'Las cosas': retrato con generación

La novela de Georges Perec cumple 50 años. Se trata de una tentativa por captar el pulso de los años sesenta, un tiempo en el que la juventud se enmohecía ante la falta de oportunidades.
Georges Perec, uno de los exponentes de la literatura francesa del siglo XX.
Georges Perec, uno de los exponentes de la literatura francesa del siglo XX.

Ya en la madurez, las personas se suelen identificar con alguna década de su juventud; la de Georges Perec (1938–1972) o la de Patrick Modiano (1945), no hay duda, fue la de los años sesenta, y aun podría precisarse que su primer lustro. En ese sentido la novela de Perec, Las cosas, que cumple 50 años de su publicación, la sentimos en una de sus lecturas como una novela generacional. No en balde la novela lleva como subtítulo Una historia de los años sesenta. Las cosas ha ganado una enormidad en precisión y concisión respecto a El Condotiero (Le Condottière), su primera novela, profusa y difusa, que se publicó 30 años después de su muerte, y que versa sobre un falsario de la pintura, cuya tentativa es “la creación auténtica de una obra del pasado”, en este caso la obra de Antonello da Messina que da título al libro.

En Las cosas hay una historia que puede ser la de miles de jóvenes franceses de la pequeña burguesía, pese a que la ausencia de rasgos de los personajes de la novela no precise o forme sus caras. Su originalidad se halla ante todo en que es contada en gran parte en pretérito indefinido y en condicional simple y desde el punto de vista de la tercera persona del plural. En este caso ellos serían, primero, la joven pareja de Jêrome y Sylvie, pero serían también los amigos que conforman su círculo, de los que nunca se sabe su nombre, pero que, como la pareja, trabajan en agencias de publicidad, haciendo principalmente encuestas. Curiosamente, entre las lecturas de Jêrome y Sylvie que Perec menciona en la novela no están las de sus inmediatos antecesores del Nouveau Roman (Robbe–Grillet, Claude Simon, Nathalie Sarraute, Michel Butor, Marguerite Duras). Sin embargo, hay con la corriente una viva correspondencia, al menos en dos aspectos: en la búsqueda de nuevos procedimientos narrativos y en lo que se dio por llamar objetualismo, y más insistentemente, objetivismo.[1] Las teorías sobre el objetivismo de Robbe–Grillet, la cabeza más visible, fueron condenadas al infierno por Ernesto Sabato en un ensayo de 1963 (“Las pretensiones de Robbe–Grillet”), en el que busca demostrar la imposibilidad de su aplicación; Roland Barthes, por el contrario, se entusiasmó desde 1953, luego de leer Les gommes, con la proposición narrativa del entonces veinteañero narrador francés.

Cuando entran de lleno en la narración, Jêrome y Sylvie tienen 22 y 19 años, y al final de la novela tendrían 25 y 22. Serían los años tal vez de 1960 a 1963, pero se conocían desde antes. Ambos estudiaron psicosociología “por necesidad, no por elección”, sin terminar la licenciatura. En ese ellos, desde ese punto de vista, nunca se describe físicamente a nadie, ni a la pareja ni a los amigos, y en cambio se enumeran a cada tanto, decenas de cosas. Eso no significa que no sintamos toda la desazón y descorazonamiento de la pareja por hallar un camino que no lleve a ninguna parte y que tantas veces pareció el único, o si lo había, se asemejaría demasiado al sitio en que no querían estar. El muy joven Perec intentó una novela que peligrosamente tenía todo para ser fría hasta congelar el lenguaje y el contenido, y sorteó con habilidad los escollos, en buena medida, gracias a los rápidos y variados ritmos narrativos. Nunca podremos saber quiénes eran Jêrome y Sylvie, pero los vemos como miles de jóvenes de clase media baja que en los años sesenta —en París o en ciudades francesas o en cualquier gran ciudad de Occidente— se les igualaban en proyectos, ambiciones, gustos, viajes mediocres, trabajos insatisfactorios, desilusiones, abatimientos, fracasos, pero también, ay, con momentos de plenitud y destellos de dicha, no excluyendo imágenes de exaltada libertad, claro… demasiado frágiles. Nunca sabremos quiénes eran Jêrome y Sylvie, pero podemos seguirlos en su vía y en su vida con escasísimas perspectivas en pequeños departamentos atiborrados de cosas regularmente inútiles, en cafés donde hablaban bizantinamente de todo con los amigos, en bares para olvidarse en el whisky, en restaurantes mediocres donde consumían comidas de escaso sabor, en sus idas desilusionantes al cine, en cenas que acababan en fiestas excesivas hasta la inanidad, en paseos por los bosques en otoño, en fin, los seguimos hasta adentrarnos en un orbe mínimo y nimio de una grisura repetida.

Varias veces hallamos que ante todo la pareja anhela tener dinero, no por afán de poder, sino por salir de la vida estrecha que los ahoga o aleja. “Querían gozar de la vida pero, en torno a ellos, el goce se confundía con la propiedad”. Una manera de buscar consolarse, que les resultaba peor, era detenerse frente a los escaparates de las tiendas espléndidas, cuando el dinero que tenían apenas les alcanzaba para comprar ropa y objetos de segunda mano en el Mercado de Pulgas. Salvo partes donde describe fatigosamente las cosas que pueblan determinados sitios (como las páginas iniciales acerca del departamento o aquellas cuando van de trabajo al campo), el libro se lee con una continua y leve tristeza que también es la que acompaña a Sylvie y Jêrome.

La novela está dividida en dos secciones y un epílogo: una, la más larga, sucede en París; otra, en Sfax, Túnez, donde Sylvie va a trabajar como profesora, y la tercera, el epílogo, que es la vuelta, luego de ocho meses, a París, y luego al nuevo trabajo que consiguen en Burdeos. El París por el que andan es el que por décadas frecuentaron estudiantes y jóvenes de entonces y antes y después: el Barrio Latino (donde estaba para ellos casi todo) y las zonas del Luxemburgo y la Contrescarpe y el Jardin–des–Plantes y Saint–Germain y Montparnasse y el Palais–Royal y los Campos Elíseos y Trocadero con la inolvidable Cinemateca… De entre lo poco que a ellos y a los amigos proporciona deleite es beber en los bares o ir al cine. Música y teatro les eran casi del todo ajenos.

“Su mayor placer era olvidar juntos, o sea, distraerse. De inicio, les encantaba beber, y bebían mucho, y a menudo juntos. Frecuentaban el Harry’s New York Bar, en la calle Daunou, los cafés del Palais–Royal, el Balzar, el Lipp, y algunos otros”. Les apasionaba el cine, se consideraban cinéfilos, pero tenían “una gran prevención contra el cine serio”. Sin embargo las películas, vistas una y otra vez en la Cinemateca, en el Passy, en el Napoleón o en tristes cines de barrio, no les acababan sino dando una tristeza acre por lo que no esperaban. Tampoco parece haberles interesado el cine diferente que entró como un fogonazo por esos años con la Nouvelle Vague, y el cual encabezaron ante todo los casi contemporáneos Jean–Luc Godard (1930) y François Truffaut (1930–1982), quienes realizaron entonces sus notables filmes iniciales. La única mención que hay es contra Alain Resnais y solo para decir que El año pasado en Marienbad es literalmente una “mierda”. En fin, no sin pesar comprenden que la frecuentación de los amigos luego de años desgasta las relaciones y uno a uno van cayendo casi todos.

Quizá las páginas más interesantes sean las que tocan la guerra de Argelia, pero el compromiso de la pareja no va más lejos de una solidaridad superficial, como pegar carteles y asistir a manifestaciones, hasta que les tocan muy de cerca los atentados de 1962 en París, que conmocionan a Francia y son el principio del fin de la guerra.

En la segunda parte, en su estadía en Sfax, más allá de los paseos por la vieja ciudad árabe, de caminatas innumerables hasta la periferia y los primeros olivares, de los viajes por diversas ciudades del país, Jêrome y Sylvie se dan cuenta que hay poco de aventura, y lo único que se han llevado a otra parte es su soledad y vacío, y que el nuevo país les es lejano, incomprensible, que no les pertenece ni les pertenecerá y que nunca lograrán hacer amistades con árabes, ni judíos, ni franceses tunecinos (pieds–noir). Vendrá la terminación del contrato, la vuelta a París, y todo será igual, y todo sería igual… hasta que deciden ser como los otros, dar el salto, y consiguen una promoción a Burdeos, es decir, un mejor trabajo, un mejor salario, con lo cual —creen de principio— vivirán mejor, sí, pero pronto empezarán a darse cuenta que tal vez eso no era lo que pensaban.

Ese pequeño mundo asfixiante de falta de oportunidades en una sociedad mercantilista es la vía inversa a varias vías juveniles que se dieron en la década de 1960, como el hippismo, que se manifestó en su esencia como una contracultura, y la rebeldía política, que tuvo su estallido en el mayo del 68 francés y se propagó por numerosas ciudades del mundo.

Las cosas es una novela notable de un joven que en aquel 1965 contaba con 27 años. Georges Perec no es un phare (faro), por decirlo a la manera francesa, pero sí uno de los novelistas de su país y de lengua francesa más talentosos de la segunda mitad del siglo que fue nuestro siglo.



[1] Desde otra perspectiva, por esos años, tanto el Nouveau Roman como las novelas de Perec, como el cine de la Nouvelle Vague, el teatro de Sartre y de Genet y los ensayos de Georges Bataille, hubieran sido calificados por los críticos del realismo socialista como un arte morboso y degenerado.