Materia gris

Toscanadas 
Decía Anatole France que si Napoleón hubiese sido tan inteligente como Baruch Spinoza habría vivido en una buhardilla y escrito cuatro libros.
Decía Anatole France que si Napoleón hubiese sido tan inteligente como Baruch Spinoza habría vivido en una buhardilla y escrito cuatro libros. (Especial)

Decía Anatole France que si Napoleón hubiese sido tan inteligente como Baruch Spinoza habría vivido en una buhardilla y escrito cuatro libros. Esto podría servirle a los burros con autoestima napoleónica para justificar su estulticia, su apatía ante la lectura o su ignorancia de las ciencias y humanidades; mas para tal cosa tendrían que saber quién es Spinoza y quién Napoleón, más allá de alguna historieta sobre sus amores con Josefina.

En todo caso, las palabras de Anatole France valdrían para desacreditar al filósofo–rey de Platón, pero el uso que da al concepto de “inteligencia” resulta engañoso. Las virtudes intelectuales de Napoleón sin duda eran distintas a las de Spinoza, si bien cada uno podría ganar en su terreno. En un congreso de teología o filosofía, sin duda Napoleón haría el ridículo; en un debate sobre campañas militares, los papeles se invertirían. Spinoza también ganaría en matemáticas o geometría o en fabricación de lentes, aunque saldría perdiendo si el tema fuese la política o la geografía o la egiptología o la vitivinicultura o el sexo. La mera fuerza de carácter de Napoleón es ya una virtud de la inteligencia delante de la estoica mansedumbre de Spinoza. Tanto así que la frase de Anatole France no se podría invertir para expresarse en estos términos: Si Spinoza hubiese sido tan inteligente como Napoleón habría conquistado más de media Europa.

Lo cierto es que lo que llamamos inteligencia corresponde a un coctel de muchas habilidades mentales, y la mezcla de todas ellas da como resultado un personaje inteligente si su voluntad o vocación comulga con ese coctel. O sea, si alguien tiene grandes habilidades astronómicas y nulas capacidades musicales, parecerá talentoso en el observatorio y un patán en el conservatorio. Por eso, en una sombría versión del principio de Peter, he visto morir muchas inteligencias en las universidades: excelentes profesores que terminan siendo mediocres administradores de sus departamentos, pues la escalera hacia arriba no los lleva a la investigación sino a la burocracia.

La inteligencia o falta de ella que más suele desvelarnos es aquella de los líderes políticos. Vemos en todo el mundo que los partidos políticos difícilmente encuentran en sus filas gente que siquiera alcance mediana capacidad intelectual. Entre sus treintaiún millones de afiliados los republicanos gringos no hallaron una sola cabecita que pudiera imponerse a Trump.

Pensaba dispersamente en esos asuntos porque durante un partido de futbol de la Copa América que miraba de reojo, escuché de reoreja que se hacía un comentario sobre alguno de los que estaban en la cancha: “No solo es más inteligente que el promedio de la gente”, dijo el comentarista, “es más inteligente que el promedio de los futbolistas”. Desconozco a quién se refería, pero la mera idea de que la media de inteligencia de los futbolistas fuera superior a la media de la gente en general me dejó desolado. Entendí entonces por qué la Sedesol quiere sacar a los jóvenes de la ignorancia con un balón. Entendí por qué en Lisboa hay un enorme cartel con la leyenda “Os génios vivem para sempre”, y la fotografía es de Eusebio, no de Saramago o Pessoa. Entendí por qué tan poca gente lee poesía y en cambio está tan al pendiente de los lugares comunes de un futbolista. Finalmente entendí por qué se les toca el himno nacional a esos once eruditos que flotan por encima de la aurea mediocritas.

Ya con los pies en la tierra solo me quedó volver a Anatole France para preguntarme qué habría sido de Borges con la inteligencia de Messi o de Messi con la de Borges.