Escocia también es México

Teatro
La obra dirigida por Juan Carrillo se presenta el viernes a las 20:30 horas en el Foro La Gruta del Centro Cultural.
La obra dirigida por Juan Carrillo se presenta el viernes a las 20:30 horas en el Foro La Gruta del Centro Cultural. (Especial)

Entre cientos de obras vistas, solo algunas son referencia. Un leve ejercicio de memoria, selectiva por naturaleza, recibe con nitidez imágenes e impactos dejados por montajes como La mudanza de Vicente Leñero, estrenada en 1979 con dirección de Adam Guevara y escenografía de Alejandro Luna, Mishima de Abraham Oceransky de 1993, Carta al artista adolescente de James Joyce que dirigió en 1995 Martín Acosta, y Cuarteto de Heiner Müller con dirección de Ludwik Margules en 1996, por mencionar algunas a las que ahora se suma Mendoza, que le extiende honrosamente la nacionalidad mexicana a Shakespeare.

La adaptación de Macbeth a la época de la Revolución mexicana, hecha por Antonio Zúñiga y Juan Carrillo, basada en la idea original de éste último, se toma las licencias lingüísticas que el propósito de hacerla propia exige, así es que en lugar de valor o arrojo se habla de cojones y de huevos duros. El traidor raja, como lo hace un soplón, y Lady Macbeth, que en esta obra se llama Rosario, le ruega al Santo Padre en lugar de implorar a los ministros del crimen, que la socorran para cumplir sus intenciones.

No solo cambian las palabras sino el tono, el ritmo, la contundencia que hay en decir: “¡Chingada mancha!” en lugar de “¡Lejos de mí esa maldita mancha!” El texto dramático incorpora poesía, metáforas, alguna frase de Juan Rulfo y a ratos un corrido, entre notas de guitarra. Una armónica contrasta con el sonido de trompeta y los golpes de tambor que surgen de sillas metálicas: objetos lanza, espada, cárcel y asiento.

Bajo la dirección del joven Juan Carrillo, esta producción del grupo Los Colochos Teatro se abre un espacio entre el grupo de espectadores que arropa a los intérpretes, diseminados como un espectador más en las sillas que cubren cada lateral del escenario–arena, mientras la única bruja, que resume a las tres de la tragedia original, máscara puesta y gallina en mano, presagia sucesos funestos y ambiciones coronadas.

La energía de los actores que intervienen en esta obra, su mirada que busca la de quien los observa, su honestidad y confianza, logran que Mendoza conmueva, lo que muchas veces no consigue ningún Macbeth, aunque al personaje le suceda lo mismo. La connotación de las batallas que los personajes libran adquiere su sentido propio, aun cuando Mendoza es tentado. La historia se repite y nuestros antecedentes la nutren de los elementos necesarios para que avance rauda.  

Marco Vidal como Mendoza; Mónica del Carmen en el papel de Rosario y Bruja; Erandeni Durán como Trinidad; Leonardo Zamudio en el rol de Meco; Mario Eduardo D’ León, en alternancia con Martín Becerra, en los roles de Montaño y Medina; Germán Villarreal en el papel de García; Ulises Martínez como Esparza; Alfredo Monsiváis, en alternancia con Roam León, como Aguirre, y Yadira en el rol de Teresa, transforman la Escocia de Shakespeare en un México sin sueño.      

Los personajes visten como los espectadores junto a los que se sientan, salvo algún sombrero o una larga tela blanca que es capa, frontera, terreno, mantel y cuerpo de un niño. El diseño de Libertad Mardel equilibra el estatus de personajes y audiencia al plano humano.

Picahielos, jergas, cubetas metálicas y estopa enrojecida, toman el lugar de dagas, espadas y sangre. Nadie se libra de lo que en el escenario ocurre, como si el tiempo evidenciara su ruta cíclica, hinchada de traición, ambición y venganza en una guerra perenne, donde caben los muertos de la Revolución, los 43 estudiantes desaparecidos, los políticos puercos y lo que está por venir.

Mendoza es una obra que sorprende por la naturalidad con la que se dan los sucesos, por la complicidad entre todos los presentes, como si actores, director y espectadores le arrancaran siglos de costras a esta historia sin dejar de serle fiel.

Carrillo establece un juego agudo, contradictorio, simbólico, luminoso y oscuro, al que le agrega un subtexto múltiple, legible en sonidos, en voces y palabras que sugieren más de un significado, en máscaras de líneas ingenuas que se petrifican, en objetos que remueven épocas, en un títere sin rostro que cobra vida para estallar sin piedad.