Gusto pasteurizado

A fuego lento
Por un puñado de balas
Por un puñado de balas. (F. G. Haghenbeck Océano México, 2016)

Nada tan oportuno para atestiguar la progresiva disolución de la figura del escritor a manos de la del autor como la más reciente novela de F. G. Haghenbeck: carece de pretensiones, se conforma con redactar aseadamente y dedica sus pocas gracias a un argumento que sigue a pie juntillas las convenciones del western, es decir, balaceras a granel, muchos golpes de fortuna, cantidades ingentes de tipos mal encarados que comen fuego. Se supone que el lector necesita emociones, aunque no tantas como para perturbar su tranquilidad, de modo que emociones recibe y eso es todo.

Lo primero que un autor echa por la borda es la vocación de estilo. Tan interesado está en consignar las acciones que de un manotazo aparta la búsqueda de una expresión individual para integrarse a la cháchara común que solo tiene interés en seguir unos cuantos preceptos sintácticos. El resultado salta a la vista y ya es la norma: libros destinados al puro entretenimiento que se vuelven desechables una vez que anuncian el final de la historia. Con ellos se identifica Por un puñado de balas (Océano, México, 2016). Quiere agradar, y es posible que a ratos lo consiga, y es posible también que Haghenbeck no quiera otra cosa o que tenga la idea de que un novelista no está obligado a convertirse en una persona capaz de reinventarse a sí misma.

Apenas simpáticos resultan los esfuerzos del detective privado Sunny Pascal para hallar la tumba donde yace una mujer asesinada durante la Guerra Civil en España y para dar muerte simbólica a Salvador Dalí (por encargo, vaya–vaya, de Luis Buñuel). Las investigaciones conducen hasta Almería, donde Sergio Leone se encuentra filmando For a Few Dollars More. De este modo, y ya que aspira únicamente a gustar, la novela se monta en el lenguaje cinematográfico, sin perder la oportunidad de hacer un retrato jactancioso de Sunny Pascal, quien dice haber pasado una temporada en la cárcel de Las Vegas junto a Elvis Presley, fallado en su intento de llevar a una joven Mia Farrow a la cama y salido indemne de un ataque de la mafia por culpa de Frank Sinatra. Un autor ha de ganarse la simpatía del lector a toda costa y Haghenbeck parece confiar demasiado en el atractivo que puede ejercer un personaje que ha sido creado con muy poca severidad.

Aunque no cuesta nada sintonizar con las bravuconadas y los excesos de adrenalina que se reproducen sin medida, nada tampoco impide tomar distancia de una novela como Por un puñado de balas por la manera en que se pone al servicio de estrategias masivas. ¿O que son todos esos encuadres en los que Sunny Pascal aparece confiadamente al lado de Klaus Kinski, Lee Van Cleef y Clint Eastwood sino arrumacos a un lector que se presume indulgente, un turista de los libros que solo se encuentra con ellos mientras aguarda la salida de su avión o toma una cerveza en la playa?

F. G. Haghenbeck es una proyección y un síntoma: una proyección del gusto pasteurizado de las grandes casas editoriales y un síntoma del cinismo con el que los autores de libros se hacen pasar por escritores.