El más frío de los asesinos

Hombre de celuloide.
'The Hateful Eight', de Quentin Tarantino.
'The Hateful Eight', de Quentin Tarantino.

Quentin Tarantino se ha ganado fama de violento. Harto quizá de que cada que aparece en un set televisivo un periodista de corbata mal combinada le pregunte si cree que sus películas promueven la violencia, ha decidido hacer una obra en que, a su forma, explica lo que cree que la violencia es en realidad. Tal vez con este hecho evite la necesidad de explicar que el fanatismo en la pantalla no necesariamente está relacionado con la violencia cultural.

The Hateful Eight es la película más política de Tarantino hasta el día de hoy. Cuenta la historia de diversos personajes que durante una tormenta de nieve quedan atrapados en una cabaña. Afuera azota la nieve. Adentro el director filma en formato de 70 milímetros para hacer más opresiva la claustrofobia. Cazarrecompensas y prisioneros se han reunido en esta posada en la que hay también un tipo macabro: un hombre cuyo oficio consiste en colgar a todos aquellos que se han metido en problemas con la ley. Creo que cierto diálogo de este tipo da la clave de todo lo que piensa Tarantino con respecto a la violencia, la justicia y otros temas que deben tenerlo cansado: “si uno de estos criminales muriera sin ser colgado”, dice el tipo truculento, “si los familiares de las víctimas entraran a una habitación y los mataran a sangre fría, los golpearan hasta dejarlos deformes, ¿saben?, eso no sería justicia”. La justicia, afirma el hombre que trabaja para el gobierno, es un asunto frío. La justicia es colgar a esos criminales frente a todos, en la plaza del pueblo. Hacerlo carentes de pasión.

En efecto: no es violencia la de Django vengando a su mujer de los blancos que la violaron; la violencia es la de un sistema judicial que fría y silenciosamente cuelga, inyecta o electrocuta a un criminal. La justicia es ese silencio en el que se escucha apenas el cuello roto o el rechinido de una cuerda al extremo del cual se tambalea un hombre muerto.

La violencia de Tarantino molesta tanto a la derecha estadunidense porque afrenta a la moral políticamente correcta. El director no está elogiando la venganza, por supuesto, está señalando más bien la hipocresía de un sistema que a fuerza de creerse justo se ha vuelto el más frío de los asesinos.

Reflexión aparte, The Hateful Eight es una de las películas más introvertidas del director. Es claustrofóbica. Tiene algo de ese teatro de Agatha Christie en el que toda clase de personajes van y vienen soltando frases cínicas o sospechosas. Afuera acecha la tormenta. Y el final se adivina.

Al principio de la película, lo que parece un Cristo nevado demuestra que el de Quentin Tarantino es también un arte visual: es western, es teatro, es gran arte. Quien odie al director seguirá odiándolo. Quien siga encontrando en él a un artista que explora en los viejos maestros y que a veces los imita con las artes de un copista medieval, encontrará que Quentin Tarantino, lejos de elogiar la violencia, ha producido uno más de esos adefesios que se parecen a Goya y se burlan del mundo tal como está.

 

Los 8 más odiados (The Hateful Eight). Dirección: Quentin Tarantino. Guión: Quentin Tarantino. Con Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Demián Bichir. Estados Unidos, 2015.