El plagiario

Caracteres 

Juan José Arreola declaró, en serio, que nunca había escrito una frase que antes no hubiera escrito alguien más. Y Borges apuntó con pareja seriedad que la apropiación indebida es un concepto jurídico de reciente pergeño, no un juicio literario clásico. Y, corroborando en retrospectiva esa idea del clasicismo, Quevedo firmó como obra suya una traducción de un célebre soneto de Joachim du Bellay que empieza con el verso: “Buscas en Roma a Roma, oh peregrino”. Y Du Bellay había compuesto su poema adaptando al francés una composición incluida en una antología de poesía latina. Y, si se trata de romanos, Virgilio tomó prestados no pocos materiales de la Ilíada y la Odisea para erigir su Eneida. Y es indudable que Homero aprovechó a quién sabe cuántos predecesores hoy ignorados.

No hay libro, si es o aspira a ser duraderamente legible, que no esté basado en libros previos. La página en la que escribes no está blanca, como quieren los poetas post–mallarmeanos, sino negra de tradición.

Pero de ahí a saquear con alevosía el trabajo de los demás, de ahí a expropiar una o varias páginas ajenas sin referirlas a su autor verdadero, de ahí a robarle tramas o personajes o párrafos completos a una obra que tú jamás habrías podido escribir, hay un paso que solo un escritor tan desvergonzado como Lotario se aventura a dar.

En la república de las letras, Lotario es todos y ninguno.

Es el taimado que escribe novelas buenas y alcanza bastante éxito de crítica y de público, pero quiere más lectores o más dinero y piensa que puede conseguirlos si publica una columna sindicada y, como no tiene el tiempo ni quizá el talento para redactarla, plagia sin empacho a otros columnistas menos exitosos que él.

Es el engreído, acreedor al respeto de la gente por escribir libros y conocer idiomas que muy pocos entienden, y que confiado en la ignorancia de sus connacionales plagia con descaro a la prensa extranjera.

Es el ingenuo que cree que nadie se dará cuenta de que copió un artículo de Wikipedia. Y el reincidente que vuelve a las andadas aunque le hayan descubierto sus plagios en Internet.

Es el altanero que arma un poemario con fragmentos de muy conocidos poemas del siglo pasado y, cuando sus colegas le señalan estos plagios manifiestos, esgrime con soberbia el abstruso alegato de la intertextualidad.

Es la camuflada, la peor de todas, que contrata a un escribidor indigente para que le escriba un libro, y lo firma y presenta ese plagio mayúsculo como si lo hubiera escrito ella misma.

Y el más humilde, el solipsista, que se plagia a sí mismo y publica su única obra con distintos títulos una y otra vez.

De todas estas plumas vicarias es compinche Lotario, especializado en plagiar a sus contemporáneos y luego acusarlos de ser ellos quienes lo plagian a él.

Alguna vez pensaste en preguntarle a Lotario el plagiario qué gana con firmar una obra que le consta no haber escrito. Te detuvo el temor de que tu pregunta pudiera interpretarse como: “¿y a mí por qué no me has plagiado?”