Los alimentos del Perú

Reseña.
Reseña 'Los alimentos del Perú', sobre el último libro de Vargas Llosa.
Reseña 'Los alimentos del Perú', sobre el último libro de Vargas Llosa. (Especial)

Méixoc

Una vez que Cinco esquinas (Alfaguara, México, 2016) ha pasado la mitad del camino, el narrador convoca al fin a Vladimiro Montesinos, jefe del Servicio de Inteligencia Nacional y artífice de las peores atrocidades contra los opositores a la presidencia de Alberto Fujimori. La escena transcurre durante las horas nacientes de la mañana, en una habitación sin ventanas, un refugio que deja entrar el murmullo del mar. Montesinos viste pantalón marrón y "una camisa amarilla algo arrugada con estrellitas estampadas". Hay una carga ominosa en su semblante cansado y en sus modales falsamente principescos. Mientras dispone de una taza de café y tostadas con mermelada, oficia las nupcias profanas entre el poder omnívoro y el periodismo amarillista: se diría que ha secuestrado a la reportera Julieta Leguizamón con el propósito de que ponga su pluma al servicio de la difamación. "Yo te diré", dice Montesinos, "a quién hay qué investigar, a quién hay qué defender y, sobre todo, a quién hay que joder [...], joder a quienes quieren joder al Perú".

Este —el de las complicidades entre la irracionalidad política y el escándalo mediático— es uno de los ejes sobre los cuales gira la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, un ajuste de cuentas con Montesinos y Fujimori, con quienes convierten las vergüenzas privadas en espectáculo público y con ese Perú que se alimenta de la envidia y el desplome de las buenas reputaciones. El otro eje es el descubrimiento de la plenitud erótica, en clarividente rebeldía contra los tabúes sociales y las prescripciones religiosas. Parecen mundos separados pero Vargas Llosa consigue hilvanarlos hasta volver evidentes, con toda su pasmosa simetría, las leyes invisibles que someten a los individuos a la arbitrariedad de lo universal.

En la ruina psicológica del empresario minero Enrique Cárdenas se cifran los poderes narrativos de Cinco esquinas. Ya que representa el prestigio, la fortuna económica y la estabilidad matrimonial, resulta la víctima propicia de un gacetillero que ha obtenido una serie de fotos que prueban su participación en un aquelarre sexual. No conviene abundar en la trama. Conviene solo añadir que al chantaje le sigue el descrédito y que el descrédito atrae la mirada siempre vigilante de Vladimiro Montesinos.

Nada tiene de sorprendente que uno encuentre en Cinco esquinas un paisaje conocido. Vargas Llosa padeció a fuego lento aquella década de 1990 y de esa experiencia ha dejado numerosos testimonios. De modo que a los destinos individuales se sobreponen el toque de queda, los apagones, los secuestros, la amenaza terrorista de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, y el brazo ejecutor del submundo judicial. La novedad viene del brazo de Enrique Cárdenas y su círculo familiar y de amistades y de la contemplación aterradora del periodismo en su versión más abyecta: como extensión del poder político que en vez de disentir civilizadamente con sus adversarios procura su eliminación física. Qué rechazo impone el director del semanario Destapes con su mal olor, su voz diminuta y sus zapatones de tacones altos, empecinado en refocilarse en la vulgaridad revestida de autosuficiencia.

Con cuánto empeño arquitectónico modela Vargas Llosa su novela. Va del exclusivo barrio de San Isidro a las calles inmundas de Cinco Esquinas, de los miserables hoteles del jirón Huallaga a la asepsia de los jardines del Club de Golf, de un infecto calabozo a un departamento en uno de los edificios de Brickell Avenue en Miami, virando de un punto de vista a otro, del caído en desgracia a la nueva rica, del rencoroso exultante a la amante satisfecha. Las piezas encajan con naturalidad hasta conseguir un cuadro de un Perú corrompido hasta los huesos en el que casi nadie se salva de la quema.

Y sin embargo, y sin embargo... Está claro que a la prosa de este Vargas Llosa le hizo falta paciencia y esto se nota aún más en los momentos eróticos o candorosamente amorosos. El flaubertiano de Elogio de la madrastra muestra ahora verdadera obsesión por la exactitud anatómica y demasiado celo por reproducir esas frases que suenan bien en la intimidad pero carecen de relevancia literaria. Qué decir de "Quiero que goces, tragarme tus juguitos" o de "Este maldito escándalo ha servido al menos para eso. Para saber que estoy loco por ti. Que tengo la suerte de haberme casado con la mujer más bella del mundo". A dónde fueron a dar la modulación y el equilibrio que animaban La casa verde y Travesuras de la niña mala, El hablador y La fiesta del Chivo. No cabe duda de que la indignación y la celebración del cuerpo son vida. Pero no basta con eso. Sin estilo no hay literatura.