La cabeza de Elena Garro

Merde!
Elena Garro.
Elena Garro.

Porque se olvida hay que insistir ahora que festejaremos los 100 años de su existencia, el 11 de diciembre.

Elena Garro entró a la literatura por la dramaturgia. Textos teatrales que se representan desde aquel estreno de Poesía en Voz Alta, en 1957, con las obras Andarse por las ramas, Los pilares de doña Blanca y Un hogar sólido, dirigidas por Héctor Mendoza, hasta el Felipe Ángeles, en dirección de Luis de Tavira, en 1999, o aquel montaje extraordinario de Sandra Félix, Los perros, en apenas 2007. Desde la publicación de sus obras teatrales en 1958 por la Universidad Veracruzana, a las obras reunidas en el volumen dos del Fondo de Cultura Económica, en 2009: las 16 piezas que se conocen hasta ahora. Elena Garro sigue vigente, viva en la escena.

Lejos de Rodolfo Usigli o Salvador Novo, Elena Garro apuesta por la vanguardia que veía en el teatro al universo, sin pensar en las naciones, en las denuncias, en el teatro comprometido. Surrealismo y magia con la música de acompañamiento coral. Vanguardias que modifica con estructuras propias de su identidad, sin ser nacionalista. Textos de precisión poética alejada de convencionalismos costumbristas de época. Adelantada de su tiempo, pues. Los que no han leído su teatro se sorprenden de la novela escrita antes de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, Los recuerdos del porvenir, de 1963. No: su teatro fue antes que la prosa. Su teatro era su origen y su teatro es lo que la salvó del olvido. No es gratuita la inclusión de Un hogar sólido, que Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares anexan como único texto de autor mexicano en su Antología de la literatura fantástica, en 1965. Lo que no sucedió con La hija de Rappaccini, de Octavio Paz.

Cuenta Elena Poniatowska que el día del estreno de sus obras, en 1957, Elena Garro “iba vestida de terciopelo negro con un traje muy escotado. Recuerdo que Octavio Paz se veía aun más contento que Elena Garro”. Cuenta Elena Garro en entrevista con Patricia Rosas Lopátegui, en 1998: “Yo no me ocupaba mucho de cuando ponían mis obras de teatro porque el que las llevaba al teatro era Octavio y no permitía que yo metiera mano”. Hoy, el teatro poético moderno de Elena Garro no necesita de nadie para que se represente.

Felices 100 años de la autora que se inauguró con el teatro, donde la vida es una farsa y el escenario su representación. La que se atrevió a describir el montaje posible de la obra Benito Fernández: “Rincón del antiguo mercado de la Lagunilla. Un puesto de cabezas. Éstas se extienden hasta la acera. Las hay de negros, con pelos rizados, dientes blancos y ojos muy abiertos. Las hay de caballero español: pequeñas y con barbas oscuras y afiladas. De indios desgreñados. De insurgentes de la independencia nacional: con patillas y gesto elocuente. De mujeres criollas con chongo y con peinetas. De flappers con párpados azules y las bocas pequeñísimas”.

Siempre hay que regresar a la cabeza de Elena Garro.