La debilidad fuerte

Poesía en segundos.
'Literatura mexicana del siglo XX' (COLMEX, 2015).
'Literatura mexicana del siglo XX' (COLMEX, 2015).

Ante la necesidad de recuperar el aliento crítico, en los últimos quince años han aparecido libros que tratan de dar cuenta del estado de nuestras letras. Algunos de los más recientes ejemplos son 359 delicados (con filtro). Antología de la poesía actual en México de Pedro Serrano y Carlos López Beltrán, Historia crítica de la poesía mexicana de Rogelio Guedea y Así escribo de Delia Juárez. Hace unos días apareció Literatura mexicana del siglo XX (COLMEX, 2015) de José María Espinasa. Este libro propone un catálogo general, tal como hicieron en 1977 José Joaquín Blanco y en 1995 José Luis Martínez y Christopher Domínguez, y plantea ambiciosamente un examen compuesto con múltiples ensayos; algo que también realizó Blanco, y Martínez y Domínguez no.

El texto de Espinasa tiene varias virtudes: ofrece una visión de un movimiento caótico pero con líneas de sentido; coloca sin miedo claves cronológicas e históricas (Santa, “La suave patria”, Pedro Páramo, Pasado en claro); atreve juicios fuertes (Montes de Oca como el poeta ideal de Poesía en movimiento y Plural como la revista más importante del siglo pasado); y dibuja una serie de análisis sobre diversos autores (Ramón López Velarde, Renato Leduc, Nellie Campobello, Ramón Rubín, Rosario Castellanos, Guadalupe Dueñas y Elena Poniatowska). Aunque Literatura mexicana del siglo XX es un estudio, posee el atractivo de un relato ágil. Cumple con un rigor normativo, pero es sobre todo la intervención apasionada de un protagonista de nuestras letras. El ensayo no solo quiere describir; también desea explicar y diferir. Y aquí es donde surge, inevitablemente, la discusión.

En su texto, Espinasa no logra comprender, por lo menos en lo que toca a la poesía, el papel central que juega el largo desarrollo de la literatura mexicana ni el carácter expedito y, al mismo tiempo, riguroso de las mejores obras. Cuesta las llamó el “clasicismo mexicano”. En este punto radica la explicación de todas las otras contradicciones y, sobre todo, la manera peculiar de cómo la tradición y el cambio suceden en nuestras letras. Espinasa toca el asunto, pero se le escapa. Así, no dilucida cabalmente cómo los mejores escritores mexicanos son abiertos y cerrados, “significantes” y significativos, metafísicos e históricos, cosmopolitas y nacionales, universales y particulares y cómo los escritores más limitados pierden esta insólita dualidad. El problema de la poesía de las últimas generaciones estriba en que nada más es abierta, “rara”, gringa, argentina, “líquida” y, por ello, condenada a la vaguedad. Espinasa tampoco aquilata la singularidad de ¿Águila o sol?, la primera gran obra de los cincuenta y, al no entenderla, no ve cómo influyó en una parte de la prosa de esos años como observamos en Fuentes. Paz se sintió plagiado. Asimismo, no capta el rol determinante de los poetas de los ochenta con sus pequeñas editoriales y en la recuperación de la sincronía tradición/ modernidad (Volkow, Morábito, Aguilar, etcétera), que Montes de Oca, con su paso brillante y atrabiliario, había roto. Los poetas de los ochenta fueron quienes publicaron con riesgo al concretismo, a los transplatinos y a autores como John Ashbery. Espinasa pinta bien a los poetas jóvenes, pero retrata a regañadientes a su generación y malentiende, al disminuirlo, nuestro modernismo. Estas anomalías derivan de que Espinasa no confronta las otras opiniones críticas. Desde la fortaleza de lo “débil”, de lo híbrido, quizá sea más agudo entender nuestra literatura.