En tiempos de las #Ladies y los #Lores

Los paisajes invisibles
Lores&Ladies
Lores&Ladies

El mundo ya es impensable sin la combinación de Smartphones y redes sociales, no importa a qué generación se pertenezca. Un cuantioso porcentaje de los Baby Boomers (y uno mucho menor pero no tan insignificante de aquellos que nacieron en el periodo previo, a fines de la década de 1930) tiene el mismo comportamiento adictivo, porfiado y activo que el de cualquier Millennial co–dependiente de su celular y su cuenta de Twitter, Instagram o Facebook, esos mismos Baby Boomers también merodean en los callejones del Tinder en busca de un alma gemela o si tienen más suerte, un ligue expedito, como lo hacen los de la Generación X y, otra vez, un chingo de Millenials. La mezcla Smartphones–redes sociales es la ventana de este siglo ya que además de la conexión virtual, la herramienta complementaria es la cámara de foto y video de los gadgets, quizá el único gran avance tecnológico que ha impactado en la vida cotidiana.

Pero las redes sociales no son sociales en toda la extensión de la palabra, porque ahí no hay una comunicación genuina ni una conversación ni mucho menos un debate, no hay genuinos vínculos fraternos, la información que corre es una argamasa de noticias, novedades, rumores, revelaciones, pesquisas, avisos o datos chatarra, así que es necesario hacer una purga de lo que fluye y fluye en un coctel que en altas dosis puede obstruir los canales perceptivos. Las redes sociales y los Smartphones son un enlace básico en este siglo, y también un balcón desguarnecido de distancias y fronteras. La moda de las #Ladies, inaugurada oficialmente por la Lady Profeco (aquella que por andar clausurando un restaurante de la colonia Roma en Ciudad de México, puso broche de oro a su fama warholiana con la expulsión de su padre, Humberto Benítez Treviño, de las bondadosas alcobas del erario), pasó de ser un recurso para exponer la majadera prepotencia de los juniors y su no menos grosera parentela, para volverse un palenque de exhibicionismos involuntarios, digamos el escarnio global de los borrachos y sus insensateces aunque, qué beodo es sensato, que alce la mano el que alcoholizado nunca ha perdido la elegancia, los modales, la elocuencia, la compostura y la paciencia pero, en fin, decíamos que esta moda ya no es propia de las divas, porque también hay Lores que han pasado una temporada en el infierno de la inmensurable burla pública, ese averno que nadie está dispuesto a visitar con sentido del humor, bueno, sí, ahí está la llamada #Ladycienpesos, que para afrontar las escenas de una curda olímpica en la que intenta sobornar con un arrugado billete rojo, ya se organizó una fiesta para celebrar su fama pasajera e, inclusive, una firma de autógrafos.

Si en otros tiempos la combinación Smartphones–redes sociales hubiera campeado en la vida cotidiana, qué habría pasado, por ejemplo, con un Porfirio Barba Jacob captado en el instante en que muerde con lascivia el brazo de un cantinero en Cuba, acompañado de García Lorca y Cardoza y Aragón, o con un Scott Fitzgerald orinándose en los portales parisinos o un Capote balbuceando asperezas en la universidad de Maryland (imagínense cuántos videos se habrían viralizado con tantos estudiantes oyendo al bacante gnomo) o con un Bukowski y sus crisis recurrentes, porque las merluzas del mítico loser no eran tan románticas ni creativas como las pintó en sus cuentos y novelas, o con un John Cheever tambaleante desde las nueve de la mañana o con un Carver almorzándose un whisky doble entre neurosis y delirios o, en fin, la lista es inagotable.

Estos tiempos de las #Ladies y los #Lores solo nos recuerdan que el mundo real es cerril, es tabernario.