Lazarus

Lo que contemplas.
'Lazarus', de David Bowie.
'Lazarus', de David Bowie.

Frío, cada vez más frío. Es el invierno que vuelve el aire de cristal, igual de frágil, transparente. En el cielo azul abierto como la cuenca de un lago sin fondo, brilla en pleno día la luna creciente.

Lázaro no se levanta más. Ató con precisión casi absoluta el nudo; se dio, nos dio, su regalo de cumpleaños y final; sus decenas de rostros estallaron en las portadas de la prensa del mundo, y en su ciudad natal se alarga la despedida. Silenciadas ya las fiestas callejeras en su primer barrio, los homenajes espontáneos en el festival de la luz, y vivos los rumores del espacio (la supuesta constelación que lleva/ no lleva su nombre), perdura la extrañeza de tanta reverencia, tanto afecto, por un hombre que era muchos, que nunca creímos saber quién era.

Ahora es libre. Eso dijo en su adiós. Lleno de angustia, escribiendo apresurado fuera del papel, del escritorio, en el espacio, todas las palabras que le quedaron por decir. Nos dijo que está en el cielo desde una cama de hospital, y el rostro desfigurado por el elemento teatral que fue siempre su elemento (dos botones como ojos asomando entre las vendas) es el rostro más expresivo y más sincero imaginable de un hombre que camina, sin desearlo, hacia su muerte.

Nos dijo de cicatrices invisibles, del drama que no puede serle arrebatado: “Ahora todos me conocen”. Detrás de los personajes infinitos, todos esos “¿quién eres?” desafiantes, marginales, divertidos, provocadores, lo que queda es un hombre envejecido, enfermo, el rostro que reconocemos como uno y como extraño porque está solo, completamente solo; porque ya se va.

“Ahora todos me conocen...”. Y claro, Bowie (que no era Bowie) era maestro en la ironía y nos deja preguntándonos si es verdad. ¿No es el video teatro, artificio? El hombre moribundo que proyecta hasta nuestra habitación la íntima presencia de la muerte, traspasando la materia de todas las pantallas con una dosis de realidad que nos deja estremecidos, ¿no es acaso un personaje, nada más?

Lo que este Lázaro siempre fue, y quiso ser. Él y El Otro, personajes, la voz encarnada y reencarnada en busca de, jugando con, la identidad en el bucle infinito de imágenes de la cultura pop. Siempre desafiante. Pero no más en la última escena: nos aflige su regalo de sí mismo vencido y frágil. Un hombre nada más, un hombre con su dolor y con su miedo, porque muere.

Sí, sé que en nuestro mundo frenético ya no es novedad, que el homenaje fue ayer. Pero en el frío del invierno que se recrudece, lejos ya del tributo multitudinario en su barrio, el mundo tocado por el hechizo de una luz que arde diáfana en lo frío y arranca la solidez de los objetos y los cuerpos, una luz que hace de los rostros lámparas, receptáculos de espíritu y nada, nada más, los jóvenes ponen “Space Oddity” en el café y nos quedamos callados, escuchando, prendidos al aire por la luz, y entendemos que Lázaro no tendrá que levantarse: dejó su voz como la llama que, “en el centro de todo”, arde.