Máximas mínimas

Toscanadas.
Toscanadas.
Toscanadas.

La historia la escriben los vencedores

Allá en los límites entre la historia y la prehistoria podía ser que los derrotados fuesen aniquilados física o culturalmente y se quedaran sin registrar su pasado. Lo cierto es que tenemos bien documentada desde hace miles de años la historia de pueblos en sus derrotas, escrita por ellos mismos. Por ejemplo, los judíos. ¿O acaso no han escrito los mexicanos la historia de sus múltiples reveses? ¿No tenemos la visión de los vencidos? La guerra de 1848, ¿no está mejor documentada de nuestro lado que del gringo? ¿No relataron los polacos con tintes de fatal heroísmo sus derrotas contra los alemanes y los soviéticos? E incluso ahí donde desmayan los historiadores, ¿no están los novelistas para documentar cada derrota del ser humano?

 

El que no conoce la historia está condenado a repetirla.

A veces es bueno conocer la historia precisamente para repetirla, pues la nostalgia nos dice que siempre hubo tiempos mejores. Hay que conocer, por ejemplo, lo que condujo a México a las Leyes de Reforma para repetir el digno comportamiento de muchos de nuestros jefes de Estado del pasado ante el poder eclesiástico. O conocer la historia de la expropiación petrolera y lo que esto representó para los mexicanos; hay que recordar que hicimos una cooperacha por el petróleo y por un presidente carismático, mientras que ahora nos dedicamos a sangrar Pemex con ordeñas, ineficiencia y corrupción. Algo tendría que repetir nuestro jefe máximo si conociera esa historia. Uno no estudia la historia para romper con ella; todo lo contrario: la historia nos da una sensación de pertenencia y continuidad. Se leen las biografías de grandes hombres para tratar de emularlos, no para evitar sus caminos. Para citarlos, no para contradecirlos. Para aprender de ellos, no para olvidarlos. Para seguirlos, no para darles la espalda. Cuando vemos el México de hoy, nos preguntamos ¿en qué momento se descaminó? Entonces querríamos volver atrás y repetir algunas partes más nobles y heroicas de nuestra historia.

 

Cada quien tiene el gobierno que se merece

Ni usted ni yo merecemos esos diputados ni esos gobernadores ni esos secretarios ni ese presidente ni esos policías ni esos maestros ni esos líderes sindicales ni ese otro desgobierno callejero repleto de criminales, narcos, violadores, secuestradores, rateros y prepotentes. “Que cada quien tenga el gobierno que se merece” es una frase digna de un bravucón. En situaciones como la nuestra solo invita a la rebelión armada. Debería bastarle a la gente honesta vivir honestamente para vivir en paz, pero no es así. Deberíamos tener la ley para ajusticiar a los corruptos, pero no es así.

 

El “hubiera” no existe

El “hubiera” sí existe y es la más pesada de las conjugaciones verbales. Es la que nos acosa de día. De noche nos causa insomnio. Los “hubiera” se multiplican después del niño ahogado. Hubiera estudiado. Hubiera bebido menos. Me hubiera casado con Juanita. Hubiera controlado mi ira o mi calentura o mi ambición o la tentación. Le hubiera dado unas nalgadas a m’ijo. Me hubiera detenido a descansar, dice el chofer del autobús. Le hubiera hecho caso a mi santa madre. Hubiéramos votado por el otro candidato. Hubiera tirado el penalti al lado contrario. Hubiera leído en vez de ver tanta tele. Luego de que cada presidente entrega el país peor que como lo recibió, el “hubiera” es lo único que queda.