle y Haydeé Boetto, quien  interpreta a Herculano Magno, el padrote y ayudante de doña Queta Muycogida, a quien Shakespeare bautizó como Pompeyo y cuyas intervenciones cómicas amplían la posibilidad de transitar entre los complejos géneros de la obra.

Música, baile, máscaras de cartón, desfiguros y diálogos dichos al micrófono, así como personajes que nos remiten súbitamente a algunos creados por comediantes como Luis de Alba, Héctor Suárez o el mismo Antonio Espino Clavillazo, aportan la aceptación y cercanía de la audiencia que, de seguro, buscó también en el siglo XVII el dramaturgo inglés, quien dejó patente su necesidad de agradar al rey filósofo que quiso practicar los principios del humanismo cristiano.

García Lozano ubica a actores y actrices con vendas negras sobre sus ojos, como personajes silenciosos y ciegos a los sucesos que se desatan a sus pies, cual espejo que multiplica a una sociedad indiferente, mientras en un buen contraste incrusta la dolorosa imagen de un Claudio sentenciado, unida a la fragilidad patente de su novia embarazada, y convoca el rostro limpio y el ruego diáfano de la novicia Isabela, interpretada por Ilse Salas, frente a la metálica presencia del delegado Ángel, a cargo de Constantino Morán, que hallará una mayor controversia interna, más allá de las palabras, frente a la tentación irresistible.

El microuniverso de una sociedad que quisiera salvarse de aquello que provoca, es parte de este espejo de feria a cuyas relucientes esquinas nos aferramos.

 

*mrf