Conversiones literarias

[Toscanadas]
Toscanadas
Toscanadas

Aunque son pocas las ocasiones en que necesito usar las palabras “billón” o “billones”, cada vez que lo he hecho alguien me interrumpe. “¿Te refieres a mil millones o a un millón de millones, porque sabrás que en inglés billion…?” Dado que estoy hablando en español, la intervención me parece banal, de autómata, el caso de alguien que tiene un dato en la cabeza y lo suelta a la primera provocación. Pero lo cierto es que hice un rápido muestreo en la prensa y alrededor del cincuenta por ciento de las ocasiones se traduce billion como billón.

Si bien éste es un error que engrandece o disminuye las cosas en proporción de mil a uno, en cuestión de pesos y medidas es correcto que un traductor literario no se ponga muy exacto. Cuando Paul Auster dice en El libro de las ilusiones: “those extra twenty miles”, parece acertado que el traductor escriba “aquellos treinta kilómetros de más”, y más bien sería enfermizo que hubiese traducido: “aquellos treintaidós kilómetros con ciento ochentaiséis metros y noventa centímetros de más”.

En cambio sí hace falta más precisión y una mejor tabla de conversiones cuando Faulkner escribe en The Sound and the Fury: “I was within sixty–seven miles of there once this afternoon”, y el traductor haraganamente multiplica por dos y redondea: “Esta tarde he estado a solo ciento treinta kilómetros de allí”.

Los traductores suelen considerar que dos libras hacen un kilo, imprecisión que no cometería un médico o dietólogo, los cuales se irían a la relación de dos punto dos o dos punto veintiuno. Por eso, aunque Truman Capote nos dice que el difunto señor Clutter de A sangre fría pesaba ciento cincuenta y cuatro libras, lo cual nos da un bonito y redondo peso de setenta kilos, el traductor usó la regla de dos por uno para convertirlo en setentaiséis kilos, supongo que porque le gustaban los números pares, ya que el resultado preciso habría sido setentaisiete.

En lo que ya no se mete ningún traductor es en convertir monedas. Así, para no cambiar de novela, Capote nos habla de una iglesia metodista que costó “eight–hundred–thousand dollars”, los cuales se transfieren sin cambio en español como si fueran a Panamá en “ochocientos mil dólares”, pues ya sería cosa de trastornados mentales pasarlos a pesetas, pesos, soles, colones, quetzales o bolívares y agregar un anexo en el que se aclare el valor de las tales monedas desde 1959, cuando se cometieron los asesinatos en Holcomb, Kansas.

Un manual de conversión de medidas literarias diría que un galón son cuatro litros, pero doce galones ya son cincuenta. O bien, veinte millas son treinta kilómetros; pero treinta millas son cincuenta. Un traductor debe respetar el gusto del ser humano por los números redondos, un mundo al que, quién sabe por qué, le parece más bello el cuarenta que el cuarentaitrés; o el cien que el noventaisiete; que a la 1:28 dice que es la una y media, y que cuatro minutos después, dice que ya pasaron cinco, pero que sigue siendo la una y media.