La octava de Tarantino

Ambos mundos.
'The Hateful Eight', de Quentin Tarantino.
'The Hateful Eight', de Quentin Tarantino.

Una de las pocas costumbres que conservo desde hace más de veinte años es la de ver las películas de Quentin Tarantino —también las de James Bond, aunque la verdad ya me estoy cansando—, desde aquella primera, Reservoir Dogs (Perros de reserva), impresionante, hasta la última, Los 8 más odiados. Vivía en París cuando llegó Reservoir Dogs, que vi en los cines Odeón, y luego vino la apoteosis de Pulp Fiction, que habré visto, sin exagerar, una docena de veces. ¿Qué me gustó de la estética de Tarantino? Muchas cosas: su actitud retadora con el espectador, la inteligencia profunda de sus historias, el retrato sencillo del ser humano llevado al límite, el rechazo a lo consensual a través de personajes desesperados y viscerales, lo que hace que su cine sea violento e incluya contenidos racistas, inmorales o machistas, nada políticamente correctos, y que se presentan en la pantalla de un modo descarnado, tal como lo son en la realidad; pero sobre todo me atrajo que sus guiones —esos primeros, al menos— fueran verdaderas obras literarias. Y algo para mí muy importante: su diálogo fecundo con la tradición del cine. Valoro mucho la relación de un autor con su genealogía, en la disciplina que sea, pues ese diálogo con el pasado le da relieve y lo proyecta hacia delante, continuando con el espeso tejido de algo que podemos llamar Cultura con mayúscula. Y ahí Tarantino es genial, pues sus películas están llenas de ecos de lo mejor de la tradición: su amor por los filmes de guerra está en Bastardos sin gloria; las películas de artes marciales en Kill Bill, el cine negro en Pulp Fiction y las películas de asaltos en Reservoir Dogs, con la asombrosa elusión del atraco, que no se ve en el filme. Su amor por los westerns está en Django y en Los 8 más odiados, aunque ésta, a mi modo de ver, es mucho más interesante.

En Los 8 más odiados parte de un argumento clásico: un grupo de personajes está obligado a convivir en un espacio cerrado, similar a lo que ya hizo en Reservoir Dogs y que en la literatura recuerda a El Decamerón, de Bocaccio. El factor exterior que los encierra varía: la peste, en El Decamerón, o en este caso una tormenta de nieve, lo cierto es que el encierro hace que los personajes cambien de piel a través de sus propias historias. Historias eróticas, en el caso de Bocaccio, o la historia de la guerra de secesión de Estados Unidos en Tarantino, con dos ex combatientes que acaban por transformar el Parador de Minnie (una especie de restaurante de carretera que les sirve de refugio) en una metáfora del país y de su historia. A partir de una divertida cadena de suplantaciones, Tarantino va revelando quién es cada uno para volver a su tema de siempre: el retrato del hombre que intenta, a través de la violencia y las palabras, abrirse un espacio en la vida y trascender su pequeña condición humana, aunque acabe matándose con sus congéneres, claro, y la mayoría de las veces no pueda lograrlo.