Luis González de Alba (1944-2016). Hallarás otras tierras…

Recordamos al líder del movimiento estudiantil de 1968, al divulgador de la ciencia, al periodista y novelista, con este retrato dibujado desde la atalaya de la amistad

A René y Alberto

Luis sabía que algo no encajaba bien, pero no sabía exactamente qué. Las mujeres hermosas le gustaban pero no tanto como para cortejarlas. Un poco tarde, ya frisando los 20 años, se dio cuenta de que eran los hombres los que le atraían. En Lecumberri, donde había tiempo para leer y escribir, tomó cursos de idiomas y de música. En una de las muchas sobremesas que hicimos en el Recco y en el Salón del Bosque —de Guadalajara— Luis nos contó de una muchacha muy guapa que acompañaba a un profesor a dar clases en el Palacio Negro, y que una vez se sentó en un mesabanco delante de él. Ella vestía una blusa que dejaba al descubierto la espalda, cubierta de finos vellos en su parte más curva. Luis, más juguetón que coqueto, pasó el dedo índice suavemente por la sinuosa línea y sintió cómo de inmediato la piel de la mujer se erizaba. Ella volteó a verlo, un tanto sorprendida, pero le sonrió. Con la complicidad del profesor, a la siguiente clase le pidió a Luis que se quedara, esperó a que todos salieran y entonces cerró el salón con llave. Ahí le hizo el amor: ella a él. Luis disfrutó esa experiencia, pero aún no conocía el amor ni el sexo con hombres.

En Lecumberri conoció a un preso común, Pepe, con quien vivió un romance que no pudo concretarse. Hablaban en los patios y a través de las rejas. Luis le contaba lo que había pasado en Tlatelolco y sobre el movimiento estudiantil, y que escribía una crónica sobre todo eso a la que titularía Esos fueron los días, como la canción que cantaba Mary Hopkin, aunque al final se llamó Los días y los años, publicada en 1971. Aunque Pepe tenía novia, se enamoraron. Luis narra esta historia como pasó en realidad en Otros días, otros años, que vio la luz 37 años después —en 2008—, pues se la había contado a Manuel Puig y éste se basó en ella para escribir El beso de la mujer araña, donde el preso común es un travesti y el heterosexual un preso político. A Luis nunca le simpatizaron los gay afeminados y que se hablan en femenino —las locas—, decía que eran un estereotipo grotesco de ciertas mujeres.

A Luis le gustaban los hombres guapos y de buen cuerpo. Nos hacía reír cuando contaba de los hombres sapo que iban a los baños de vapor: ventrudos, con las piernas delgadas y separadas y una papada que parecía la de un batracio. Él se sabía atractivo y desde que decidió vivir plenamente su homosexualidad nunca tuvo problemas para ligar. En bares, en la calle, en los oscuros pasillos de los cines, en los baños públicos y hasta en los camiones, como le sucedió una vez en El Cairo. Salió del hotel vestido con unos vaqueros y una camiseta y tomó un autobús, que venía atestado de puros hombres. Se abrió paso y se hizo un lugar; se agarró del tubo y en ese momento sintió cómo varias manos empezaron a acariciarlo, al principio discretamente, muy pronto con lujuria voraz: el pecho, la cintura, las nalgas, la bragueta... Él simplemente se dejó hacer un rato hasta que se dio cuenta de que otros hombres lo miraban con furia, y sintió miedo. Con la camiseta desgarrada se dirigió hacia la puerta y saltó del camión, feliz y sudoroso.

La fisonomía de Luis respondía al tipo mediterráneo. En Atenas pasaba por griego y por turco en Estambul. Podría haber sido judío o un andaluz. Cuando National Geographic lanzó el Proyecto Genoma Humano Luis solicitó el kit y lo devolvió con el hisopo ensalivado para analizar el ADN y conocer su historia genética. Amante de la Grecia clásica y de sus enormes aportaciones al pensamiento y el conocimiento científico, pero también de la Grecia pobre, de callejones estrechos y cafetines modestos antes de que la globalización los sustituyera por fríos Starbucks, Luis se sintió feliz cuando los resultados del Proyecto confirmaron que sus ancestros provenían de aquella región del mundo. De visita en Guadalajara, Héctor Villarreal y yo brindamos con Luis en esa ocasión con un tequila helado en la casa de Chapalita donde vivía entonces, en la calle 12 de Diciembre, of all names.

Esa pasión por Grecia lo llevó a aprender a bailar el jasápiko, una danza entre dos o más hombres con pasos y movimientos complicados, y a abrir un restaurante griego en la avenida Insurgentes de la Ciudad de México, e incluso a fabricar retsina casera con vino barato —Padre Kino— y resina de pino, que le daba ese sabor característico y que vendía a otros restaurantes.

Poco después de los 20 años leyó a Kavafis —prefería escribir su nombre con k—, el melancólico poeta griego que lo acompañaría siempre y del que tradujo algunos poemas, como ese que siempre lo hacía llorar: “La ciudad”. Luis fue uno de nuestros “raros”, como le dijo Aurelio Asiain hace años, por su literatura procaz y confesional que escapa al encasillamiento.

Las comidas con Luis eran muy divertidas y nunca faltaban anécdotas que contaba sin el menor recato. Cogidas, mamadas, acostones en lotes baldíos. Amores fugaces y amores que parecían eternos. Muchas de ellas las contó profusamente en sus libros, pero escucharlas de viva voz nos convertía en cómplices de tan obscenas andanzas. Federico Landeros, mesero del Salón del Bosque y lector de Luis, se acercaba cada tanto a ver qué se nos ofrecía y a sonreír ante nuestras carcajadas. Verlo y escucharlo presumir jocosamente de que sus venidas eran tan abundantes que chorreaban de semen las vestiduras y el parabrisas del coche cuando se la jalaban no era lo que otros esperarían de un célebre y carismático líder del 68.

Desde luego, no todo era frivolidad, también hablábamos de política, de ciencia, de historia. Compartíamos nuestra simpatía por Israel y hasta nos habíamos convertido en una especie de cofradía sefardita, al fin y al cabo descendientes de los conversos que llegaron durante la conquista a poblar Los Altos de Jalisco, algunos pueblos hoy sinaloenses y la capital del entonces Nuevo Reino de León. Uno de sus sobrinos, el más querido, se fue a Israel, se convirtió y allá hizo el servicio militar.

La última pregunta que le hice a Luis fue, precisamente, una que tiene que ver con el pueblo hebreo. Le escribí por el correo electrónico la noche del 1 de octubre: “Luis, ¿y cuál es la primera estrella que anuncia la llegada del nuevo año judío?” Ya no recibí respuesta, pero me imagino que habría contestado Venus —que por el brillo parece una estrella—, o Mercurio, con el conocimiento preciso que tenía del mapa de las constelaciones.

Además del inglés, el italiano, el francés y el griego, Luis también sabía hebreo —que empezó a estudiar en Lecumberri— y unas horas antes de morir alcanzó a intercambiar mensajes con el pintor Sergio Gutman sobre el uso de bet o vav, como éste me comentó: “Apenas ayer tuvimos una pequeña conversación acerca de cómo transliterar correctamente al español ‘Shana Tova’, si Tova va con b o con v (para mí la letra bet equivale a b, no a v)”.

Era un tzadik, le dije a Gutman, un hombre “justo en plenitud”, de acuerdo con su significado en hebreo. Luis González de Alba no cambió de forma de pensar, como afirman muchos de sus malquerientes por su desmitificación y tenaz esclarecimiento de lo que pasó en Tlatelolco; por sus opiniones críticas sobre López Obrador y una falsa izquierda mexicana más priista y populista que democrática; por su denuncia del oportunismo que lucra con la tragedia de Ayotzinapa; por su defensa de Israel ante países enemigos y organizaciones terroristas que no ocultan sus deseos de echar a todos los judíos al mar y que lanzan misiles a la población civil israelí desde escuelas y hospitales.

Luis era inmune a la crítica soez y hace años había decidido ya no leer los numerosos comentarios al pie de sus artículos en Milenio y las revistas en que colaboraba, sobre todo en Nexos. Comentarios entre los que proliferaban los insultos, las descalificaciones y hasta amenazas de violación y de muerte. “No sabía que era sionista”, me dijo en 2006, perturbado, un periodista que colabora en La Jornada Semanal, suplemento del diario que Luis ayudó a fundar y que no se molestó en informar de su muerte. A una “filósofa” de sintaxis bovina le llegó a parecer “insoportable este obituario del hombre libre que se quita la vida (Aguilar Camín dixit). González de Alba era sobre todo un reaccionario y un nihilista hacia el final de su vida, sus artículos contra los padres de los normalistas asesinados en Ayotzinapa o su islamofobia me ponían los pelos de punta y nunca entendí por qué Nexos le seguía publicando tanta estupidez. Que en paz (o como se le de la gana) descanse” (sic). Una escritora de nulo éxito, autoexiliada en Nueva York porque en México le hacían “la vida imposible” Monsiváis y Jesusa, expresa su contento por el suicidio de un escritor que “difama a la CNTE y a Ayotzinapa” (comentarios en sus muros de Facebook).

En agosto, Luis me llamó para pedirme que me encargara de la selección y edición de artículos sobre ciencia para formar un libro que publicará Cal y Arena en 2017. A él ya le daba flojera hacerlo, me dijo. Hace unas pocas semanas me llamó de nuevo, esta vez para decirme que quería regalarme una maleta llena de papeles con avances de una investigación sobre sexo y género que había dejado inconclusa y que no pensaba terminar, y unos libros. “Puede interesarle a tus alumnos”, me dijo. “Pasaré por ella el viernes por la noche, Luis”, le contesté. Volvió a llamarme para decirme que ya me había enviado la maleta con un taxista. Así era Luis, pero no dejó de parecerme un poco extraño.

Un día antes de mi cumpleaños lo entrevisté en su casa, a propósito de Mi último tequila, libro que salió a finales de 2015 y en el que narra episodios que ya había contado en libros anteriores, pero esta vez con los nombres y los lugares verdaderos. Es su Autobiografía procaz, como reza el subtítulo, y me quedaría corto si tratara de dar cuenta de la riqueza de los detalles, las circunstancias y la historia de un hombre entregado al placer del conocimiento, del amor y del sexo. Mucho de esto nos dio Luis en las divertidas sobremesas del Salón del Bosque. Gozaba cuando nos explicaba cuestiones de física cuántica, de historia o de filología. Era un sabio a la manera clásica, y no tenía ningún reparo en hablar de su soledad o de la búsqueda infructuosa de un hombre joven al que había conocido en unos baños de vapor. Tenía una carnicería en Tlaquepaque, con un socio, le dijo a Luis. Quedaron de verse pero Luis, por teléfono, días después, le dijo que no, que vivía con alguien y no quería traicionarlo, a pesar de que sentía una atracción muy fuerte por él: “Es mejor que ya no te vea”, le dijo al joven carnicero. Pero ese alguien se fue y Luis se quedó solo. Meses más tarde recordó al carnicero y decidió buscarlo. Encontró el establecimiento pero no al joven socio. Preguntó por él. Se fue a Los Ángeles, le dijo la cajera. Luis trató de averiguar más, pretextó que era reportero de un diario. Lo miraron con desconfianza y el dueño salió para amenazarlo con llamar a la policía. Hace doce años ya de esto y Luis vivía solo desde entonces. Una soledad que le pesaba.

Nos habló de un viaje a Poros, una isla griega, donde pasaría una temporada larga. Ya había estado ahí unos años antes y para él era casi el paraíso. Un lugar barato, con cafecitos y comida buena y barata, donde únicamente se dedicaba a leer y escribir —quizá no solo a eso.

Además del libro de divulgación científica, Luis le dejó a Rafael Pérez Gay, de Cal y Arena, otro texto en el que abunda sobre el 68 y Tlatelolco, que saldrá pronto. Creo que a éste se refiere en un correo del 17 de noviembre de 2013. Luis me enviaba un día antes los artículos que publicaría al día siguiente en Milenio, para que viera si se le había ido alguna errata o equivocación:


Gracias, Rogelio. Ya son las 2 am y estará subido en un rato, así que no hice el cambio que me sugieres. Me desconecté porque ando en pleno cambio y me puse a revisar una caja de papeles viejos: el manuscrito (estrictamente: a mano) de Los días y los años. Luego ya completo a máquina. Está, a mano, en hojas sueltas tamaño oficio y con lápiz el relato de los gritos del Olimpia suplicando “no disparen”... Lástima que se me haya  muerto el pendejo del Búho porque en un debate que tuvimos hace poco en el foro de Nexos, bajo un artículo mío, me exigía admitir que usé, idéntico, en Los días y los años, su relato titulado “¡Batallón Olimpia, no disparen!”, publicado en Por qué en octubre o noviembre del 70.

Alegué sin resultado que él y todos los del CNH subieron y se encerraron en un departamento del 5o piso que, además, mira hacia el interior de la unidad y no a la plaza. A puerta cerrada y dos pisos arriba, con el estruendo de la balacera, le habría sido imposible oír ese grito. Yo fui detenido en el 3er piso y gritaban junto a mí, desesperados.

“¿Qué te cuesta, Luis? No te pido nada sino que admitas que usaste mi narración de Por qué y no me diste crédito. Ahora me lo das y ya”. A lo que varias veces repliqué lo mismo: mi manuscrito lo sacó Elena P de Lecumberri a más tardar en abril de 70 porque en mayo parió y ya no volvió a la cárcel donde, además, ya había entrevistado a todos. El Búho, necio, insistía: “Nomás admítelo y ya... a’i muere, no te pido más”. Y yo a lo mismo.

Así que imagínate si se lo presentara en hojas sueltas, a mano y con lápiz... Se murió a tiempo para no darme ese gusto...

Saludos

Luis


Una vez le regalé un disco de Morrisey, pero no le gustó. Tampoco le gustaba Queen, aunque sí que los amigos de su sobrino Adrián le dijeran que se parecía un poco a Freddy Mercury. Luis González de Alba prefirió despedirse antes de que los achaques lo volvieran un viejo que no podría bastarse a sí mismo. Lúcido y bravo hasta la muerte, estoy seguro de que se fue con una sonrisa en los labios.