La vanguardia rusa

Guía visual.
La vanguardia rusa.

 “No hay revolución sin arte”. Esta frase sencilla, y en cierto modo demagógica, está en el centro de la exposición Vanguardia rusa. El vértigo del futuro, inaugurada en octubre de 2015 en Bellas Artes. Pero la diferencia entre lo que han hecho innumerables artistas panfletarios, me vienen varios a la memoria, y lo que hicieron los rusos a principios del siglo XX es enorme. En esta muestra —podrá verse hasta el 7 de febrero— están Sergei Eisenstein con sus dibujos irónica y regocijadamente eróticos; Vasili Kandinski, el suprematista obsesionado con “la respuesta del alma desde el color y la abstracción”; Kazimir Malévich con su emblemático Cuadrado negro (1915), la primera obra suprematista (de supremo) que, dijo él, “me llevó a descubrir cosas fuera del conocimiento”; Aleksandr Ródchenko, quien puso su genio al servicio de la Revolución; o Vladimir Tatlin, pintor y escultor constructivista, escenógrafo, arquitecto e incluso diseñador del primer aparato volador individual, sin motor, hecho para que los soviéticos se transportaran sin contaminar.

Vanguardia rusa. El vértigo del futuro es una de las exposiciones más importantes que hemos tenido en México. Despliega una época de efervescencia casi mística en torno a la creación de una nueva Rusia. Todo era importante y todo se hacía bien: las vajillas geométricas de uso cotidiano (Ródchenko y Tatlin dirigieron juntos la primera escuela de Diseño anterior a la Segunda Guerra), los bocetos de vestuario del nuevo teatro soviético (parecen obras de arte en muchos casos), y no digamos la música (podemos oír algunas piezas), la pintura, la fotografía y otras expresiones. La exposición alienta una idea amplia de lo que fue el siglo XX en Rusia. Este proyecto de Sergio Raúl Arroyo, quien nombró a Jorge Juanes como asesor, es extraordinario. Incluye alrededor de 500 obras a veces dispuestas, hay que decirlo, desde una mirada museográfica un tanto abarrotada, como sucedió con En esto ver aquello, la exposición sobre Octavio Paz y el arte en 2014. Es de lamentar, por ejemplo, que el Cuadrado negro esté colgado como hace cien años, en el ángulo formado por dos esquinas del techo. Gran parte del público no ha visto fotos de la “Exposición futurista de Petrogrado” de 1915, y a estas alturas parece un error de museografía. Grandes aciertos son la sección de carteles políticos y la de videos de cine y teatro de esa Rusia tan idealista en la que es inevitable pensar cuando se leen los testimonios obtenidos por la Premio Nobel de Literatura, Svetlana Aleksiévich, para escribir El fin del Homo sovieticus: “Creímos que en la calle nos esperaban los autobuses que nos conducirían a la democracia. Que íbamos a vivir en lindos apartamentos y  abandonaríamos los grises edificios que levantó Jruschov. Nadie buscaba argumentos racionales para justificar esas ilusiones”.

En cambio, la sala de la planta baja dedicada a los magníficos dibujos eróticos de Eisenstein no tiene desperdicio. Todo, en impecable orden temático, nos habla de una etapa transgresora y fecunda. La vanguardia artística de Rusia se expresó en todas las artes. Aquí es posible sentir el aire de tiempos muy lejanos (y emocionarse con un arte formidable).