La retórica harapienta

A fuego lento
Vivos se los llevaron
Vivos se los llevaron (Trajín, México, 2016)

¿Qué esperar de una novela que en sus primeras páginas arroja esta frase: “notó que ella no tenía preparación académica porque se complacía en hablar como la gente vulgar, se expresaba con groserías, mismas que festejaba con risas”? Solo es posible desear que termine lo más pronto posible.

El señor Jaime Velasco Luján, profesor jubilado, lector de los clásicos, quien “escribe en un estilo mezcla de tres estilos: chino, japonés e hindú”, según informa la cuarta de forros, pertenece al grupo de indignados que, hartos de la escena política, toman la pluma y el papel en sus manos para manifestar un extraño heroísmo al que nada le importa el ardor literario. Quiere hacerse oír y, en vez de financiar un desplegado, apura una historia solo permisible en un mundo sin argumentos para traducir la sensación de rabia en otra cosa que no sea fervor militante.

Contra las apariencias, Vivos se los llevaron (Trajín, México, 2016) no proyecta una ficción encaminada a interrogar a la noche en que desaparecieron 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa en Iguala, no se sirve de la palabra justa ni de la imaginación, no tiene más antecesores que las voces beligerantes de ese Frankenstein al que algunos llaman izquierda. Mientras vive una suerte de romance con una mujer enfermiza y hábil para sacarle dinero, el protagonista, José Antonio, un profesor a punto de cumplir 50 años, confecciona una bitácora del 2014 mexicano. Ya que se trata de sacar a pastar al fervor militante, va citando encuestas, declaraciones, entrevistas, pasajes de sus columnistas de cabecera, consignas, rumores que se creen verdades. Ante nuestros ojos pasan las autodefensas de Michoacán, los desatinos del padre Solalinde, los crímenes ambientales de la Minera México, la huelga de estudiantes del IPN y, claro, los 43, y pasan con el tono pontificio e incendiario, es decir, con las mismas palabras, de nuestros pregoneros del desastre.

Como la felicidad de Sísifo, el delirio reniega de los límites. Armado de certezas, José Antonio equipara a José Manuel Mireles con “un iluminado” pues abandonará la cárcel para “sanar al país”: “Solo el iluminado sabe que lo es”. Ya lleno de confianza, dispone que “El modelo del EZLN es el modelo a seguir en Michoacán, en el IPN y en Guerrero”. Hay que ser un pacifista en Siria para no ver que la bitácora del personaje de Vivos se lo llevaron es un mensaje destinado a López Obrador.

Mala señal es que la propaganda vista el ropaje de la novela, que lleva con orgullo el capote de Gogol o el escudo de Aquiles. Que se quede como está, con su retórica harapienta de la aniquilación del otro.