Traición

Cuento
Natalia Ginzburg
Natalia Ginzburg

Ofrecemos un cuento inédito que Natalia Ginzburg, quien nació el 14 de julio de 1916,  escribió en 1934 (en ese entonces, Natalia Levi) y que le envió a Alberto Carocci para que fuera publicado en la revista florentina Solaria pero no pasó la prueba. Ahora aparece por primera vez en la antología que conmemora el centenario de su nacimiento: Un’assenza. Racconti, memorie, cronache 1933–1988 (Einaudi, 2016).


Eran las cuatro de la tarde y hacía mucho sol. Desde la ventana abierta se veía el jardín, la calle empedrada surcada por los automóviles, las villas blancas sobre la colina. Su madre atravesó el jardín, abrió el portón, se despidió de él agitando la sombrilla. Luego se alejó entre los árboles, con su sombrilla lila y su bolsa de paja, en la que guardaba la labor. Luego pasó Gisella, en bicicleta, con un pañuelo rojo anudado al cuello. Lo llamó, le hizo un mohín, se echó a reír y se escabulló.

“¡Gisella! ¡Gisella!”. Se asomó al balcón, restregándose los ojos todavía con sueño. Pero en el camino ya no había nadie. Gisella era una muchacha curiosa, algo difícil de entender. Volvió a entrar, cerró las contraventanas y se echó en la cama, y cuando ya casi estaba por volverse a dormir entró Diego y lo llamó.

“Aquí está una señorita que lo busca; la hice pasar al estudio”. Y luego, bajando la voz: “Se trata de la hermana menor… la hermana menor, usted sabe”.

“¿Qué hermana menor? ¡Yo no sé nada!”.

En el estudio lo esperaba Carlottina, sentada en el diván con las manos apoyadas en el regazo. “¿Tú? No entiendo… ¡Estás loca! ¡Te has vuelto loca! Afortunadamente mi mamá no está, pero cómo diablos…”.

“¡No me dejas hablar! Pensaba llamar a Diego y que él te advirtiera. Pero vi a tu mamá en la calle, una señora con una sombrilla lila. La reconocí, me acordaba de haberla visto contigo. Y pensé que podía subir”.

“No ha pasado nada. Solo que Ángela se mortifica mucho. Ya son diez días que no vienes a la casa con nosotras. Ve a la casa de Enzo, me dice, ve a la casa de Enzo y haz que venga de inmediato. Tengo una cosa importante que decirle. ¿Sabes?, ya tiene los ojos y los labios hinchados de tanto llorar. Se la pasa llorando todo el día y no me deja estudiar. ¿Sabes?, en octubre presento examen de francés”. Suspiró. Era una niña de catorce años, gorda, de macizas piernas al descubierto. Su cabello lacio, peinado hacia atrás, dejaba a la vista dos pulposas y pequeñas orejas. Vestía una americana de tela roja y una sotana blanca toda arrugada.

“Pero ya ves, ahora estoy aquí en la villa, y la ciudad no es que quede tan cerca”.

“Oh, pero si también el año pasado estuviste aquí y, sin embargo, encontrabas la manera de ir todos los días a casa de Ángela. ¡En automóvil te toma poco tiempo! Vamos, ponte el saco y ven”. “Al igual que mi niña, yo… Ni en sueños”.

“Pero tienes que venir, tienes que venir. Si me ve llegar sola, mi hermana se desquitará conmigo. Y no querrá que me regrese sola, en la oscuridad. Me vine caminando, un tramo en tranvía y otro a pie, y un viejo me venía siguiendo, me llamaba y se reía, y me dio miedo. Finalmente alcancé a ver desde lejos el saco rayado de Diego y le di alcance. Déjale escrito un recadito a tu mamá, déjaselo sobre ese escritorio. Dile que tienes que ir a arreglar un asunto en la ciudad, un asunto urgente, importante. ¡Lo has hecho muchas veces! Aquí está la pluma, apúrate”.

Enzo tomó la pluma con dos dedos perezosos. “Querida mamá, tengo que arreglar un asunto en la ciudad, un asunto urgente, importante”, escribió para el caso en una hoja. ¡Tonterías! La cosa era clara, y mamá no lo hubiera creído. Pero le importaba poco.

El automóvil corría por la campiña desierta, entre castaños de hojas polvorientas. Enzo iba al volante, la niña iba sentada a su lado.

“Oye, ¿estás muy enfadado?”.

Se volteó con una sonrisa: “¿Sabes? Realmente hoy no tenía ganas de ir a la ciudad. Estoy de malhumor. Me da miedo que Angela y yo terminemos riñendo”.

“No la hagas llorar, ya ha llorado mucho. Si vas a reñir con ella, entonces lo mejor será que te regreses”.

“¡Pero si estoy bromeando, estoy bromeando!” Retiró una mano del volante y le acarició la cabeza. “Eres una buena niña”.

“Me alegro de que hayas venido. Pusieron un tapiz nuevo en la recámara de Angela, ya lo verás. Un loro y una corona de flores, un loro y una corona de flores. Luego, colgamos las cortinas. Angela se subió en la escalera. Tengo sed, detente un momento: allí abajo hay una fuente”.

Bajaron a beber, se lavaron las manos y el rostro. “Descansemos un poco en ese prado”, dijo Enzo, “porque ya me cansé de manejar. No es tarde, dentro de poco estaremos en la ciudad”.

Se tendieron sobre la hierba. La niña se quitó la americana, la enrolló y Enzo posó su cabeza sobre el fardo. Los pájaros se perseguían por el cielo, chillando.

“Vamos Carlottina, ¿no me cuentas nada? Dime algo agradable”.

“No sé… ¿Qué habría de contarte que sea hermoso? Qué hermoso es tu cabello rizado. Me gustaría tener el cabello rizado. ¡En cambio, mira el mío! Nunca sé cómo peinarme. ¿Estás contento? Una amiga mía me dijo: ‘Tu hermana tiene un enamorado guapo’. Bueno, en realidad no es mi amiga, solo es una compañera de la escuela, allá con las monjas. Dice que su hermana no tiene enamorado. ¡Te lo juro, si vieras lo fea que es!”.

“¿Y tú tienes enamorado, Carlottina?”.

“¿Yo? ¿Te estás burlando de mí? Pero ya lo tendré cuando sea más grande”.

“Seguro. ¿Y a quién escogerás? Escuchemos tus gustos, escuchemos los gustos de Carlottina”.

“Oh… no sé. Una vez me habría gustado…”, ruborizada, se sonrió. “Alguna vez estuve enamorada de ti”.

“¿De veras? ¿Tú estabas enamorada de mí?”.

“Sí”. Mantenía apretado en el puño un pañuelito húmedo de sudor, abría los dedos y lo miraba. “Sí”.

“Oh, mira, y yo que no me había dado cuenta: ¡me hace muy feliz saberlo!”. Esta niña me gusta, me divierte, pensaba. Qué curioso, ya serán dos años que la veo a mi alrededor y no me había dado cuenta… Me gusta. “Vamos, Carlottina, cuéntame un poco cómo sucedió. Ya habrá pasado mucho tiempo. ¿Fue agradable?”.

“No mucho... No ha pasado mucho tiempo. A veces era bonito, ¿sabes?, pero no siempre. Cuando Angela me decía: ‘Quédate en casa haciendo tu tarea’, y se iba a pasear contigo, entonces no era nada agradable. Yo me llevaba la mecedora hasta el balcón, y ¿sabes?, me ponía a pensar. ¡Pero basta de cháchara! Ahora vámonos”.

“Carlottina, se me pasa el malhumor estando contigo. Estoy contento. Gracias”. Le tomó la cara entre las manos, se reflejó en sus ojos, riendo. La ayudó a levantarse, le sacudió la sotana manchada de verde. Se subieron al automóvil, y él volvió a ponerse al volante.

“Esta niña”, pensaba, “es algo puro, fresco. Verla crecer, hacerse una mujer o enseñarle a ser hermosa, a hacer el amor. Quizá cuando sea un poco mayor… Cuando ya todo haya terminado con Angela…”. En pocos minutos alcanzaron la ciudad.

Las dos hermanas vivían en una casa nueva, pintada de blanco yeso, con un largo patio rectangular: en las escaleras todavía se podían ver manchas de pintura y en la esquina las escupideras estaban llenas de aserrín seco. Angela los había visto llegar desde el balcón, los esperaba en el rellano. Iba sin medias, llevaba un viejo vestido negro de gasa con una rosa blanca sobre el hombro.

“Vete a cambiar de inmediato y ponte a estudiar”, le dijo a Carlottina. “Enzo, justamente contigo quería hablar, ven a mi recámara. Te mandé llamar”, comenzó cuando estuvieron solos, sentados sobre la cama, “para decirte que si ya no quieres saber nada de mí, te dejo libre. Anda, vete, vete de aquí. Te divertiste conmigo hasta que te pareció cómodo. Ibas y venías de mi casa como dueño y señor. Cuando te quedabas a dormir, era mi hermana, en la mañana, la que te limpiaba los zapatos. ¿Y yo? ¿Acaso no se me ha deteriorado la salud por ti? Mira a lo que me he reducido. ¿Y acaso no te sigo queriendo como el primer día? Me he enamorado de ti como una estúpida”.

Se dejó caer sobre la cama, sollozando.

“Vamos, Angela, no te pongas así, ya cálmate. Vamos, deja de llorar. ¡Ya estoy aquí, qué no ves!”.

Se le acercó, acariciándola. Ella le busco la mano. “Eres malo… querido… malo”, dijo en un susurro. “Vete con las otras, vete a hacerles la corte a las señoritas de allá de la villa, pero luego sé que regresarás con tu Angela... querido…”.

Enzo se quitó el saco, se zafó los zapatos sin desatarse las agujetas y se tendió sobre la cama exhalando un largo suspiro. Las horas pasaban. Él siguió hasta el techo el diseño del tapiz: un loro y una corona de flores, un loro y una corona de flores. Sobre la mesa descansaba un retrato: la madre de Angela, fallecida hacía cuatro años. Un rostro grande, surcado de arrugas. “¿Sabes?, Enzo, nuestra madre era muy diferente a la tuya”, decía Carlottina. “Imagínate que nunca fue al cine.  Decía que eran puras tonterías. En invierno le venían los sabañones y yo tomaba un pincel y le coloreaba los pies y las manos de yodo. Siempre estaba alegre, le gustaba cantar”.

Esa tarde Enzo y Angela no se sentaron en la mesa. Carlottina cenó sola, luego de esperarlos inútilmente: pero llevó la mesa junto a la ventana, para mirar hacia afuera, y derramó la conserva sobre la tortilla, intercambiando señas amigables con los niños del balcón de enfrente.

Enzo se despierta antes de la medianoche. Se desliza de la cama: cruza el pasillo a oscuras, buscando a tientas la puerta de la cocina.

“Sin probar bocado, ha hecho que me quede sin probar bocado”, bostezaba mientras rebuscaba en la alacena. “Se le olvidó la hora de cenar, pero a mí no”. Apiñó en un plato un poco de carne fría, un huevo duro y algunas cerezas. Mientras comía, sus ojos se posaron en un calendario colgado en un clavo en la pared. En la viñeta una muchacha de hombros descubiertos, mostrando los dientes.

“Si tuviese una mujer así… no me aburriría con una mujer así. Entonces sí, hasta se me olvidaría comer”.

“Veinticinco de junio”, dice la hojita. ¿Veinticinco de junio? Algo debía suceder el 25 de junio… ¿pero qué, qué cosa? Se da un golpecito en la frente: el baile. Por supuesto, el baile de la señora Giordano, esa amiga de mamá que tiene la villa junto a la de nosotros. Incluso Gisella había prometido ir. ¡Gisella, desde hace cuánto tiempo que no estaban juntos! ¡Ah, pero cómo pudo haberse olvidado del baile!

“No puedo evadir este compromiso, mamá se pondría furiosa. Pero Angela… tengo que irme sin despertar a Angela. Lo malo es que las llaves del portón…”.

No tenía las llaves del portón; las había perdido hace unos meses. “No pasa nada”, le dijo a Angela, “no te vendré a buscar a medianoche” ¡Idiota! ¿Cómo es posible que, cuando se tiene una amante, uno pueda quedarse sin las llaves de su casa? ¿Y ahora, cómo las consigo? No, no puedo despertar a Angela, me arriesgo a que me monte otra de sus escenitas.

Entró en la recámara de Carlottina, encendió la luz. “¡Carlottina! Las llaves del portón. Las llaves”.

Ella se sentó en la cama, frotándose los ojos.

“¿Qué quieres?”.

“Carlottina, despiértate, debo explicarte. Vi el calendario, 25 de junio, figúrate, me había olvidado. ¡El baile! Un baile de la señora Giordano, la amiga de mamá. ¿Quién se acordaba de él? ¡Un baile elegante, figúrate, un baile en el jardín! No puedo faltar, Carlottina mía, realmente no puedo. Y no tengo las llaves del portón: tú sabes bien que las perdí y no quiero despertar a Angela. Búscale las llaves, tesoro. Sin duda tú sabes dónde están. Pero, por caridad, sin despertar a Angela”.

“¿Te quieres ir?”

“Tengo que irme, Carlottina mía. Mira, haré lo imposible por regresar aquí mañana, antes del mediodía. Carlottina, Carlottina, ¿sabes qué? Te llevaré conmigo al baile. Te pones un vestido de noche, ¿tendrás un bonito vestidito de noche? Y nos vamos al baile de la señora Giordano. Te hago pasar por… la hermana de un amigo mío. Te endilgo un apellido cualquiera… Será un juego, una comedia. Nos divertiremos. Y te regreso a casa mañana en la mañana temprano, antes de que Angela se despierte. Carlottina, un baile en el jardín, nunca has ido a un baile en un jardín. Linternas de colores colgadas de los árboles. Y refrescos. Vamos, las llaves, busca las llaves”.

“Oh, Enzo, yo... sí, sé dónde están escondidas”.

Se levantó de la cama, con un camisón escotado, corto y suelto. Se envolvió en la bata, se metió un par de zapatos de tela que le servían de pantuflas.

“¿Linternas de colores? Oh, cómo me gustan las linternas de colores. ¿Sabes?, la noche de la Consolata colgamos cuatro en la ventana: dos amarillas, una roja y una azul, la azul se quemó, desgraciadamente”.

“Sí, querida, pero ve, ve a buscar las llaves”. Ella se fue corriendo. Regresó pocos minutos después con el mazo de llaves, apretadas en el puño para que no tintinearan. “Aquí están. Estaban en su bolsita marrón. Oh, Enzo, movió un brazo, tenía mucho miedo de que se despertara. Aquí están, tómalas. ¿Me visto? Tengo un vestido celeste del año pasado, ¿crees que me vaya a quedar corto?”

“No sé… sí, quizá ya te quede algo corto”.

“Oh, pero casi no he crecido, ¿sabes? Será muy bonito. Bailaré contigo, habrá muchas señoras… ¿Incluso tu mamá? ¿Qué irá a decir tu mamá? Me dan ganas de reírme. Entonces, vete a la antecámara y espérame allí. Me visto rápido”. Y lo empujó hacia afuera.

Él se sentó en la antecámara, se amarró los zapatos, se abotonó el saco. “Qué locura”, se dijo para sí, “¿qué hago con la niña? ¿Me la tengo que llevar al baile, con el vestido celeste del año pasado? ¿A un baile en donde estará mamá? Qué idiota he sido en proponérselo. De cualquier modo me hubiera dado las llaves”.

“Enzo”, susurró Carlottina a través de la puerta, “dentro de dos minutos estoy lista, ya me puse las medias, ¿sabes?”

“Qué estoy haciendo”, proseguía, “qué idiota he sido, qué idiota”.

Se palpó las llaves en el bolsillo de los pantalones. Furtivo, sin encender la luz, entrecerró la puerta que daba sobre el rellano; se deslizó fuera. Descendió abruptamente las escaleras, abrió el portón y lo volvió a cerrar suavemente, subió en el automóvil y se fue. Tomó el camino hacia la campiña.

“Bellaco. Aquí estoy fugándome como si tuviese el diablo adentro. Metiéndome en líos gratuitamente, no se puede ser más tonto. Pobre de Carlottina, la engañé, nunca me va a perdonar esto. Llora, sí, seguramente se pondrá a llorar. Enamorada de mí. Cuando me quedo a dormir con ellas, ella siempre me limpia los zapatos. Llevarla al baile, bailar con ella toda la noche, hacerla vivir una hora feliz. Una buena acción. Habría sido una buena acción. Pero se ve que yo no las sé hacer. Sin embargo, ahora me regreso, regreso por la Carlottina”.

Conduce por la calle oscura, desierta.

“¿Me regreso? No, aquí la calle es demasiado estrecha como para darme la vuelta. Más adelante”.

Conduce en la noche, bajo el cielo estrellado. Y ve su villa, con el fanal lateral, en lontananza. “La consolaré, le diré que se me hacía tarde, que ya no pude. Le haré un regalito. Un muñeco de cerámica, una baratija, tonterías de niña. Mamá sabe de una tienda en donde venden a precios económicos cosas graciosas… Paso a la casa, me pongo el esmoquin y me voy. ¿A Gisella le dará gusto verme? Pasaba bajo mi ventana y no se ha detenido. Quizá llevaba mucha prisa. Me llamó para saludarme. Si le fuese del todo antipático...”.

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Traducción de María Teresa Meneses

© 2016 Giulio Einaudi editore S. p. A. Torino